sábado, 11 de diciembre de 2010

MASTURBARSE O MORIR


Cuando me preguntan cuanto tiempo llevo soltero, y digo que han sido cuatro años, una de las preguntas que surge es ¿y cómo haces con el sexo? Me parece curiosa la pregunta, dado que todos sabemos que ni los heterosexuales necesitan casarse para tener hijos, ni los gays necesitan tener pareja para tener sexo.
Aún así, respondo; Me masturbo.

Así es, como muchos de ustedes lo hacen, y no lo dicen, o no lo aceptan. Y seguramente deben pensar “Es que eso es algo privado, es algo personal”, muy al estilo de lo que dicen los gays de closet al referirse a su orientación sexual cuando alguien les pregunta. Pero eso si, no es personal ni privado el dato de los centímetros del que ya sabemos, y que no se nos olvide mencionar el rol sexual. Esos si que son datos públicos, ¡Para que no se de lugar a las confusiones!

Por eso, siempre me he preguntando, ¿Por qué los gays hablan tanto de los veranos, y no hablan de la masturbación? ¿Que es entonces lo que realmente hacen en ese tiempo cuando no tienen con quien?
Hay dos extremos en cuanto al tema, que siempre me han molestado. Aquellos que se la pasan quejándose de sus largos veranos, y aquellos que viven buscando sexo. Los unos, viven hablando con sus amigos de que hace un mes nada de nada, con nadie (uno o dos meses les parece una eternidad), que no saben qué hacer, que se mueren. Los otros, que pululan en los sitios web de contactos gays, en vez de saludar, inmediatamente preguntan: ¿Edad? ¿Rol? ¿Tienes sitio?

Y los dos, terminan haciendo lo mismo: Masturbándose. Los unos, porque se aburren de esperar, y los otros, porque buscar no siempre significa encontrar, y se desahogan con algún video porno, o algún recuerdo vívido de la última experiencia sexual (satisfactoria). Por ello, no entiendo ni la angustia, ni el afán. No tiene sentido cuando para eso nos tenemos a nosotros mismos. Me puedo complacer tal y como quiero, sin hablar, sin pedir permiso, pero sobre todo, sin rogar.

Después de cuatro años terminé adoptando el lema, “Masturbation It’s Survival”, porque en inglés suena más bonito. La masturbación, es en definitiva nuestra arma sexual para sobrevivir a nuestros desbordados deseos.  
Nos permite sobrevivir a largos o cortos veranos, dependiendo de la percepción, sobrevivir a las enfermedades de transmisión sexual, hasta sobrevivir a los malos amantes o malos polvos que le llaman. ¿No es eso espectacular?

No vayan a pensar algunos ahora, que soy como esos gays que no tienen sexo real en vivo y en directo porque le tienen miedo a las enfermedades, o porque siendo de closet, como algunos sufren de delirios de persecución, prefieren el cyber sexo, o simplemente no tener contacto sexual alguno con otros hombres y se la pasan fantaseando nada más. Se trata es de que seamos sinceros de una vez por todas. Decir que nos masturbamos, una, dos, tres o más veces por día cuando nos place, cuando descubrimos que no es absolutamente necesario e imprescindible otro para complacernos o satisfacernos sexualmente.


Además, me he dado cuenta que el masturbarse regula el apetito sexual, así como regula la percepción y el deseo hacia otro hombre.
Puede que queramos tener sexo con alguien, por puro capricho, pero luego de masturbarnos, lo pensamos mejor, “¿Realmente quiero acostarme con él?”
Deberíamos usar la masturbación más a menudo para eso, cuando la razón no funcione muy bien. Así, podríamos evitarnos algunas decepciones, como que por necesidad hayamos pasado de querer acostarnos con Mr. Músculo a acostarnos con Mr. Barrigón.

Y algo de lo que tampoco hemos querido hablar abiertamente, es de las decepciones sexuales ¿por qué entre los gays se perciben tantas decepciones amorosas, pero no se perciben tantas decepciones sexuales? ¿Será que no las hay, o será que se evita el tema?
Porque no creo ser el único que se ha arrepentido de haberse acostado otro hombre.
Ese hombre que no es para nada agraciado, pero que tiene lo necesario para pasar el rato. Ese hombre protagonista de “El Primero Que Llegó”.

Aunque nos arrepentimos, nadie puede saber de esa vergüenza, porque para eso tenemos la doble moral; aunque no siempre es el otro el culpable, en nuestra versión de los hechos, el mal polvo siempre resuelta siendo el otro.

Entre todos los estereotipos que nos ha asignado la sociedad heteronormativa, así como entre los estereotipos que nos hemos asignado como gays, hay uno que en gran medida revela el por qué no hablamos de la masturbación, no hablamos de nuestras insatisfacciones sexuales, no las aceptamos y mucho menos hacemos algo para mejorar eso: El famoso estereotipo del gay promiscuo. Ese estereotipo con el que hemos luchado durante mucho tiempo, desde que asumimos la idea de que por ser gays debíamos ser sexualmente activos. Y sexualmente activos cada vez más jóvenes, ¿O debería decir, cada vez más niños?

Pero el problema no es la cantidad de sexo que tengamos, como si es un problema que vivamos solapando el hecho ante los heterosexuales, y mayor problema aún, que seamos sexualmente activos sin pensar ¿Nos sentimos realmente satisfechos después de tener sexo? Y si no, ¿Por qué no?
Porque en el ser sexualmente activo, está el ignorar al otro en gran medida, el ignorar la insatisfacción, creyendo que si uno no funcionó, al reemplazarlo por otro el problema acaba. Y pensar ingenuamente, que el número acumulado de compañeros sexuales nos hace más plenos o más expertos.

Seguimos viendo al mismo personaje buscando sexo en la página de contactos, que no sabemos si encuentra lo que busca, que no imaginamos su grado de insatisfacción sexual. Pero que seguramente termina buscándose a sí mismo, disfrutando de si mismo, sin condiciones, sin condón y lo mejor, sin cuota de motel. Y ya sea que se masturbe “porque le tocó” o por gusto, se masturbó, y sobrevivió, un día más.

Y si bien alguien dijo que para amar a alguien primero uno debe aprender a amarse uno mismo, yo diría que para amar a otro, se incluye el aprender primero a masturbarse uno mismo.

viernes, 24 de septiembre de 2010

CATOLICISMO, FUERZAS ARMADAS Y FUTBOL

¿Qué tienen en común el catolicismo, las fuerzas armadas y el futbol?

En el mundo  heteronormativo, patriarcal, machista o como lo quieran llamar, han existido tres inventos que se distancian de su cultura creadora, porque poseen un denominador común totalmente opuesto a la idea por la cual fueron creados; La permanencia de un sistema humano binario, reforzador de las diferencias entre los sexos y los géneros y de la concepción de “supremacía masculina”.

El catolicismo no podría parecer más disímil de las fuerzas militares, o del futbol, si no es porque en los tres ámbitos se anida lo que para mí ha sido la burla, el sabotaje máximo que la homosexualidad, como categoría, ha logrado frente a la rígida visión del mundo creada por heterosexuales.
La homosexualidad presente en estos espacios es en definitiva ese denominador común y esa burla de la que estoy hablando.

Y digo burla, porque ante tanto cinismo, castración de la humanidad y la doble moral que subyacen en estos espacios, la omnipresencia histórica de la homosexualidad, allí ha logrado manifestarse desestabilizando creencias y ese cinismo producto de siglos de culto incuestionable a estas instituciones.

Las referencias que nos brinda la televisión “apta para gays”, es decir, la pornografía, registran con amplitud esa fantasía creada por unos y difundida por muchos, donde los uniformes; el de futbolista, el de militar, el de cura, el de bombero, el de médico, son la constante recreativa de una realidad cada vez más visible, ¿O es que acaso no hemos querido alguna vez hacer un juego de roles sexy con alguno de esos uniformes incluidos? Ahí, donde se encuentran esos “verdaderos hombres”, son cada vez más frecuentes las experiencias homoeróticas entre sus miembros.
La fantasía, se ha vuelto realidad.

No culpo ni critico a quienes tienen debilidad por los militares o que alguna vez en su vida tuvieron una relación con un enviado de Dios. Pero después de estudiar cinco años en un colegio católico, de “solo hombres”, y de vivir seis años en un barrio que está rodeado de dos batallones, es inevitable no fantasear ni sentirme atraído por estos personajes, sino también develar la falacia de unas instituciones y sujetos tan “políticamente correctos”.

No voy a discutir la relación entre homosexualidad y pedofilia, con la que usualmente se aborda la situación por parte de religiosos, principalmente porque no existe tal relación, más que por el hecho de distraer la atención, librarse de culpas y responsabilidades en los casos de abuso sexual de niños por parte de eminencias (o en su defecto lacayos), de la iglesia católica.
Además, porque así como la antropología explica el tabú del incesto como una de las primeras muestras de cambio cultural de las comunidades primitivas (o primeras) en su organización social, y este tabú se ha mantenido hasta la actualidad (con sus múltiples excepciones), considero firmemente que hay un tabú que debe permanecer,  al menos para el caso de occidente (porque yo solo no puedo pedirle a todo el mundo que cambie), Y es el tabú hacia el cuerpo de los niños y las niñas, y que estos no sean el objeto sexual de ningún adulto.

Uso el término “tabú”, porque muchas personas, en especial las religiosas, están más familiarizadas con el lenguaje mítico y de esta manera le dan más importancia al asunto. Pero si asumimos que con ese lenguaje tan básico entienden mejor, me pregunto ¿Por qué será que violan constantemente el mismo tabú?

Imagino que un día, los hombres que dirigían el mundo siglos atrás se reunieron a organizarlo de manera tal que pudiera vivir allí su descendencia.
Entonces crearon los ejércitos, para entrenar en la guerra a sus hijos más fuertes, y así pudieran defender al pueblo de los enemigos.
Crearon el futbol para jugar, divertirse, afianzar la identidad grupal y el trabajo en equipo, e impulsar el espíritu de la competencia.
Y crearon un dios y una religión, para explicar lo inexplicable, rendir tributos por sus difuntos y crear lazos espirituales en su comunidad y con el más allá.

Se deben estar revolcando en las profundidades de la tierra los restos fósiles de estos hombres al saber que durante mucho tiempo, en las frías noches que soportaban los guerreros, estos se daban calor unos a otros por medio de besos y caricias, el sudor corriendo por sus cuerpos frenéticamente entrelazados haciendo el amor (por darle un toque romántico), ocultos en trincheras, disfrutando de placeres prohibidos.

O si, como lo veo yo y muchos más, el jugueteo inocente de golpearse el trasero con una toalla mientras los jugadores se cambian después de un partido de futbol, no fuera una simple broma sino un subliminal coqueteo que podría terminar en la ducha, dos hombres mirando furtivamente sus cuerpos desnudos, sintiendo lo indescriptible, lo inmencionable.

O si supieran de todos los líderes religiosos enamorados de monaguillos  que sedujeron u obligaron, en esa lógica de sumisión tan cristiana, a tener relaciones sexuales, o esos seminaristas camino a la santidad que rompieron en múltiples ocasiones la promesa de celibato, olvidando junto a sus votos el ego espiritual  dado por eso que llaman “espíritu santo”, para ceder a su humanidad, a su débil carne.

Los anteriores son solo ejemplos de lo que muchos hombres han vivido a lo largo de la historia en estos lugares. Sucesos de la cotidianidad que han sido escondidos por sus protagonistas e inadvertidos por una sociedad que asume como incorruptibles sus instituciones, así como incorruptibles asumen las ideas por las cuales estas fueron creadas.

Lo curioso es que aunque sucedió, sucede y seguirá sucediendo, quienes tal vez sin querer, han transgredido el orden tradicional de esas instituciones, siguen sosteniendo inútilmente una idea vacía y anticuada de una perfecta y homogénea iglesia de hombres y mujeres heterosexuales.  De un deporte donde lo único que quieren meter sus jugadores es una pelota en un arco, o  de un ejército en el que sus hombres de honor a lo único que aspiran es a defender a su patria, casarse y tener hijos (o viceversa), con una mujer.

El futbol, el catolicismo y las fuerzas armadas se convierten entonces en los espacios de homosocialización (o debería decir, homosexualización) por excelencia, a expensas de los ingenuos heterosexuales que una vez vislumbraron estos espacios como exclusivos de “meros meros machos”.

Tal vez, al socavar las bases fundadoras de estas instituciones por medio de la configuración de relaciones distintas que poco a poco saldrán a la luz, haciendo insostenible esa solapada doble moral, podría hacerse realidad ese miedo de muchos y ambición de algunos; los gays dominarán al mundo, o en su defecto lo harán más equitativo (en teoría).

Y si esto llegara a ser realidad antes de morir rostizados por el calentamiento global, o extinguidos por los meteoritos, desearía que las creaciones socio-culturales futuras de los gays fueran, ojala, menos hipócritas que sus predecesoras.

domingo, 19 de septiembre de 2010

EL FALSO NOSOTROS


Pretender. Pasamos nuestra vida pretendiendo, aparentando. Aparentamos un color de cabello distinto, aparentamos mintiendo con nuestra edad, aparentamos en nuestras relaciones sociales, como cuando exhibimos a novios trofeo.
Siempre queremos dar nuestra mejor impresión a los demás, al menos a quienes nos interesan, por el motivo que sea. Nos pintamos como el más interesante, él más inteligente, el más agradable, el más gracioso, el más generoso, el mejor amigo, el mejor novio, y una cantidad de atributos o cualidades que no nos creemos ni nosotros mismos. Las exigimos de los demás, pero si llegara el momento de que nos pidieran lo mismo, seguramente lo que haremos es salir huyendo, porque sabemos que se acabó la farsa.

Y farsas, hay de muchos tipos. Así como muchos tipos, resultan siendo una farsa.
En especial, el hombre farsante que más me interesa en este momento, es aquel que usa el “nosotros” para obtener un beneficio individual. Ese que nos hace creer, hasta a los más incrédulos, que el “nosotros”, si es real.

Lo primero que nos hacen creer, es que les gustamos de verdad. Y ahí está la primera trampa. En especial cuando ese gusto no nace de una interacción personal. Pero caemos en la trampa. Y creemos que lo que nos dice es verdad. Creemos que le gustamos, pero, lo que no sabemos, es cuantos más son del agrado del otro. Vaya lío.

Lo segundo que hacen, es hablar de su hoja de vida, de lo que les gusta, de lo que no les gusta. De lo no que no tienen, y especialmente, de todo lo que tienen. O mejor dicho, de todo lo que nos quieren hacer creer que tienen. Eso, la mayoría de los casos, proyecta una imagen del típico hombre ideal. Tan bueno que no puede ser cierto. Y es que no lo es. Pero como digo, aún no nos damos cuenta.

Y lo tercero, lo que da la estocada final, es la intención. La propuesta del nosotros. “¿Quieres ser mi pareja?” O como la mayoría de estos farsantes lo hacen, sin preguntar, sino que lo van afirmando, sin dar lugar a pensarlo: “Quiero que seas mi pareja”.
Y bueno, cuando uno le sigue creyendo, y aceptando, ese falso nosotros (del que, repito, no nos hemos dado cuenta) Estamos metidos en un gran, gran mentira.

Después de unas semanas de vivir en esa bella mentira, en creer, que esta vez si seré feliz, que esta vez si encontré a la persona indicada con quien compartir mi vida, que esta vez, si valdrá la pena hablarle a mis amigos y a mi familia del personaje, y que lo mejor de todo, me dan ganas hasta de presentarlo, es ahí, en ese preciso momento, cuando las inconsistencias empiezan a salir a la luz.

De repente, empiezan a aparecer los problemas. Y que pueden ser de cualquier tipo, al fin y al cabo, las mentiras, siempre resultan muy creativas, por lo que no podría señalar todos los tipos de excusas con las que empiezan a salir estos falsos príncipes.
El hecho es que uno empieza a dudar, y cuando la duda se siembra en el cerebro, al menos a algunos de nosotros, es suficiente para prepararse para lo peor, porque es que, cuando uno tiene la suficiente experiencia, si no para detectar a los mentirosos, al menos de tantos fracasos (con fracasados) uno ya tiene planes de contingencia.

Las alarmas se activan, las preguntas capciosas empiezan a efervescer, esas preguntas detectivescas, que bien hechas, ponen nervioso al otro farsante.
Por lo que, como es de esperarse, ese “nosotros” empieza como el oro falso cuando se prueba, a negrearse, y entonces uno simplemente espera a que termine de mostrar su verdadero color.

Entonces, los planes de viajar se hacen imposibles, debido a una agenda apretadísima, dificultad para viajar, lejanía, falta de dinero. Etc.
El plan de reunirse con los amigos y la familia para hacer la correspondiente presentación “en sociedad” al estilo “Crillon Ball” pero versión colombiana, queda cancelada, más por vergüenza propia, que por el hecho de que el otro no salió con nada, y que es el otro, en realidad, el culpable.

Lo más patético del asunto, es cuando la situación llega a los oídos cercanos. Y todo, porque uno se adelanta a los hechos, a la realidad, y uno pone en su Factbook “en una relación”, cuando uno en realidad todo lo hace en las nubes, sin haber aterrizado en la realidad. Pero uno quiere creer que las cosas si van a funcionar, y uno calla la voz de esa intuición que le dice “¡No lo hagas público aún, No lo hagas!” Pero impulsivos como a veces nos comportamos, por lo que yo creo que se debe a una falta de auto actualización en cuanto a lo que relaciones sentimentales serias y permanentes se refieren, hacemos el ridículo asumiendo ideas que no tienen sustento de realidad.

Y por eso, es que la culpa no es del otro solamente, como pareciera que lo afirmara antes. La culpa, o mejor dicho, la responsabilidad, también es propia. Por no saberlo todo, por ser tan crédulo con los desconocidos. Y por pensar, a pesar de tantos fracasos que deberían enseñarnos a no cometer dos veces el mismo error, que el mundo es color de rosa, cuando no lo es.
Lo que tengo muy claro, es que existe una falla, o existe un vacío en el traspaso de información intergeneracional entre los gays.

Muchos hemos aprendido de los golpes, por nosotros mismos. No hemos tenido, como en el caso de los heterosexuales, un homosexual mayor que nos explique muchas cosas que no entendemos, o que nos muestre que muchos de los miedo o inseguridades que tenemos son infundadas, por lo que todo lo que sabemos de nosotros y de los demás, ha sido básicamente por construcciones individuales, y muchas veces generalizadoras, como cuando los gays buscan en un hombre, el estereotipo de lo que conocen que es seguro, y no pierden tiempo ni energías arriesgándose a conocer a una persona de verdad, fuera del estereotipo.

En este momento, considero que es sano ser un poco más incrédulo, pensar que eso tan bueno no necesariamente es verdadero, así nosotros sepamos que merecemos lo mejor, y que sepamos, que somos lo mejor, o al menos una versión más que decente de ser humano. Entender, una vez más, el dicho muy conocido que dice: “Lo que fácil viene, fácil se va”.

Y siendo honestos, uno puede experimentar una sensación de desengaño, que hasta a los más “fuertes” emocionalmente les hace pensar, si es posible confiar de nuevo. Y si es así, ¿cuando será ese momento?, ¿quien será esa persona con la que, el Nosotros, no sea falso, sino algo, al menos más creíble?

jueves, 29 de julio de 2010

POR EL DERECHO A SER FEO Y EXIGENTE

Ya sabemos que la belleza es relativa, según la cultura y los ojos de quien la aprecie. Y esto que escribo no es para hablar de la palabra belleza, ni para hacer claridad en el termino. Así que no pienso discutir con nadie que me critique el hecho de que yo use las palabras “belleza” o “fealdad” sin explicarlas, o porque no incluyo a los heterosexuales en el tema. 

Hace un tiempo, alguien me dijo que yo no era lo suficientemente bonito para exigir todo lo que le exijo a los hombres con los que quisiera tener una “relación”. Que no puedo exigirle nada a nadie con quien yo quiera interactuar solo porque no soy lo suficientemente bonito.

Esa idea la hubiera ignorado, ya que venía de un desconocido, si no fuera porque en otras ocasiones, distintas personas me habían insinuado lo mismo. 

Entonces, reaccioné. Me surgió una idea. Luego de insultar mentalmente al idiota que me había dicho “bonito a medias”, traté de calmarme, intentando captar el mensaje que había detrás de ese reclamo, de esa exigencia que era requerida de mi parte, para poder exigir de los otros.

“Debes ser bonito para exigir lo que quieras de los demás. Desde los aspectos físicos, o sea la apariencia personal, hasta los aspectos ideológicos”. Cuando entendí el mensaje subliminal, se me reveló una de esas piedras angulares que sostiene la ideología actual entre gays, y que por ser una ideología, se mimetiza en la cotidianidad, y es muy difícil no solo descubrirla, sino describirla y explicarla. 

Pensé en quién era el que me había dicho que yo no era suficientemente bonito. Primero que todo, era alguien más que suficientemente bonito. Buen cuerpo, cara de chico malo, actitud de “todo-lo-puedo” y con buena ortografía (Dios, que cosa tan difícil de encontrar). Eso si, de pocas palabras, porque bonito que se respete, poco habla, de pronto para no embarrarlas, o simplemente porque él sabe, o uno sabe, que no es requisito indispensable. 

Me transporté mentalmente a ese mundo desconocido en el que viven los lindos, mundo al que uno por ser feo no tiene acceso. Uno solo tiene derecho a mirar, pero no a tocar, aunque dicen que pagando uno si tiene acceso a estas especies.

Un mundo en el que ser bello es equivalente a tener una Visa Infinite social, donde por mi belleza, socialmente soy visto, apreciado, adorado, tenido en cuenta. No importa lo que yo diga, la mayoría de las veces tendré la razón, y si no la tengo, no me refutarán de frente.  

Un mundo en el que mis ideas, por más simples que sean, siempre serán vistas como algo tan único, tan interesante, que me sentiré casi al mismo nivel de esos feos que son súper sabios e intelectuales, solo que yo les ganaría por ser, además de todo, bonito. 

Pensaba entonces en los feos-y-gays de todo el mundo. Pensaba ¡Qué mala combinación para el mundo actual! Si uno que no es “suficientemente bonito” y lo tratan tan mal, ¿como será la vida de esos otros que no pasan el umbral de la belleza?.

Pero entonces dije; ¡Suficiente! ¡Es hora de hacer una revolución, para derrocar a los lindos del poder con el que manejan el mundo de los gays! ¡Será esta la revolución de los Feos y los No tan Feos! Para liberarnos de la opresión de los estándares a los que nos tienen sometidos. 
Lo primero, será tratarlos mal. Hacerlos sentir que no nos importan, ni su físico, ni sus palabras. Solo usarlos como objetos de satisfacción sexual.
Les haremos preguntas capciosas, para que digan más de lo debido, y podamos burlarnos de sus simpladas.
Los confundiremos hasta rabiar con exigencias imposibles para ellos. Como por ejemplo, les diremos que buscamos a alguien No religioso, No heterocurioso, Sin problemas de drogas, Sin problemas de alcohol. Sin tendencias políticas derechistas. Les diremos que no nos gustan los hombres tan musculosos, así los haremos sentir como en la dimensión desconocida. En fin, todo lo que sabemos que va de la mano con la belleza. Cualquier tipo de exigencias que les sea a esos “lindos” algo difícil de lograr. 
Con ello, aumentaremos todos sus complejos internos a tal punto, que empezaremos a ver la verdadera cara de la belleza. Les veremos inseguros, les veremos tartamudear, sus gestos simples ya no serán motivo de suspiro, sino de vergüenza ajena.

Volveremos al tiempo en el que, cada tipo de belleza particular, tenía su otra mitad compatible. Donde no se unían por consolación, por conformarse, sino porque mentalmente se es tan amplio, que el miedo al qué dirán desaparece. Donde el tener pareja y mostrársela a los amigos al estilo de un trofeo, sea una práctica que pierda total sentido.
Así como muchos tratados filosóficos, que han sido catalogados como Utopías, y por tanto invalidados para el conocimiento de la cultura general, seguramente mis ideas sean igual de ridiculizadas. Lo importante es que asumo la idea como posibilidad, ante un panorama de lo que yo he catalogado como una comunidad profundamente fragmentada.

Luego de tomarme mi tiempo para reflexionar, como cinco minutos después, empecé a escribirle mi respuesta a esa persona que había invalidado mis parámetros con los que se me ha dado la gana por mucho tiempo de buscar mi pareja ideal (cuando me da por buscarla). 
Le dije, “Que los feos también teníamos derecho a elegir, a ser exigentes”. Para así no entrar en los ahora comunes círculos viciosos del drama, donde personas con características disfuncionales empiezan siendo príncipes y terminan siendo unos completos cretinos. “Que los feos tenemos derecho a no conformarnos”, con las sobras humanas. Seres (una vez más) que terminan disfuncionales por estar en relaciones con “lindos” creyendo que todo lo que brilla es oro.

Por último le dije, que “Si en su lógica de interactuar o relacionarse con otros, o “exigir” algo de otro dependía de ser considerado bello, el que tenía un problema de percepción era él”. Porque nuestros parámetros son vistos como exigencias por quienes son incapaces de cumplirlos o personificarlos naturalmente con lo que el universo les dio. Y por quienes, como algunos trajes de alta costura, definitivamente, no están hechos a nuestra medida.
 
 
 
 

martes, 29 de junio de 2010

SIN GÉNERO POR UN DÍA.

Una noche, cerca a la fecha en que se celebra el día del orgullo LGBT, algunas personas nos encontrábamos en lo que los curas católicos llamarían un Aquelarre de mujeres donde solo se habla de abortar y de cómo ser independientes dentro del sistema patriarcal en el que viven.  

Pero aquella noche no solo habían mujeres, también habían hombres. Seguramente muchos gays, muchas lesbianas, muchos bisexuales… Y algunos heterosexuales. Y esto solo lo afirmo por lo que me decía mi radar LGBT, que entre más uno crece, más preciso el radar funciona. 

Y no eran los únicos. Mientras analizábamos unas fotografías con los lentes de género, jugando al papel de psicólogo o de simples espectadores clasificando las fotos entre los masculino, lo femenino, o en el punto medio (¿o mezclado?), algunos dirigimos la mirada hacia una persona que llegó al salón donde estábamos hablando animadamente de los géneros. 

Esta persona entró un poco apenada por haber llegado tarde a la sesión, sin embargo llevaba un caminar seguro con el que logró hacerse a un lugar cercano a los expositores de las fotografías. Yo le seguí con la mirada, aunque en el salón a media luz difícilmente podía adivinar todos sus rasgos. 

Lo primero que noté fue su figura alta de más de 1.80 metros de estatura y un cuerpo delgado como el de cualquier modelo de pasarela profesional. 
No pude notar más, hasta el momento siguiente en el que se sentó, cruzando sus piernas delicadamente, revelando lo que me parecieron unas zapatillas gladiadoras de tacón alto. 

El ver eso fue suficiente para abstraerme totalmente del recinto y centrar toda mi atención en ese ser tan llamativo y sin embargo tan bien arreglado en conjunto. 

Advertí su jean de color azul petróleo, ceñido a su cuerpo, delineando piernas sin final. Seguramente lo encontró en la sección de mujeres de alguna tienda, me dije. Lo mismo sus gladiadoras. Me preguntaba cómo las habría conseguido. 

Me sorprendió más cuando al encender la luz del recinto, vi que esta persona tenía una barba de al menos una semana, la tenía impecablemente delineada. Y su rostro, me daba reminiscencias a cualquier hombre árabe de gran atractivo. Su cabello, peinado hacia atrás al estilo “Old Hollywood” le confería una apariencia pulida espectacular, enérgica. 

Estuve impulsado a hablarle. Pero no ahora, porque estaba dirigiéndose a las personas, hablando de gente que se reconocía a si misma como “seres sin género”. Nombró a Phillipe Blond, diseñador famoso por sus corsés de púas y diamantes, su cuerpo andrógino que un día le permite ser una bella mujer rubia y otro día se convierte en un chico que no parece mayor a alguien de veinte años. También mencionó a Andre Johnson, celebridad Neoyorkina por haber sido la primera persona negra, vestida de mujer y con barba que apareció en la portada de una edición de Vogue. 
Víctor Blanco, el llamado “It Boy” español, reconocido por usar ropa de hombre combinada con costosas zapatillas de diseñador. 

Y por último, recordaba a Brigitte Luis Guillermo Baptiste, de Colombia, un ser único por su mezcla entre voz grave y cortos vestidos de seda, su reconocida trayectoria académica y científica, además de su familia con la cual convive como cualquier otra persona en este país. 

Mientras le escuchaba, más impresionado me sentía por su transgresión a las normas tradicionales del género y su estilo tan agradable para controvertirlas con unos simples cambios en su apariencia, 
Cuando terminó la discusión me acerqué prudentemente a hablarle, pero estaba rodeado por algunas personas que lo entretenían con cumplidos por su apariencia y sus ideas.
Decidí no esperar más y empezamos a hablar casualmente. 

Me decía que estaba vestido así como forma de protesta contra las normas de los géneros. Y como protesta porque en la ciudad no hubo marcha del orgullo como en otras ciudades debido a que particulares del mundo de la “política” habían logrado obstaculizar este importante evento para la comunidad. 

Estando en un bar de la ciudad y con su aspecto intacto, me contaba lo divertido e indiferente que había sido la experiencia de comprar los tacones y el jean “para mujer”. Y mientras yo tomaba una cerveza y él un té helado, me decía que no todo había sido alegre.

En su monologo se preguntaba cómo era posible que su madre, quien le conocía toda su vida, sus preferencias en todos los sentidos y su personalidad controversial se hubiera puesto tan incómoda por haberle visto usar tacones y haberle exigido que se los quitara, como si el hecho de que un hombre con tacones fuera algún invento del demonio en contra de la “decencia” de la gente “normal”. 

Sentí un poco de lastima, por ver que mientras desconocidos lo reconocían, respetaban y admiraban, su propia madre con su actitud discriminatoria y represiva le había exigido quitarse esos “insultantes” tacones. 

Entonces no pude evitar preguntarme ¿Cómo se siente ser capaz de transgredir normas respecto a lo “normal” y lo aceptado entre hombres y mujeres? 

Para los que lo hacen, imagino que se siente bien. Aún con el precio social que pagan, como por ejemplo que tu mamá les desapruebe. Se siente bien porque aunque denominamos “transgresión” a esos cambios en los seres, en realidad son expresiones personales de “Ser Uno Mismo”. El efecto transgresor lo sienten los “normales” que juzgan desde afuera. Se sienten mal porque su orden que denominan “natural” se ve amenazado por bichos raros. Sin reconocer que muchas construcciones culturales no tienen nada qué ver con lo “natural”. 

Y yo, que nunca he sido muy fanático de ese tipo de “ordenes”, le dije que me parecía un ser muy valiente, un ser que no necesitaba de mi lastima ni la de nadie, sino la aceptación de que hoy una persona puede ser de una manera y mañana de otra. Y el mundo no se va a acabar por eso. 

Esa idea me generó un poco de intranquilidad. Si yo me considero gay ¿Debo ahora decir que no lo soy? ¿Debo decir que soy una persona que puede transitar por los géneros? 
No necesariamente. Esa es la ventaja de tener opciones entre una variada gama de formas de vida, sensibilidades, formas de pensar, actuar y hasta vestirse. 

Por ello, existe gente que se autodenomina: Gay, Lesbiana, y Bisexual. Pero también hay gente que se denomina Travesti, Transformista, Transgenerista, aunque muchas personas siguen viendo a estos últimos como deformaciones humanas, aún entre las mismas personas de la “Comunidad” LGBT. Y por ello, es que estas personas también son una opción existente. Opción que en la actualidad es el conejillo de indias de la crítica “científica” heteronormativa. 

Un día sin marcha del orgullo en mi ciudad y un día sin género. Tal vez era momento de llegar a ese punto. De llegar a darnos cuenta que muchos de los que critican a quienes salen a marchar en esos eventos en Colombia, son los que realmente nos hacen quedar en ridículo. 

Y es que estamos quedando en ridículo por omisión. Por no salir a mostrar la otra cara de lo que tanto y tan duramente criticamos. Y por eso, porque los “Machos-Serios-Cero Plumas” no salen en Colombia a decir que también hay otras versiones de la historia. 

Pero al no salir, estoy muy seguro de que las marchas de la London Gay Parade o de la New York Gay Parade, eventos multitudinarios que en Colombia queremos llegar a ver algún día, se van a demorar varias décadas. No porque no haya gente, sino porque la gente que hay está muy ocupada en sus vidas individuales. En su estudio, en sus casas, en sus conflictos internos, en sus trabajos, con sus parejas o compañeros sexuales que buscan en el privado, mientras despotrican insultando a parte de su “comunidad” en lo público.

Y con ello, dándole cada vez menos sentido a la expresión “Comunidad LGBT”. Porque hasta ahora somos cualquier cosa, excepto una comunidad.

jueves, 3 de junio de 2010

EL ULTIMO SOLTERO

Ni siquiera por el hecho de ser gay nos salvamos de la constante presión a estar en pareja. Parece que en realidad los gays no somos nada fuera de lo común. Al igual que los heterosexuales, también los gays piensan casarse vestidos de blanco, en una iglesia, y tener hijos, como última meta social. De esto hablaré en otro momento.
No es que el hecho de tener pareja sea algo aburridor y anacrónico a la actualidad, pero lo es cuando, como he dicho antes, tu pareja no baila en un mismo ritmo.

Y tampoco, en muchas ciudades, el hecho de ser soltero es, formalmente, una opción para disfrutar. De ahí es que considero que nos separamos en tres grupos en los que vivimos nuestra individualidad: estar solo, ser solitario, o ser soltero.

Estar solo es una decisión que muchas veces uno toma para que nadie te moleste la vida. Te cansaste del drama y el control de tu ex pareja y has decidido darte tu tiempo, disfrutar de ti y criticar a otras parejas. Estar solo hace que no quieras probar el mismo plato dos veces, como forma de sentirse desprendido, “superior” a la dependencia sexual o sentimental con otros hombres. La idea de estar solo es recuperar autonomía, autenticidad, dejar atrás los “caracteres adquiridos” con tu ex pareja. Estar solo es, a final de cuentas ser tu mismo y nada más importa.

Ser solitario a mi modo de ver, es el resultado de estar solo por mucho tiempo, al punto de que te conviertes en una isla humana. Te interesa poco establecer relaciones y la libido que te despiertan los hombres, no la gastas con ellos, sino contigo, en tu cama o en el baño, solo. Encontramos al típico chico tosco que no quiere nada con nadie y que siente que por haber perdido contacto con la humanidad, es superior a ella. Los religiosos son un buen ejemplo de estos personajes. Es a mi modo de ver, el estado crónico de lo que alguna vez fue alguien que amó demasiado pero las circunstancias lo desenamoraron y lo convirtieron en un ser exclusor del afecto.

Ser soltero, es la opción más dinámica de las tres. Puedes salir a donde quieras porque eres libre y no sientes la necesidad de apartar a alguien que se quiera acercar mucho, porque eso significaría dejar de disfrutar lo mejor que hay cuando se es soltero: Sexo a la Carte.
Ser soltero también tiene implícita la idea de que se es soltero porque no se tiene novio, pero se quiere tener. Es algo así como las promociones que no pueden durar mucho, porque serían una perdida. Y les comentaré por qué se cree que ser soltero por mucho tiempo es sinónimo de ridiculez social, o todo un fenómeno asombroso, como lo expresan aquellas frases de cajón; “¿Cómo alguien tan lindo puede estar soltero?”.

Primero que todo, aunque existen los espacio sociales para disfrutar de la soltería (los bares y discotecas principalmente) uno siente que no puede disfrutar de ello por mucho tiempo. Para los hombres gay, estar soltero parece ser un lujo que no se puede costear por mucho tiempo.
Arribar a un bar una vez, solo, se convierte en algo liberador para alguien que solo sale si va con sus amigos o su novio, cuando lo tiene. Algo que en la actualidad se considera “tener mucha personalidad”. Pero al hacerlo más de dos veces, como lo he hecho, uno empieza a notar ciertas miradas de extrañeza por parte del Bartender, y uno empieza a ver que los hombres maduritos te consideran su presa de la noche.
Dejé de salir solo hasta que no existieran las condiciones culturales para hacerlo, principalmente que exista indiferencia por esos actos. Y porque además, cada vez que salí solo, las personas que veía en la barra y que estaban solos, eran únicamente hombres mayores de treinta y cinco años con toda seguridad, o gente que por su afición al alcohol, prefiere estar cerca al dispensador de su placer, y yo no quisiera parecerme en un futuro a ellos.

Segundo, en la actualidad no hay gente real y completamente soltera. La presión por verse socialmente acompañado nos obliga a tener novio así sea solo de título, y ser soltero cuando queramos tener sexo sin repetir.
Uno puede aguantarse a persona con problemas para comprometerse, pero no a personas comprometidas, aunque entre hombres, eso parece tampoco ser problema. Entre hombres, ser el segundón, no tiene mucha relevancia.
Sucede que uno tiene pareja, pero quisieras estar soltero, porque al fin y al cabo llevas el mismo comportamiento teniendo novio que estando soltero. Tienes novio y preciso llega un chico que te encanta, su forma de pensar, su físico, él te dice cuando le gustas y tu le sigues la corriente al coqueteo. Aunque sabes que tienes pareja, piensas que tal vez si está lejos no cuenta como tu novio, pero luego te das cuenta que el otro también tenía pareja, y el coqueteo se acaba. Y sigues con tu novio, como si nada.

Ser soltero es entonces una especie en vía de falsificación. No existen solteros 100% hechos de material original. Siempre tienen algo guardado, no están a nuestro alcance, o no nos parecen atractivos, etc.

Tercero, aunque ser soltero es una cuestión de opción, tener novio también es cuestión de opciones. Y no siempre estoy seguro de haber escogido bien. Hace unos días compré unos zapatos para mi mamá y pensé; “estoy seguro de haber escogido los zapatos correctos para ella, pero ¿se puede estar seguro de haber escogido al novio correcto?” Entonces dudas, y con las dudas dejas las opciones abiertas dentro de un título de opción única.

Finalmente, pienso que al igual que ser abiertamente gay es de valientes, ser gay y soltero completamente se convierte en un acto de valentía. Pero uno sigue manteniendo híbridos en sus relaciones; soltero para unas cosas, con novio para otras. Y muchos hemos pasado por esas situaciones y hemos tomado nuestras decisiones, ya sea dejar de tener novio para estar libres, o seguir con nuestro novio porque las aventuras paralelas terminan no valiendo la pena, y aunque juegas con fuego, sabes que este no te quema.

HOMBRES ESPEJISMO

Ser gay, no es cuestión de manuales. Tampoco el estar gay. Hasta ellos tienen problemas lidiando con lo desconocido y la satisfacción de sus deseos ocultos a la sociedad. Al no tener manuales para ser y hacer “bien” lo que somos, muchos vamos por la vida de tropiezo en tropiezo.
Nuestra orientación sexual, que unos dicen que no afecta en nada nuestras vidas (o que no debería), que no es nada más importante que otras cosas, que no es algo que le importe a los demás, así como que llega a ser tan fundamental en la vida que no se puede desligar el ser homosexual de permear todo nuestro alrededor, es algo que está siempre presente, queramos ignorarlo o no.
Esta orientación sexual, percibida a veces tan errática, antinatural, patológica, no solo por la sociedad heterosexual, sino también por los gays con mentes heteronormativas que luchan por entenderse siempre mirando qué similitudes tienen con las parejas de películas hetero famosas, con las parejas de sus amigos hetero, o con su mamá y papá es lo que ha hecho que no entendamos lo que pasa realmente en nuestras vidas como homosexuales.

El ver todo con mirada de hetero en nuestras relaciones, es lo que no nos ha permitido descubrir por qué las cosas duran tan poco, el por qué ya no celebramos aniversarios, sino mesaversarios, que es para mí la creación post-moderna de la humanidad en las relaciones de todo tipo, donde cada mes debe celebrarse, como una meta arduamente alcanzada “uff, al fin llegamos al mes siguiente”, claro, esto expresado en palabras más bonitas.
Y no es que le esté echando la culpa de todos nuestros errores a los heterosexuales, ya bastante agua sucia le hecho cotidianamente a muchos de los productos culturales de la sociedad fabricada con la visión binaria Hombre-Mujer (exclusivamente).
Es más, si sigo criticando a los heteros, probablemente los gays-hetero dejen de leerme. Además, ya en este mundo se habla hasta hartar de lo heterosexual, por eso es que me gusta concentrarme en hablar de mi, de nosotros mismos, los homosexuales.

Y cuando se trata de hablar de homosexuales, en nuestro pequeño universo, hay algo, de tantas cosas (la lista es larga), que especialmente es una constante en nuestras relaciones. Es algo que durante mucho tiempo me ha molestado, y que seguramente a muchos de ustedes también. A estas molestias, les bauticé hace años, como “Los Hombres Espejismo”, hombres que parecen algo, que no son en realidad. Islas de agua en un desierto, que se transforman cuando uno se acerca, en arena movediza que se traga a los ingenuos gays, en especial a los que empiezan y hasta a los que van bien adelante en la carrera.

Cuando uno recién conoce a alguien, en cualquier lugar donde ustedes han conocido a algún gay que les parezca especial, todo parece perfecto, excepto para los desconfiados, si es que no nos volvimos todos así ya.
Todo parece perfecto; hombre soltero, con la edad que nos gusta. No fuma para los que no les gusta alguien fumador, no es alcohólico para los que no gustan de tomar mucho licor. Trabaja arduamente, o está apunto de graduarse y tiene un futuro promisorio y envidiable. Y que no falte, lo tiene grande. Es 100% gay, sin duda alguna. Perfectos amigos, perfecta familia, casa perfecta. (Si es que llegamos a conocer las tres anteriores, que en la actualidad parece mucho pedir). No podemos creerlo, y algunos no sentimos un poco mal, como muy poca cosa para semejante “príncipe”, aún cuando en Latinoamérica no exista la Realeza, solo capitalistas en asenso, a veces mezquinos.

Dos semanas después, por poner un ejemplo, el que era fumador se convierte en una chimenea fastidiosa para los no fumadores, la imagen del papá alcohólico o el miedo de tener qué cuidar a un enfermo de cáncer de hígado se activa al ver al que no se tomaba una cerveza, tomarse un litro de aguardiente, y vomitarlo, por supuesto.
El que era estudiante a punto de graduarse, en realidad va en la mitad de la carrera, canceló semestre, y está desempleado, lo mantienen sus papás.
El “súper dotado” termina la fiesta antes de empezarla, o al menos cuando uno empieza apenas a emocionarse.
El soltero, termina siendo un casado, y con hijos. No era hecho 100% gay original, solo era una copia, un bisexual que además de no considerar su bisexualidad como algo legítimo, cree que por ser bisexual debe tener relaciones simultaneas en las que ninguna de las dos puede satisfacer como él quisiera del todo, porque mientras a una la usa para los eventos sociales, al otro lo usa para los eventos sexuales.

Nada era como pensábamos que era. Algunos duran engañados por el tiempo que el Hombre Espejismo tenga la habilidad de mantener la farsa. Duramos engañados por el tiempo en que pensamos que todo es color de rosa, debido a que cuando iniciamos algo después de tantos desengaños, seguimos pensando que el primero que aparece, es el que se quedará permanentemente. Y ya lo hemos comprobado; No resulta así. Y si resulta, es porque otro solo se está compadeciendo de nosotros, y nosotros dejamos que lo haga.

Los Hombres Espejismo abundan, no solo entre los gays, eso es claro, pero entre nosotros la situación es más peligrosa, porque ser gay no es cuestión de recetas, aunque sabemos que entre los gays se han dictado pautas de conducta en la que la repetición parece ser lo “normal” y “correcto”, más allá de una verdadera guía para no perdernos por el camino, a veces tan empedrado que muchos gays transitamos.

Desde el que dice una edad que no tiene para ser aceptado o tolerado, hasta el que establece relaciones simultáneas en ámbitos completamente separados de su realidad cotidiana, todos estos personajes son el malestar constante que ha saboteado a muchos de nosotros y nuestras relaciones.
Y sabemos que tal vez, en algún momento hemos aparentado algo, por muchas razones. Entonces, no puedo evitar preguntarme ¿por qué seguimos aparentado algo o alguien que no somos?
Para mí, tiene una relación directa con la idea de que por ser gays, debemos ser “perfectos”. Perfectos como esa sociedad heteronormativa que tanto cito, nos ha dicho. El ser diferentes, nos “obliga” a que debemos ser similares a otros, para que así nos entiendan, cuando en realidad, lo que hacemos es replicar los modelos trasnochados y tóxicos que no han funcionado ni siquiera en los heteros (el matrimonio religioso, por ejemplo).

Toda esta situación no es solo cuestión de apariencias. Sería un desperdicio de mis palabras reducir la situación a ese aspecto. De lo que hablo, es que muchos hemos sido engañados por mucho tiempo: Personalmente, y esto es algo que me cuesta mucho revelar, yo también he sido engañado por un Espejismo. No solo por parte de ese personaje, sino por mi mismo. Por creer algo respecto a él que no es, y que nunca fue, y que dejó de ser cuando nuestras vidas se separaron, si no es que siempre tuvimos esa distancia característica de dos personas que no se conocen en realidad. Es por ello que desconfío tanto en los títulos; “hombre hetero”, “gay”, “bisexual”, porque a veces no sabemos si el otro es como dice ser.

Una pregunta que me hago, dado que no tenemos un manual de “Cómo Ser Gay” es ¿Cómo reconocer a los Hombres Espejismo? y ¿Cómo evitarlos? Si con preguntas no se conoce a una persona, porque preguntar no significa recibir respuestas, y menos de alguien que no entiende que el ser claro con otro es ahorrarse miles de dramas, problemas y desengaños.
Podría decir que uno es capaz de reconocer a una farsa, cuando la experiencia que uno ha tenido al tratar con otros hombres en distintos ámbitos de la vida, lo provee de la intuición para develar verdades a medias, o mentiras completas. Es como cuando uno aprende a reconocer billetes falsos; se logra palpándolos.

Lo gracioso del caso, es que, como decía una querida amiga: uno nunca termina de conocer del todo a alguien. Y menos se logra, cuando no sabemos quienes somos nosotros mismos, si no entendemos nuestra homosexualidad, ni entendemos las dinámicas de nuestras relaciones homosexuales.

DE LA DIFERENCIA A LA INDIFERENCIA

Hace un buen tiempo quería hablarles de este tema, pensando en todos aquellos seres maravillosos que me han inspirado a hacerlo; los gay de closet.

Y no lo había hecho, porque muchos gay de closet son muy sensibles y pareciera que si uno dijera algo que no les gusta, ellos salen huyendo de vuelta a su closet, pero mi intención como hermano de cualquiera que sea gay (con algunas excepciones) no es lastimar, ni hacer sentir mal a ninguno de mis congéneres, ni mucho menos obligar a alguien a pensar como no puede o no quiere.

Y siendo conciente de un público tan crítico, quiero hacer el abordaje de un tema que todo gay ha manejado alguna vez en su vida: ¿Lo digo o no lo digo? ¿Para qué? ¿A quien le importa? ¿Qué efectos o implicaciones tiene en mí y en los demás? ¿Acaso cambia algo el hecho de decirlo?

Casi todos los gay se han quedado enfrascados alguna vez en la discusión respecto a lo oral en el hecho de ser gay. ¡Y después nos quejamos porque los psicólogos y psiquiatras hacen teorías de nosotros de una forma tan descontextualizada!
Pero el hecho es que nos quedamos varados ahí. Creemos que nuestra validación pública como gay se da cuando decimos (a los que queremos decirlo) lo que somos, o creemos que tenemos la validación de nuestra privacidad cuando no lo decimos a nadie, incluso cuando lo negamos dentro de nosotros mismos, en muchas ocasiones.

Pero decirlo, o no decirlo, se queda en los planos de lo oral. No va más allá. ¿Qué tal si fuéramos al plano de la acción que reside en el ser, sencillamente, en el sentir cotidianamente?

Entonces me preguntaba ¿Por qué en el contexto Latinoamericano y en cualquier contexto, los heterosexuales cuando se presentan no dicen “Hola soy Sergio, soy heterosexual, mucho gusto” mientras que los gay, si tenemos qué hacerlo en algún momento tarde o temprano de nuestra vida?
Y me di cuenta de algo; Que en la actualidad, decirlo, y serlo, abiertamente (particularmente), normalizadamente, es algo NECESARIO. ¿Y donde es Necesario?; En nuestro contexto Latinoamericano, especialmente.

Una autora, que dice algo interesante para este caso, es Florence Thomas y su consigna del Derecho a la Indiferencia: “En Colombia apenas se está buscando el derecho a la diferencia. En los países europeos la consigna es el derecho a la indiferencia, es decir que homosexuales y heterosexuales bailen juntos y no obligar a los primeros a vivir en guetos.”
Cuando ella habla de la indiferencia, no habla de un paso automático, o “mágico” del mundo en el que si tú eres de tal o cual forma, a nadie le importe y tú puedas vivir en paz porque nadie te fastidia la vida diciéndote nada respecto a lo que eres como ser humano.
No. Cuando se habla de la indiferencia en algunas sociedades (en este caso Florence anota a la sociedad europea) es porque estas han transcurrido en un acontecer histórico en el que sus mismos actores han hecho algo por llegar a esa etapa, después de haber construido entre ellos/ellas un sistema que les permitiera garantizar sus diferencias, y sin embargo, poder vivir indiferentemente.
Pero volviendo a nuestra realidad (y quedándonos en ella, sin escapar) Nosotros tenemos un camino que no hemos recorrido del todo para que algunos con la más grande apatía, se oculten del mundo, llegando, prácticamente a un proceso de exclusión, muy común en nuestro contexto, ya que si no es el mismo sistema el que te excluye como gay, son los heterosexuales, o son los mismos gay.

He llegado a una afirmación, que personalmente ya superé, pero que el sistema en general en el que vivimos, y muchos de los gay necesitan oír, porque no han llegado hasta allá. Y es que, SOLO PASANDO POR LA DIFERENCIA PODREMOS LLEGAR A LA INDIFERENCIA. Solo cuando entendamos lo que somos como ciudadanos, solo cuando no dejemos que otros impongan sus formas de vida, sus paradigmas mentales y sus reglas sociales respecto a lo bueno lo malo, lo “natural” o “antinatural”, lo “normal” y lo “anormal”, cuando nos demos cuenta que estamos existiendo también y somos parte de un todo, sabremos que, tanto haciendo u omitiendo lo que tenemos qué hacer para evolucionar como sociedad, contribuimos a que sigamos siendo algo indiferente, pero no en el sentido despreocupado del termino, sino en el sentido más excluyente, sentido el cual la sociedad LGBT de Latinoamérica ha tenido qué soportar hasta ahora.

Solo entonces, cuando empecemos a diferenciarnos en conjunto, ya sea pronunciándonos, o simplemente siendo, viviendo y sintiendo abiertamente, llegará un momento, en nuestra realidad, en que podamos recostarnos y descansar, y decir que no es necesario ser tan “evidentes”, porque ya habremos ganado el verdadero posicionamiento social. Y no me refiero solo al del gay que logra ser dueño de una empresa o del gay que llega a ser presidente de un país, sino un posicionamiento social, general, de todos y todas los gay, que como actores en un tiempo determinado, logremos garantizar una vida indiferente, sino que además, dejemos de aplazar el peso social de las generaciones de gay venideras, que lo que muchas veces están haciendo, es trivializar algo tan importante como lo es la orientación sexual.

HOMOSEXUALIDAD PRIVATIZADA

Hace un tiempo atrás, los gay no podíamos pensar en afiliar a nuestra pareja al régimen de salud. Hace un tiempo atrás, los gay no podíamos pensar en tener derechos patrimoniales en pareja. Hace tiempo atrás, los gay no podíamos pensar en unirnos en matrimonio.

En el tiempo de ahora, en el que lo anterior ya es posible, no puedo evitar preguntarme, ¿con eso ya nos podemos sentir libres e iguales?
¿Qué diría un gay nacido en los años cuarenta si pudiera apreciar completamente el estado actual de los derechos que tienes las personas gay? ¿Estaría impresionado?, ¿le parecería un milagro?, ¿se sentiría más orgulloso de ser gay? Yo creo que si.

¿Qué es lo que realmente sentimos respecto al estado actual de los derechos que tenemos (algunos dirían “gozamos”)? ¿Son suficientes? ¿Los sentimos realmente nuestros? ¿Nos hemos apropiado plenamente de ellos? ¿Nos sentimos sujetos de derechos? ¿Sabemos si quiera cuales son nuestros derechos como ciudadanos gays?

Esos han sido cuestionamientos que he tenido durante al menos tres años, debido a que he podido observar que muchos gays aún nos restringimos en muchos sentidos, aún a pesar de los avances de la ley, y de los mismos avances culturales e históricos.
Aún tememos ante la idea de perder nuestro trabajo por ser gay. Aún en el ámbito militar o policial aunque no penalizan o se usa como causal de expulsión el hecho de ser gay, se maneja una cultura de presión para que los gay no sientan, piensen o actúen en libertad, y no me refiero solo al poder tener relaciones sexuales con otros hombres, porque de hecho eso ya sucede. Me refiero a la expresión libre y tranquila de la orientación sexual como identidad que está compuesta por muchos aspectos que van mucho más allá de lo que sucede en la intimidad de cada persona.

En el mundo hay millones de gays, y estamos ubicados en todos los lugares. El gay pobre, el gay con dinero de sobra, el gay de ciudad, el gay de pueblo, el gay adulto, el gay joven, el gay estudiante, el gay profesional, y todas las combinaciones que se les ocurran.
Si es así, ¿por qué nos hemos dejado ganar de los heterosexuales cuando intentan hacernos quedar atrás, cuando nos quieren humillar o hacer sentir que somos menos que ellos, cuando quieren todo el mundo para ellos?, ¿por qué nos vemos opacados por la sombra de la imagen heterosexual que se proyecta por encima de nosotros?.

Si al igual que los heteros, los gay estamos presentes en el mundo, ¿por qué lo que muchos llaman “la sociedad ignorante-machista” pareciera que siguiera permanentemente erigida, obstaculizando el camino de las personas que son distintas a la norma sexo-género? ¿Será que tal vez nuestra homosexualidad se está quedando privatizada? ¿El mundo del gay solo existe en la cama y en el bar gay? ¿Los gay no votan, no pagan impuestos al estado, no son útiles al sistema económico?

En la vida de pareja, ¿por qué no tenemos la misma tranquilidad que si tienen los heterosexuales de agarrar la mano, de dar un beso a su pareja? ¿Ni siquiera la excusa del amor es suficiente para hacer lo que se siente hacer?
Muchos dicen que si estuvieran en Europa serían felices ya que podrían Ser sin tapujos, sin pensar en el qué dirán. Pero eso me suena como la vieja historia de la colonización, en la que cuando éramos de tradiciones indígenas que se perdieron y que no volverán, llegaron unos desconocidos a “regalarnos” todo un sistema de creencias, modos de ser etc. Si muchos de los productos que consumimos diariamente en Latinoamérica son importados, ¿también estamos esperando a que nos importen la solución social de la homofobia, o la solución a la discriminación cotidiana?
Como sucede en la moda, si en Europa algo se vuelve tendencia, y en este continente continúa y se desgasta la tendencia ¿tiene qué pasar lo mismo con nuestra forma de sentir? No creo.

Para los que aún se preguntan por qué la sociedad es como es con nosotros, por qué somos muchas veces sinónimo de payaso de carnaval, por qué a un bar le llamamos “refugio”, por qué no damos todo el afecto que quisiéramos dar a nuestra pareja en público cuando otros si pueden, por qué seguimos siendo vistos como un error de corta permanencia, es porque Nosotros mismos, desde nuestro actuar individual o conjunto nos hemos dejado minimizar y mal entender, es porque desde cada uno de nosotros, seguimos creyendo que ser gay es gritarlo a los cuatro vientos, en vez de pensar que es simplemente Ser, solo Ser. ¿O acaso han visto a algún hetero que al presentarse antes ustedes les diga: Yo soy Pepito Pérez y soy heterosexual?

El mundo y la sociedad machista de la que muchos se lamentan y temen, es así porque nuestra contraparte ha sido muy débil, porque el hecho de ser gay lo sentimos tan afuera de nosotros, que no sabemos en qué pensar cuando queremos hablar de cosas comunes que se salen del consumismo y la actividad sexual, porque nos tiembla la voz o porque caminamos con la cabeza agachada a no ser que sea para mirar a un tipo que sea atractivo.
El mundo de los seres humanos es mucho más amplio de lo que los gays hemos llegado a experimentar, pero si creemos que la “discreción” es mejor que la libre acción como ser humano, el mundo nunca se enterará quienes somos realmente como Orientación Sexual Diferente.

Seguramente pensarán que si uno dice esas cosas es porque uno es desempleado, no estudia, no tiene familia ni amigos, por lo que el hablar y hablar de uno mismo es tan fácil, que uno se convierte en la ufanía gay, insoportable para los que no lo pueden ser. Algunos dirían que esta loca afortunadísima no sabe de los pesares del mundo y lo arduo que es vivir entre una manada de heteros entre bromas simplonas y fiestitas hetero-exclusivistas que hacen los del lugar de trabajo.
Tal vez no he vivido muchas cosas de frente, y tal vez no he explorado muchos lugares de la vida cotidiana de las personas, pero los lugares que he recorrido, la gente que he tenido que enfrentar, la gente con la que he podido dialogar y de la que he podido aprender, me han llevado a pensar que queda mucho por hacer, pero que también hay mucho por aprovechar de la vida de ahora. Y con eso no me refiero a que la buena noticia es que podemos tener todo el sexo que queramos, porque eso ya lo tenemos, sino que me refiero a que, sin intenciones hegemónicas, podemos pensar, sentir y actuar de forma pública y no privatizada, porque como hombres vinimos a este mundo a vivir el mundo completamente, sin que ningún heterosexual egoísta nos diga como debemos o no debemos sentir.
Pero al final, la gran parte de nuestra propia evolución, dependerá solo de nosotros mismos, de nuestro pequeño/gran esfuerzo.