viernes, 6 de septiembre de 2019

SER GAY EN LA CIUDAD - ¿NUNCA APRENDIMOS?


Cuando a mis dieciséis años, allá en el año 2003, comencé a explorar ese vasto mundo virtual de las salas de chat habitadas por hombres anónimos y donde conocería a quien fuera mi primer novio dos años después gracias a una de esas salas de chat, en el tiempo en que conocer a alguien de manera virtual y considerarlo como algo serio era impensable y que por eso ocultaba la verdadera forma en que lo había conocido a él, sintiendo que el origen virtual de una relación valía menos a comparación de una relación “away from the keyboard” (lejos del teclado), nunca llegué a predecir, siendo uno de los primeros de esa generación virtual, que hoy esas relaciones serían la norma. Que las historias de amor ya no volverían a empezar como “Nos conocimos en un café” sino “Nos conocimos a través de un café internet” y “Nos conocimos en Grindr” o “Luego de hacer match en Tinder hablamos por Whatsapp”. Romanticismo posmoderno.

Lo que una vez consideré ridículo o de menor valor, es hoy la forma principal en que conocemos e interactuamos con otros hombres. Atrás quedaron las salas de chat, el anonimato por la ausencia de tecnología disponible, el contestador de llamadas del teléfono fijo, hasta los computadores personales fueron reemplazados por el súper poderoso y siempre en evolución celular inteligente, que terminó volviéndonos torpes en la esfera de nuestras relaciones sociales e íntimas.

Como tampoco pude predecir en el impacto de la virtualidad en el mundo gay, tampoco pude advertir la forma en que el mundo virtual complejizaría las formas de interactuar entre homosexuales. Hoy, quince años después de mi salida del closet, el caleidoscopio de lo que valoramos en nuestro mundo ha girado nuevamente, y todo se ve distinto, la forma en que apreciamos algo ya no es igual a como lo hacíamos ayer. Seguramente lo mismo me diría un hombre gay de 60 años respecto a cómo vivimos hoy en comparación a como se vivía en su juventud el ser homosexual, así como los medios o canales para conocerse entre sí han cambiado drásticamente.

Nuestro mundo se ha transformado tanto, que hoy es más arriesgado, por no decir que raro o acosador, decirle a alguien “Hola” en la calle, en cualquier lugar de homosocialización o sitio público que tener a otro hombre en la cama, aunque siendo honestos, eso también es más difícil en la actualidad, aplica para los que no somos modelos de Instagram. Y aunque esto es algo que he manifestado por conocimiento de causa durante mi última década de existencia, lo reafirmé recientemente, cuando alguien después de haberme ignorado en una red social, terminó hablándome y algo más, en uno de tantos lugares a los que los homosexuales también les hemos cambiado el significado y sus formas de uso.

En nuestro intento por darle forma a nuestro mundo, no puedo evitar preguntarme ¿No aprendimos la lección básica de cómo interactuar con otros hombres? ¿No se suponía que al tener dentro de nosotros el gusto por alguien de nuestro mismo sexo, vendría incluido el manual y las herramientas para saber interactuar con aquellos que comparten nuestra orientación sexual?

Desde las fobias y prejuicios por origen étnico o geográfico, las limitantes que ponemos por razón de edad, nociones antropométricas, la segregación de clases sociales y estratos socioeconómicos, envasadas en un recipiente que denominamos “preferencias” y del que tomamos un sorbo todos los días en las redes sociales y aplicaciones que tenemos a nuestra disposición para conocer a otros gays, me imagino cómo sería la vida si actuáramos en ella como lo hacemos en el mundo virtual.

Con el tiempo he venido aceptando mis limitaciones en lo que como gay me he convertido. Soy introvertido, mis planes de ocio han cambiado drásticamente, así como mi círculo de amigos el cual es eminentemente heterosexual, la duración de mis “relaciones” con otros hombres se ha disminuido y casi que automatizado vertiginosamente, pues decir “hola” y “hasta nunca” puede ocurrir en menos de un minuto. Con ello también dejé de sufrir por un hombre, dejé de llorar por un hombre, dejé de esperar a un hombre y por eso ya no me dejan plantado como en mi adolescencia,  hasta he aprendido a articular verbalmente mi descontento con todo lo que no me gusta de los tipos, al punto de que cualquiera podría cuestionarme el por qué sigo siendo gay, pero ya dije alguna vez que si todos los problemas se solucionaran con cambiar la orientación sexual todo sería más fácil, pero no es así. Lo sé, insisto en ser un prospecto muy aburridor a todo el que se me acerque. Y lo peor es que aún no he resuelto cómo llevarme mejor con mi propia especie, cómo convivir pacíficamente sin rencores duraderos, cómo hacer aquellos encuentros en la calle sucesos más agradables y que no se me note en la mirada mi fastidio por aquellos personajes que la vida accidentalmente me ha presentado en cada nuevo lugar que habito y que por distintas razones de las que probablemente yo tengo gran parte de la culpa, dejaron de compartir conmigo la existencia.   

Irónicamente teniendo una profesión inclinada hacia las personas, soy un torpe en el trato hacia los hombres, y más hacia los hombres que me gustan. He venido aceptando que debido a mis incapacidades en el trato humano me he visto obligado a utilizar la tecnología a mi favor, lo que me permitió conocer a otros hombres como yo, incluidos los protagonistas de mis únicas dos relaciones sentimentales, múltiples compañeros sexuales, decepciones afectivas, y configurar los aprendizajes que hoy me permiten hablar con cierta autoridad de mi orientación sexual y de quienes la comparten conmigo, así sea para hablar de lo decepcionante que resulta  o puede llegar a ser el mundo oscuro que está ligado a nuestra identidad, del que pocos quieren hablar, que no es políticamente correcto y mucho menos popular, ni llamativo.

En retrospectiva, recuerdo a quienes siendo mis compañeros en el colegio, que hoy sé que son homosexuales y me pregunto ¿por qué nunca fuimos amigos? de hecho, me pregunto ¿por qué fuimos enemigos? ¿Estaba muy ensimismado para reconocer más allá de las apariencias la verdadera esencia de aquellos seres en su fase adolescente y me era imposible encontrar las similitudes y más fácil enfatizar nuestras diferencias? O ellos también estaban en la misma situación, que mientras ocultaban una parte de su ser, privilegiaban otros rasgos que los acercaban a otro tipo de personas, finalmente a otro tipo de hombres. Hoy quisiera preguntarles muchas cosas, y a la vez pienso que no tiene caso, pues cada uno ha llevado su vida como mejor puede, como mejor le parece, o como le ha tocado.

Siento que a mis treinta y un años de vida, aún me queda mucho aprender en lo que al trato con otros hombres respecta. Y no sé si sea muy tarde para reaprender, pues la verdad es que amigos gays ya no tengo. De ser alguna vez el primer gay de mi grupo de amigos en salir del closet, me he vuelto el gay de elección entre mis amigos heterosexuales. Y quiero seguir pensando así, pues el hecho de pensar en interactuar con los otros gays que conocen mis amigos y amigas heterosexuales, sólo me genera ansiedad ¿Por qué? No lo sé. Lo mismo sucede con los gays que hoy en día se relacionan con personas de mi familia. El escenario de estar todos en un mismo lugar me parecería extraño e incómodo ¿Soy al único que le pasa eso? Supongo que pondría una cara amable y haría un algún tipo de conversación cualquiera en ese momento, pero finalmente no estoy seguro de qué tan fructífero o significativo sería. A veces me pregunto cómo he logrado tener amigos a lo largo de mi vida.

Tal vez, simplemente, debería aceptar que no todos los gays somos iguales y que por lo tanto no todos tenemos qué ser amigos, llevarnos bien, quitarnos un sombrero imaginario y hacer una venia en la calle. Así, de paso, contribuir un poco a eliminar esa ocurrencia de nuestros muy bien intencionados amigos heterosexuales, que unir a sus dos amigos gays en pareja es una excelente idea. Y por eso, como no me dejo ayudar, la foto imaginaria del paseo imaginario con mis amigos gays imaginarios todavía no sucede, pero sigo a la expectativa de que ocurra en esta década o la siguiente.