¿Qué tienen en común el catolicismo, las fuerzas armadas y el futbol?
En el mundo heteronormativo, patriarcal, machista o como lo quieran llamar, han existido tres inventos que se distancian de su cultura creadora, porque poseen un denominador común totalmente opuesto a la idea por la cual fueron creados; La permanencia de un sistema humano binario, reforzador de las diferencias entre los sexos y los géneros y de la concepción de “supremacía masculina”.
El catolicismo no podría parecer más disímil de las fuerzas militares, o del futbol, si no es porque en los tres ámbitos se anida lo que para mí ha sido la burla, el sabotaje máximo que la homosexualidad, como categoría, ha logrado frente a la rígida visión del mundo creada por heterosexuales.
La homosexualidad presente en estos espacios es en definitiva ese denominador común y esa burla de la que estoy hablando.
Y digo burla, porque ante tanto cinismo, castración de la humanidad y la doble moral que subyacen en estos espacios, la omnipresencia histórica de la homosexualidad, allí ha logrado manifestarse desestabilizando creencias y ese cinismo producto de siglos de culto incuestionable a estas instituciones.
Las referencias que nos brinda la televisión “apta para gays”, es decir, la pornografía, registran con amplitud esa fantasía creada por unos y difundida por muchos, donde los uniformes; el de futbolista, el de militar, el de cura, el de bombero, el de médico, son la constante recreativa de una realidad cada vez más visible, ¿O es que acaso no hemos querido alguna vez hacer un juego de roles sexy con alguno de esos uniformes incluidos? Ahí, donde se encuentran esos “verdaderos hombres”, son cada vez más frecuentes las experiencias homoeróticas entre sus miembros.
La fantasía, se ha vuelto realidad.
No culpo ni critico a quienes tienen debilidad por los militares o que alguna vez en su vida tuvieron una relación con un enviado de Dios. Pero después de estudiar cinco años en un colegio católico, de “solo hombres”, y de vivir seis años en un barrio que está rodeado de dos batallones, es inevitable no fantasear ni sentirme atraído por estos personajes, sino también develar la falacia de unas instituciones y sujetos tan “políticamente correctos”.
No voy a discutir la relación entre homosexualidad y pedofilia, con la que usualmente se aborda la situación por parte de religiosos, principalmente porque no existe tal relación, más que por el hecho de distraer la atención, librarse de culpas y responsabilidades en los casos de abuso sexual de niños por parte de eminencias (o en su defecto lacayos), de la iglesia católica.
Además, porque así como la antropología explica el tabú del incesto como una de las primeras muestras de cambio cultural de las comunidades primitivas (o primeras) en su organización social, y este tabú se ha mantenido hasta la actualidad (con sus múltiples excepciones), considero firmemente que hay un tabú que debe permanecer, al menos para el caso de occidente (porque yo solo no puedo pedirle a todo el mundo que cambie), Y es el tabú hacia el cuerpo de los niños y las niñas, y que estos no sean el objeto sexual de ningún adulto.
Uso el término “tabú”, porque muchas personas, en especial las religiosas, están más familiarizadas con el lenguaje mítico y de esta manera le dan más importancia al asunto. Pero si asumimos que con ese lenguaje tan básico entienden mejor, me pregunto ¿Por qué será que violan constantemente el mismo tabú?
Imagino que un día, los hombres que dirigían el mundo siglos atrás se reunieron a organizarlo de manera tal que pudiera vivir allí su descendencia.
Entonces crearon los ejércitos, para entrenar en la guerra a sus hijos más fuertes, y así pudieran defender al pueblo de los enemigos.
Crearon el futbol para jugar, divertirse, afianzar la identidad grupal y el trabajo en equipo, e impulsar el espíritu de la competencia.
Y crearon un dios y una religión, para explicar lo inexplicable, rendir tributos por sus difuntos y crear lazos espirituales en su comunidad y con el más allá.
Se deben estar revolcando en las profundidades de la tierra los restos fósiles de estos hombres al saber que durante mucho tiempo, en las frías noches que soportaban los guerreros, estos se daban calor unos a otros por medio de besos y caricias, el sudor corriendo por sus cuerpos frenéticamente entrelazados haciendo el amor (por darle un toque romántico), ocultos en trincheras, disfrutando de placeres prohibidos.
O si, como lo veo yo y muchos más, el jugueteo inocente de golpearse el trasero con una toalla mientras los jugadores se cambian después de un partido de futbol, no fuera una simple broma sino un subliminal coqueteo que podría terminar en la ducha, dos hombres mirando furtivamente sus cuerpos desnudos, sintiendo lo indescriptible, lo inmencionable.
O si supieran de todos los líderes religiosos enamorados de monaguillos que sedujeron u obligaron, en esa lógica de sumisión tan cristiana, a tener relaciones sexuales, o esos seminaristas camino a la santidad que rompieron en múltiples ocasiones la promesa de celibato, olvidando junto a sus votos el ego espiritual dado por eso que llaman “espíritu santo”, para ceder a su humanidad, a su débil carne.
Los anteriores son solo ejemplos de lo que muchos hombres han vivido a lo largo de la historia en estos lugares. Sucesos de la cotidianidad que han sido escondidos por sus protagonistas e inadvertidos por una sociedad que asume como incorruptibles sus instituciones, así como incorruptibles asumen las ideas por las cuales estas fueron creadas.
Lo curioso es que aunque sucedió, sucede y seguirá sucediendo, quienes tal vez sin querer, han transgredido el orden tradicional de esas instituciones, siguen sosteniendo inútilmente una idea vacía y anticuada de una perfecta y homogénea iglesia de hombres y mujeres heterosexuales. De un deporte donde lo único que quieren meter sus jugadores es una pelota en un arco, o de un ejército en el que sus hombres de honor a lo único que aspiran es a defender a su patria, casarse y tener hijos (o viceversa), con una mujer.
El futbol, el catolicismo y las fuerzas armadas se convierten entonces en los espacios de homosocialización (o debería decir, homosexualización) por excelencia, a expensas de los ingenuos heterosexuales que una vez vislumbraron estos espacios como exclusivos de “meros meros machos”.
Tal vez, al socavar las bases fundadoras de estas instituciones por medio de la configuración de relaciones distintas que poco a poco saldrán a la luz, haciendo insostenible esa solapada doble moral, podría hacerse realidad ese miedo de muchos y ambición de algunos; los gays dominarán al mundo, o en su defecto lo harán más equitativo (en teoría).
Y si esto llegara a ser realidad antes de morir rostizados por el calentamiento global, o extinguidos por los meteoritos, desearía que las creaciones socio-culturales futuras de los gays fueran, ojala, menos hipócritas que sus predecesoras.