viernes, 24 de septiembre de 2010

CATOLICISMO, FUERZAS ARMADAS Y FUTBOL

¿Qué tienen en común el catolicismo, las fuerzas armadas y el futbol?

En el mundo  heteronormativo, patriarcal, machista o como lo quieran llamar, han existido tres inventos que se distancian de su cultura creadora, porque poseen un denominador común totalmente opuesto a la idea por la cual fueron creados; La permanencia de un sistema humano binario, reforzador de las diferencias entre los sexos y los géneros y de la concepción de “supremacía masculina”.

El catolicismo no podría parecer más disímil de las fuerzas militares, o del futbol, si no es porque en los tres ámbitos se anida lo que para mí ha sido la burla, el sabotaje máximo que la homosexualidad, como categoría, ha logrado frente a la rígida visión del mundo creada por heterosexuales.
La homosexualidad presente en estos espacios es en definitiva ese denominador común y esa burla de la que estoy hablando.

Y digo burla, porque ante tanto cinismo, castración de la humanidad y la doble moral que subyacen en estos espacios, la omnipresencia histórica de la homosexualidad, allí ha logrado manifestarse desestabilizando creencias y ese cinismo producto de siglos de culto incuestionable a estas instituciones.

Las referencias que nos brinda la televisión “apta para gays”, es decir, la pornografía, registran con amplitud esa fantasía creada por unos y difundida por muchos, donde los uniformes; el de futbolista, el de militar, el de cura, el de bombero, el de médico, son la constante recreativa de una realidad cada vez más visible, ¿O es que acaso no hemos querido alguna vez hacer un juego de roles sexy con alguno de esos uniformes incluidos? Ahí, donde se encuentran esos “verdaderos hombres”, son cada vez más frecuentes las experiencias homoeróticas entre sus miembros.
La fantasía, se ha vuelto realidad.

No culpo ni critico a quienes tienen debilidad por los militares o que alguna vez en su vida tuvieron una relación con un enviado de Dios. Pero después de estudiar cinco años en un colegio católico, de “solo hombres”, y de vivir seis años en un barrio que está rodeado de dos batallones, es inevitable no fantasear ni sentirme atraído por estos personajes, sino también develar la falacia de unas instituciones y sujetos tan “políticamente correctos”.

No voy a discutir la relación entre homosexualidad y pedofilia, con la que usualmente se aborda la situación por parte de religiosos, principalmente porque no existe tal relación, más que por el hecho de distraer la atención, librarse de culpas y responsabilidades en los casos de abuso sexual de niños por parte de eminencias (o en su defecto lacayos), de la iglesia católica.
Además, porque así como la antropología explica el tabú del incesto como una de las primeras muestras de cambio cultural de las comunidades primitivas (o primeras) en su organización social, y este tabú se ha mantenido hasta la actualidad (con sus múltiples excepciones), considero firmemente que hay un tabú que debe permanecer,  al menos para el caso de occidente (porque yo solo no puedo pedirle a todo el mundo que cambie), Y es el tabú hacia el cuerpo de los niños y las niñas, y que estos no sean el objeto sexual de ningún adulto.

Uso el término “tabú”, porque muchas personas, en especial las religiosas, están más familiarizadas con el lenguaje mítico y de esta manera le dan más importancia al asunto. Pero si asumimos que con ese lenguaje tan básico entienden mejor, me pregunto ¿Por qué será que violan constantemente el mismo tabú?

Imagino que un día, los hombres que dirigían el mundo siglos atrás se reunieron a organizarlo de manera tal que pudiera vivir allí su descendencia.
Entonces crearon los ejércitos, para entrenar en la guerra a sus hijos más fuertes, y así pudieran defender al pueblo de los enemigos.
Crearon el futbol para jugar, divertirse, afianzar la identidad grupal y el trabajo en equipo, e impulsar el espíritu de la competencia.
Y crearon un dios y una religión, para explicar lo inexplicable, rendir tributos por sus difuntos y crear lazos espirituales en su comunidad y con el más allá.

Se deben estar revolcando en las profundidades de la tierra los restos fósiles de estos hombres al saber que durante mucho tiempo, en las frías noches que soportaban los guerreros, estos se daban calor unos a otros por medio de besos y caricias, el sudor corriendo por sus cuerpos frenéticamente entrelazados haciendo el amor (por darle un toque romántico), ocultos en trincheras, disfrutando de placeres prohibidos.

O si, como lo veo yo y muchos más, el jugueteo inocente de golpearse el trasero con una toalla mientras los jugadores se cambian después de un partido de futbol, no fuera una simple broma sino un subliminal coqueteo que podría terminar en la ducha, dos hombres mirando furtivamente sus cuerpos desnudos, sintiendo lo indescriptible, lo inmencionable.

O si supieran de todos los líderes religiosos enamorados de monaguillos  que sedujeron u obligaron, en esa lógica de sumisión tan cristiana, a tener relaciones sexuales, o esos seminaristas camino a la santidad que rompieron en múltiples ocasiones la promesa de celibato, olvidando junto a sus votos el ego espiritual  dado por eso que llaman “espíritu santo”, para ceder a su humanidad, a su débil carne.

Los anteriores son solo ejemplos de lo que muchos hombres han vivido a lo largo de la historia en estos lugares. Sucesos de la cotidianidad que han sido escondidos por sus protagonistas e inadvertidos por una sociedad que asume como incorruptibles sus instituciones, así como incorruptibles asumen las ideas por las cuales estas fueron creadas.

Lo curioso es que aunque sucedió, sucede y seguirá sucediendo, quienes tal vez sin querer, han transgredido el orden tradicional de esas instituciones, siguen sosteniendo inútilmente una idea vacía y anticuada de una perfecta y homogénea iglesia de hombres y mujeres heterosexuales.  De un deporte donde lo único que quieren meter sus jugadores es una pelota en un arco, o  de un ejército en el que sus hombres de honor a lo único que aspiran es a defender a su patria, casarse y tener hijos (o viceversa), con una mujer.

El futbol, el catolicismo y las fuerzas armadas se convierten entonces en los espacios de homosocialización (o debería decir, homosexualización) por excelencia, a expensas de los ingenuos heterosexuales que una vez vislumbraron estos espacios como exclusivos de “meros meros machos”.

Tal vez, al socavar las bases fundadoras de estas instituciones por medio de la configuración de relaciones distintas que poco a poco saldrán a la luz, haciendo insostenible esa solapada doble moral, podría hacerse realidad ese miedo de muchos y ambición de algunos; los gays dominarán al mundo, o en su defecto lo harán más equitativo (en teoría).

Y si esto llegara a ser realidad antes de morir rostizados por el calentamiento global, o extinguidos por los meteoritos, desearía que las creaciones socio-culturales futuras de los gays fueran, ojala, menos hipócritas que sus predecesoras.

domingo, 19 de septiembre de 2010

EL FALSO NOSOTROS


Pretender. Pasamos nuestra vida pretendiendo, aparentando. Aparentamos un color de cabello distinto, aparentamos mintiendo con nuestra edad, aparentamos en nuestras relaciones sociales, como cuando exhibimos a novios trofeo.
Siempre queremos dar nuestra mejor impresión a los demás, al menos a quienes nos interesan, por el motivo que sea. Nos pintamos como el más interesante, él más inteligente, el más agradable, el más gracioso, el más generoso, el mejor amigo, el mejor novio, y una cantidad de atributos o cualidades que no nos creemos ni nosotros mismos. Las exigimos de los demás, pero si llegara el momento de que nos pidieran lo mismo, seguramente lo que haremos es salir huyendo, porque sabemos que se acabó la farsa.

Y farsas, hay de muchos tipos. Así como muchos tipos, resultan siendo una farsa.
En especial, el hombre farsante que más me interesa en este momento, es aquel que usa el “nosotros” para obtener un beneficio individual. Ese que nos hace creer, hasta a los más incrédulos, que el “nosotros”, si es real.

Lo primero que nos hacen creer, es que les gustamos de verdad. Y ahí está la primera trampa. En especial cuando ese gusto no nace de una interacción personal. Pero caemos en la trampa. Y creemos que lo que nos dice es verdad. Creemos que le gustamos, pero, lo que no sabemos, es cuantos más son del agrado del otro. Vaya lío.

Lo segundo que hacen, es hablar de su hoja de vida, de lo que les gusta, de lo que no les gusta. De lo no que no tienen, y especialmente, de todo lo que tienen. O mejor dicho, de todo lo que nos quieren hacer creer que tienen. Eso, la mayoría de los casos, proyecta una imagen del típico hombre ideal. Tan bueno que no puede ser cierto. Y es que no lo es. Pero como digo, aún no nos damos cuenta.

Y lo tercero, lo que da la estocada final, es la intención. La propuesta del nosotros. “¿Quieres ser mi pareja?” O como la mayoría de estos farsantes lo hacen, sin preguntar, sino que lo van afirmando, sin dar lugar a pensarlo: “Quiero que seas mi pareja”.
Y bueno, cuando uno le sigue creyendo, y aceptando, ese falso nosotros (del que, repito, no nos hemos dado cuenta) Estamos metidos en un gran, gran mentira.

Después de unas semanas de vivir en esa bella mentira, en creer, que esta vez si seré feliz, que esta vez si encontré a la persona indicada con quien compartir mi vida, que esta vez, si valdrá la pena hablarle a mis amigos y a mi familia del personaje, y que lo mejor de todo, me dan ganas hasta de presentarlo, es ahí, en ese preciso momento, cuando las inconsistencias empiezan a salir a la luz.

De repente, empiezan a aparecer los problemas. Y que pueden ser de cualquier tipo, al fin y al cabo, las mentiras, siempre resultan muy creativas, por lo que no podría señalar todos los tipos de excusas con las que empiezan a salir estos falsos príncipes.
El hecho es que uno empieza a dudar, y cuando la duda se siembra en el cerebro, al menos a algunos de nosotros, es suficiente para prepararse para lo peor, porque es que, cuando uno tiene la suficiente experiencia, si no para detectar a los mentirosos, al menos de tantos fracasos (con fracasados) uno ya tiene planes de contingencia.

Las alarmas se activan, las preguntas capciosas empiezan a efervescer, esas preguntas detectivescas, que bien hechas, ponen nervioso al otro farsante.
Por lo que, como es de esperarse, ese “nosotros” empieza como el oro falso cuando se prueba, a negrearse, y entonces uno simplemente espera a que termine de mostrar su verdadero color.

Entonces, los planes de viajar se hacen imposibles, debido a una agenda apretadísima, dificultad para viajar, lejanía, falta de dinero. Etc.
El plan de reunirse con los amigos y la familia para hacer la correspondiente presentación “en sociedad” al estilo “Crillon Ball” pero versión colombiana, queda cancelada, más por vergüenza propia, que por el hecho de que el otro no salió con nada, y que es el otro, en realidad, el culpable.

Lo más patético del asunto, es cuando la situación llega a los oídos cercanos. Y todo, porque uno se adelanta a los hechos, a la realidad, y uno pone en su Factbook “en una relación”, cuando uno en realidad todo lo hace en las nubes, sin haber aterrizado en la realidad. Pero uno quiere creer que las cosas si van a funcionar, y uno calla la voz de esa intuición que le dice “¡No lo hagas público aún, No lo hagas!” Pero impulsivos como a veces nos comportamos, por lo que yo creo que se debe a una falta de auto actualización en cuanto a lo que relaciones sentimentales serias y permanentes se refieren, hacemos el ridículo asumiendo ideas que no tienen sustento de realidad.

Y por eso, es que la culpa no es del otro solamente, como pareciera que lo afirmara antes. La culpa, o mejor dicho, la responsabilidad, también es propia. Por no saberlo todo, por ser tan crédulo con los desconocidos. Y por pensar, a pesar de tantos fracasos que deberían enseñarnos a no cometer dos veces el mismo error, que el mundo es color de rosa, cuando no lo es.
Lo que tengo muy claro, es que existe una falla, o existe un vacío en el traspaso de información intergeneracional entre los gays.

Muchos hemos aprendido de los golpes, por nosotros mismos. No hemos tenido, como en el caso de los heterosexuales, un homosexual mayor que nos explique muchas cosas que no entendemos, o que nos muestre que muchos de los miedo o inseguridades que tenemos son infundadas, por lo que todo lo que sabemos de nosotros y de los demás, ha sido básicamente por construcciones individuales, y muchas veces generalizadoras, como cuando los gays buscan en un hombre, el estereotipo de lo que conocen que es seguro, y no pierden tiempo ni energías arriesgándose a conocer a una persona de verdad, fuera del estereotipo.

En este momento, considero que es sano ser un poco más incrédulo, pensar que eso tan bueno no necesariamente es verdadero, así nosotros sepamos que merecemos lo mejor, y que sepamos, que somos lo mejor, o al menos una versión más que decente de ser humano. Entender, una vez más, el dicho muy conocido que dice: “Lo que fácil viene, fácil se va”.

Y siendo honestos, uno puede experimentar una sensación de desengaño, que hasta a los más “fuertes” emocionalmente les hace pensar, si es posible confiar de nuevo. Y si es así, ¿cuando será ese momento?, ¿quien será esa persona con la que, el Nosotros, no sea falso, sino algo, al menos más creíble?