Pretender. Pasamos nuestra vida pretendiendo, aparentando. Aparentamos un color de cabello distinto, aparentamos mintiendo con nuestra edad, aparentamos en nuestras relaciones sociales, como cuando exhibimos a novios trofeo.
Siempre queremos dar nuestra mejor impresión a los demás, al menos a quienes nos interesan, por el motivo que sea. Nos pintamos como el más interesante, él más inteligente, el más agradable, el más gracioso, el más generoso, el mejor amigo, el mejor novio, y una cantidad de atributos o cualidades que no nos creemos ni nosotros mismos. Las exigimos de los demás, pero si llegara el momento de que nos pidieran lo mismo, seguramente lo que haremos es salir huyendo, porque sabemos que se acabó la farsa.
Y farsas, hay de muchos tipos. Así como muchos tipos, resultan siendo una farsa.
En especial, el hombre farsante que más me interesa en este momento, es aquel que usa el “nosotros” para obtener un beneficio individual. Ese que nos hace creer, hasta a los más incrédulos, que el “nosotros”, si es real.
Lo primero que nos hacen creer, es que les gustamos de verdad. Y ahí está la primera trampa. En especial cuando ese gusto no nace de una interacción personal. Pero caemos en la trampa. Y creemos que lo que nos dice es verdad. Creemos que le gustamos, pero, lo que no sabemos, es cuantos más son del agrado del otro. Vaya lío.
Lo segundo que hacen, es hablar de su hoja de vida, de lo que les gusta, de lo que no les gusta. De lo no que no tienen, y especialmente, de todo lo que tienen. O mejor dicho, de todo lo que nos quieren hacer creer que tienen. Eso, la mayoría de los casos, proyecta una imagen del típico hombre ideal. Tan bueno que no puede ser cierto. Y es que no lo es. Pero como digo, aún no nos damos cuenta.
Y lo tercero, lo que da la estocada final, es la intención. La propuesta del nosotros. “¿Quieres ser mi pareja?” O como la mayoría de estos farsantes lo hacen, sin preguntar, sino que lo van afirmando, sin dar lugar a pensarlo: “Quiero que seas mi pareja”.
Y bueno, cuando uno le sigue creyendo, y aceptando, ese falso nosotros (del que, repito, no nos hemos dado cuenta) Estamos metidos en un gran, gran mentira.
Después de unas semanas de vivir en esa bella mentira, en creer, que esta vez si seré feliz, que esta vez si encontré a la persona indicada con quien compartir mi vida, que esta vez, si valdrá la pena hablarle a mis amigos y a mi familia del personaje, y que lo mejor de todo, me dan ganas hasta de presentarlo, es ahí, en ese preciso momento, cuando las inconsistencias empiezan a salir a la luz.
De repente, empiezan a aparecer los problemas. Y que pueden ser de cualquier tipo, al fin y al cabo, las mentiras, siempre resultan muy creativas, por lo que no podría señalar todos los tipos de excusas con las que empiezan a salir estos falsos príncipes.
El hecho es que uno empieza a dudar, y cuando la duda se siembra en el cerebro, al menos a algunos de nosotros, es suficiente para prepararse para lo peor, porque es que, cuando uno tiene la suficiente experiencia, si no para detectar a los mentirosos, al menos de tantos fracasos (con fracasados) uno ya tiene planes de contingencia.
Las alarmas se activan, las preguntas capciosas empiezan a efervescer, esas preguntas detectivescas, que bien hechas, ponen nervioso al otro farsante.
Por lo que, como es de esperarse, ese “nosotros” empieza como el oro falso cuando se prueba, a negrearse, y entonces uno simplemente espera a que termine de mostrar su verdadero color.
Entonces, los planes de viajar se hacen imposibles, debido a una agenda apretadísima, dificultad para viajar, lejanía, falta de dinero. Etc.
El plan de reunirse con los amigos y la familia para hacer la correspondiente presentación “en sociedad” al estilo “Crillon Ball” pero versión colombiana, queda cancelada, más por vergüenza propia, que por el hecho de que el otro no salió con nada, y que es el otro, en realidad, el culpable.
Lo más patético del asunto, es cuando la situación llega a los oídos cercanos. Y todo, porque uno se adelanta a los hechos, a la realidad, y uno pone en su Factbook “en una relación”, cuando uno en realidad todo lo hace en las nubes, sin haber aterrizado en la realidad. Pero uno quiere creer que las cosas si van a funcionar, y uno calla la voz de esa intuición que le dice “¡No lo hagas público aún, No lo hagas!” Pero impulsivos como a veces nos comportamos, por lo que yo creo que se debe a una falta de auto actualización en cuanto a lo que relaciones sentimentales serias y permanentes se refieren, hacemos el ridículo asumiendo ideas que no tienen sustento de realidad.
Y por eso, es que la culpa no es del otro solamente, como pareciera que lo afirmara antes. La culpa, o mejor dicho, la responsabilidad, también es propia. Por no saberlo todo, por ser tan crédulo con los desconocidos. Y por pensar, a pesar de tantos fracasos que deberían enseñarnos a no cometer dos veces el mismo error, que el mundo es color de rosa, cuando no lo es.
Lo que tengo muy claro, es que existe una falla, o existe un vacío en el traspaso de información intergeneracional entre los gays.
Muchos hemos aprendido de los golpes, por nosotros mismos. No hemos tenido, como en el caso de los heterosexuales, un homosexual mayor que nos explique muchas cosas que no entendemos, o que nos muestre que muchos de los miedo o inseguridades que tenemos son infundadas, por lo que todo lo que sabemos de nosotros y de los demás, ha sido básicamente por construcciones individuales, y muchas veces generalizadoras, como cuando los gays buscan en un hombre, el estereotipo de lo que conocen que es seguro, y no pierden tiempo ni energías arriesgándose a conocer a una persona de verdad, fuera del estereotipo.
En este momento, considero que es sano ser un poco más incrédulo, pensar que eso tan bueno no necesariamente es verdadero, así nosotros sepamos que merecemos lo mejor, y que sepamos, que somos lo mejor, o al menos una versión más que decente de ser humano. Entender, una vez más, el dicho muy conocido que dice: “Lo que fácil viene, fácil se va”.
Y siendo honestos, uno puede experimentar una sensación de desengaño, que hasta a los más “fuertes” emocionalmente les hace pensar, si es posible confiar de nuevo. Y si es así, ¿cuando será ese momento?, ¿quien será esa persona con la que, el Nosotros, no sea falso, sino algo, al menos más creíble?
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