Una noche, cerca a la fecha en que se celebra el día del orgullo LGBT, algunas personas nos encontrábamos en lo que los curas católicos llamarían un Aquelarre de mujeres donde solo se habla de abortar y de cómo ser independientes dentro del sistema patriarcal en el que viven.
Pero aquella noche no solo habían mujeres, también habían hombres. Seguramente muchos gays, muchas lesbianas, muchos bisexuales… Y algunos heterosexuales. Y esto solo lo afirmo por lo que me decía mi radar LGBT, que entre más uno crece, más preciso el radar funciona.
Y no eran los únicos. Mientras analizábamos unas fotografías con los lentes de género, jugando al papel de psicólogo o de simples espectadores clasificando las fotos entre los masculino, lo femenino, o en el punto medio (¿o mezclado?), algunos dirigimos la mirada hacia una persona que llegó al salón donde estábamos hablando animadamente de los géneros.
Esta persona entró un poco apenada por haber llegado tarde a la sesión, sin embargo llevaba un caminar seguro con el que logró hacerse a un lugar cercano a los expositores de las fotografías. Yo le seguí con la mirada, aunque en el salón a media luz difícilmente podía adivinar todos sus rasgos.
Lo primero que noté fue su figura alta de más de 1.80 metros de estatura y un cuerpo delgado como el de cualquier modelo de pasarela profesional.
No pude notar más, hasta el momento siguiente en el que se sentó, cruzando sus piernas delicadamente, revelando lo que me parecieron unas zapatillas gladiadoras de tacón alto.
El ver eso fue suficiente para abstraerme totalmente del recinto y centrar toda mi atención en ese ser tan llamativo y sin embargo tan bien arreglado en conjunto.
Advertí su jean de color azul petróleo, ceñido a su cuerpo, delineando piernas sin final. Seguramente lo encontró en la sección de mujeres de alguna tienda, me dije. Lo mismo sus gladiadoras. Me preguntaba cómo las habría conseguido.
Me sorprendió más cuando al encender la luz del recinto, vi que esta persona tenía una barba de al menos una semana, la tenía impecablemente delineada. Y su rostro, me daba reminiscencias a cualquier hombre árabe de gran atractivo. Su cabello, peinado hacia atrás al estilo “Old Hollywood” le confería una apariencia pulida espectacular, enérgica.
Estuve impulsado a hablarle. Pero no ahora, porque estaba dirigiéndose a las personas, hablando de gente que se reconocía a si misma como “seres sin género”. Nombró a Phillipe Blond, diseñador famoso por sus corsés de púas y diamantes, su cuerpo andrógino que un día le permite ser una bella mujer rubia y otro día se convierte en un chico que no parece mayor a alguien de veinte años. También mencionó a Andre Johnson, celebridad Neoyorkina por haber sido la primera persona negra, vestida de mujer y con barba que apareció en la portada de una edición de Vogue.
Víctor Blanco, el llamado “It Boy” español, reconocido por usar ropa de hombre combinada con costosas zapatillas de diseñador.
Y por último, recordaba a Brigitte Luis Guillermo Baptiste, de Colombia, un ser único por su mezcla entre voz grave y cortos vestidos de seda, su reconocida trayectoria académica y científica, además de su familia con la cual convive como cualquier otra persona en este país.
Mientras le escuchaba, más impresionado me sentía por su transgresión a las normas tradicionales del género y su estilo tan agradable para controvertirlas con unos simples cambios en su apariencia,
Cuando terminó la discusión me acerqué prudentemente a hablarle, pero estaba rodeado por algunas personas que lo entretenían con cumplidos por su apariencia y sus ideas.
Decidí no esperar más y empezamos a hablar casualmente.
Me decía que estaba vestido así como forma de protesta contra las normas de los géneros. Y como protesta porque en la ciudad no hubo marcha del orgullo como en otras ciudades debido a que particulares del mundo de la “política” habían logrado obstaculizar este importante evento para la comunidad.
Estando en un bar de la ciudad y con su aspecto intacto, me contaba lo divertido e indiferente que había sido la experiencia de comprar los tacones y el jean “para mujer”. Y mientras yo tomaba una cerveza y él un té helado, me decía que no todo había sido alegre.
En su monologo se preguntaba cómo era posible que su madre, quien le conocía toda su vida, sus preferencias en todos los sentidos y su personalidad controversial se hubiera puesto tan incómoda por haberle visto usar tacones y haberle exigido que se los quitara, como si el hecho de que un hombre con tacones fuera algún invento del demonio en contra de la “decencia” de la gente “normal”.
Sentí un poco de lastima, por ver que mientras desconocidos lo reconocían, respetaban y admiraban, su propia madre con su actitud discriminatoria y represiva le había exigido quitarse esos “insultantes” tacones.
Entonces no pude evitar preguntarme ¿Cómo se siente ser capaz de transgredir normas respecto a lo “normal” y lo aceptado entre hombres y mujeres?
Para los que lo hacen, imagino que se siente bien. Aún con el precio social que pagan, como por ejemplo que tu mamá les desapruebe. Se siente bien porque aunque denominamos “transgresión” a esos cambios en los seres, en realidad son expresiones personales de “Ser Uno Mismo”. El efecto transgresor lo sienten los “normales” que juzgan desde afuera. Se sienten mal porque su orden que denominan “natural” se ve amenazado por bichos raros. Sin reconocer que muchas construcciones culturales no tienen nada qué ver con lo “natural”.
Y yo, que nunca he sido muy fanático de ese tipo de “ordenes”, le dije que me parecía un ser muy valiente, un ser que no necesitaba de mi lastima ni la de nadie, sino la aceptación de que hoy una persona puede ser de una manera y mañana de otra. Y el mundo no se va a acabar por eso.
Esa idea me generó un poco de intranquilidad. Si yo me considero gay ¿Debo ahora decir que no lo soy? ¿Debo decir que soy una persona que puede transitar por los géneros?
No necesariamente. Esa es la ventaja de tener opciones entre una variada gama de formas de vida, sensibilidades, formas de pensar, actuar y hasta vestirse.
Por ello, existe gente que se autodenomina: Gay, Lesbiana, y Bisexual. Pero también hay gente que se denomina Travesti, Transformista, Transgenerista, aunque muchas personas siguen viendo a estos últimos como deformaciones humanas, aún entre las mismas personas de la “Comunidad” LGBT. Y por ello, es que estas personas también son una opción existente. Opción que en la actualidad es el conejillo de indias de la crítica “científica” heteronormativa.
Un día sin marcha del orgullo en mi ciudad y un día sin género. Tal vez era momento de llegar a ese punto. De llegar a darnos cuenta que muchos de los que critican a quienes salen a marchar en esos eventos en Colombia, son los que realmente nos hacen quedar en ridículo.
Y es que estamos quedando en ridículo por omisión. Por no salir a mostrar la otra cara de lo que tanto y tan duramente criticamos. Y por eso, porque los “Machos-Serios-Cero Plumas” no salen en Colombia a decir que también hay otras versiones de la historia.
Pero al no salir, estoy muy seguro de que las marchas de la London Gay Parade o de la New York Gay Parade, eventos multitudinarios que en Colombia queremos llegar a ver algún día, se van a demorar varias décadas. No porque no haya gente, sino porque la gente que hay está muy ocupada en sus vidas individuales. En su estudio, en sus casas, en sus conflictos internos, en sus trabajos, con sus parejas o compañeros sexuales que buscan en el privado, mientras despotrican insultando a parte de su “comunidad” en lo público.
Y con ello, dándole cada vez menos sentido a la expresión “Comunidad LGBT”. Porque hasta ahora somos cualquier cosa, excepto una comunidad.