miércoles, 16 de noviembre de 2011

LA COMPETENCIA CON EL EX.


Cuando terminamos una relación, cuando terminamos mal una relación, quise decir, pronunciamos cosas muy crueles como “nunca encontrarás a alguien como yo”, “muérete maldito”, “te quedarás solo por el resto de tu vida”, “te odio, no te quiero volver a ver nunca más”, pero cuando pronunciamos esas palabras, no siempre salen como lo habíamos pensado. A veces, uno es el que termina; solo, muriéndose, de odio.  

Terminamos nuestras relaciones, y con ellas cambiamos, de amigos, cambiamos de lugar de residencia, cambiamos de estilo, de ideas, cambiamos nuestros sentimientos, y hasta cambiamos nuestros gustos por los hombres, ya sea que mejoremos o empeoremos. Y el otro hace lo mismo, el otro cambia, a veces demasiado, y si nos enteramos, sentimos como si una competencia interna hubiera comenzado.


En condiciones normales, un ex puede casarse mientras nosotros seguimos solos y buscando, o compró carro y nosotros seguimos andando en bus, o peor, a pié. Que antes era gordo, bajó de peso y sacó músculos, o que se fue del pueblo a vivir en la gran ciudad. ¿Pero qué pasa cuando por cosas de la vida alguna vez tuvimos ese ex con vena artística que termina siendo bastante popular? Si nosotros nunca pertenecimos al mundo del arte, que no pintamos, no cantamos ni en la ducha, que nuestro grupo de amigos se cuenta con los dedos de la mano, sobran dedos y ni siquiera salen con uno cuando los llamamos, ¿cómo superamos al ex?


Confieso que a veces he tenido alucinaciones en las que me encuentro a mi ex, a mis 40, él tendría…45, pero mientras yo llego en un carro negro (el color del carro es flexible) de vidrios polarizados, y lo veo en un parque, él está gordo y cansado con tres niñitos fastidiosos que se la pasan gritándole, mientras tanto salgo de mi carro, vestido espectacular…lo miro y le digo “D.B...vaya sorpresa, iba pasando por acá y te vi…estás irreconocible (con tono chillón sarcástico-hipócrita)…Hace como mil años que no nos vemos, espero que la vida te esté tratando muy bien, adiós” doy la vuelta y empiezo a caminar con una sonrisa confiada, de que, después de tantos años, fui yo quien gané “La guerra contra el ex”.
La realidad es otra, porque mientras en las películas que uno se arma en la cabeza, uno se encuentra con el ex en un bar o en un restaurante de alta categoría, y uno está radiante, vestido espectacularmente, en la realidad, uno se tropieza con el ex saliendo del trabajo y uno tiene cara de trajín, en el bus y a uno le toca irse parado, en la cafetería de cualquier lugar corriente y a uno le toca pedir lo más barato, o uno va solo por ahí, y el ex está con el nuevo, o en plan familiar, donde el par de niños resulta siendo adorable, y el fastidiado termina siendo uno.
Con las redes sociales es inevitable saber del ex, y más cuando de repente se vuelve famoso, y a veces solo se puede observar desde el otro lado y morir de envidia por no tener la misma suerte o no haber hecho lo mismo para llegar donde él está o más allá. Y en ocasiones no importa todo lo bueno que hayamos vivido, las experiencias nuevas, las citas exitosas, el buen sexo con otros amantes y los viajes con otros hombres con quienes pasamos momentos inolvidables, parece que la competencia con el ex es constante, y como el boxeo, un round lo gana él, otro yo, pero a fin de cuentas, la competencia está es solo en nuestra cabeza.
Lo que más me llama la atención, es que tanto el uno como el otro, hace después lo que nunca pudo o quiso hacer con su ex y lo hace con otros. No puedo negar que a veces pienso que me hubiera gustado hacer esto o aquello con él, por eso a veces me pregunto ¿alguna vez pensará lo mismo cuando se acuerda de mí?

domingo, 10 de julio de 2011

EL PERFECTO DESENGAÑO

Cuando terminamos una relación con alguien, muchas veces no sabemos por qué en realidad fue que terminamos. Creemos saberlo, porque elaboramos unos motivos y una razones por las cuales no queremos seguir al lado de alguien, pero probablemente esas no sean las razones para acabar con una relación. Es por eso, que en muchos de nosotros al terminar una relación, sigue presente la pregunta, la duda, la sospecha, de lo que pudo ser, de lo que tal vez era, de lo que realmente no sentimos certeza respecto al por qué terminamos una relación con otro. Y por eso, muchos seguimos anhelando a esos hombres con los que no pudimos tener una relación estable, seguimos sintiéndonos mal, o culpables por haber cerrado ese capítulo de nuestra vida.

¿Qué pasaría si tuviéramos la certeza de lo que sucedió?  y ¿Si pudiéramos ver con nuestros propios ojos, ser testigos directos de los hechos que nos dan la razón para terminar con alguien?

Hay comportamientos éticos y morales, como comportamientos antiéticos e inmorales. Pero hay momentos, en los que uno siente la necesidad de dejar de ser tan ético o tan moral, y más si se trata de buscar la certeza en una relación. Hay momentos en los que lastimosamente debemos llegar tan bajo, para darnos cuenta de muchas cosas que ignoramos, o que por un tiempo nos convencemos de ignorar.

Y sé, que siempre uno queda como el enfermo, el obsesivo, el celoso, el posesivo y controlador, cuando de destapar las mentiras que encubre otro hombre se trata. El otro, es solo una víctima de un espionaje bestial. Uno siempre es el malo de la película, por hacer lo que siente hacer para no verse luego engañado por otro hombre sin haberse podido enterar a tiempo.

No encuentro una explicación precisa o “científica” a la sensación de la duda al estar con alguien. No puedo explicar  por qué, a pesar de las miles de palabras que otro usa para convencerme de ser el único, sencillamente no creo, ni confío. Sencillamente, sucede. No creo ni confío en esa persona, y me he dado cuenta, que eso tiene siempre su razón de ser.

Creo que no necesito aclarar que una persona extremadamente celosa, que duda de todo y no confía en nada ni nadie es un ejemplo de un sentimiento llevado al extremo negativo, que no cumple con el objetivo de descubrir las mentiras de otro en una relación de pareja. Pero hay momentos en los que los sentimientos y aquella intuición se alían con la racionalidad, para hacer lo necesario sin llegar al extremo, de descubrir la farsa que resulta ser otro hombre.

Las parejas de hoy en día que usan frecuentemente las redes sociales y el Messenger como elemento vital en su relación. Han tomado la costumbre de intercambiar contraseñas para darle la “confianza” al otro, de que solo quieren a esa persona, y que no tienen nada ni nadie que ocultarles. 
Nunca estuve de acuerdo con eso, porque creía que era algo innecesario, especialmente porque eso crearía una constante violación a la privacidad y a la individualidad de la otra persona. Pero llega un momento, en que la ingenuidad es insoportable, especialmente cuando la duda emerge, cuando sentimos que hay alguien más, o tal vez, varios más.

Los métodos por los cuales nos hacemos a las contraseñas de las cuentas de correo y de las redes sociales que el otro usa, pueden ser muchos, todos, seguramente muy “bajos”, muy “enfermizos”, y aunque detesto aceptarlo, en ocasiones esos métodos son necesarios. 

Y para cada victimario, siempre hay un tipo de víctima, estos hombres, cuando se ven atrapados por el descubrimiento de algo turbio, pueden tomar distintas reacciones, asumir el papel que les han enseñado para librarse del otro, o intentar convencerlo de que está equivocado, y mantenerlo ahí, solo por el gusto de mantenerlo a su lado, sin que altere el mapa de múltiples relaciones que un hombre puede tener simultáneamente.

Está el hombre que al ser descubierto, se queda callado, sabe que no puede justificarse y lo admite, muy calmadamente (¿o descaradamente?). Está el otro, que al no saber cómo explicarse, lo único que sabe hacer es rogar por perdón, jurar y re jurar que nunca lo volverá a hacer, que hará lo necesario para enmendar su error. Ese tipo de hombre que parece que no supiera lo que hace, como si todo fuera un accidente, así como accidentalmente vuelve a cometer los mismos errores y no se le ocurre nada nuevo que volver a rogar por perdón. Está el que actúa con ira, como si el hecho de alguien haber logrado interrumpir su modus operandi, es una falta de respeto inadmisible, que el haber interrumpido su “privacidad” es algo imperdonable. 
Y está, el que para mí es el peor de todos, el cínico, el que sabe lo que hace y cuando lo descubren, su mejor actuación es pasar por indignado, es el que dice “¡No puedo creer cómo llegaste tan bajo!” cuando no se da cuenta que el que llegó tan bajo fue él, al tener a uno o más hombres de reemplazo, cuando decía que solo amaba a uno solo, a ti. Pero estos hombres, tienen amor de sobra, y mañas de sobra, estos son los que teniendo de 30 años para arriba han vivido mucho, se han acostumbrado a que todo se hace a su manera, y que no tienen la culpa de nada de lo que hacen, porque es algo “natural”.  

Al tener la certeza de los hechos por los cuales no sentíamos confianza, no creíamos en el otro, y presentíamos que habían otros hombres en su vida, tenemos algunas opciones para asumir un comportamiento respecto a lo que nos pasó. Podemos asumir nuestro papel legítimo de víctima, llorando, gritando, reclamando, incrédulos y con el corazón roto por semejantes descubrimientos, decir que odiamos a los hombres, que nunca volveremos a creer en ellos,  y que le haremos pagar al otro todo el daño que nos hizo.

Podemos también asumir un papel de total estoicismo, como que al darnos cuenta, al final nada importa, no expresamos nada, solamente guardamos todos nuestros sentimientos para otro momento, donde nadie nos vea, para luego sentirnos mal por todo, por nosotros mismos, por el otro, por lo que pasó y la crudeza de los hechos, sintiendo una rabia profunda pero jurando que no nos afectará, o al menos, que no dejaremos ver que nos afecta.

Pero hay otra forma de asumir los hechos de un desengaño, una actitud que solo quienes hemos sido engañados y desengañados en grandes o pequeñas situaciones logramos asumir. Tiene un toque de indiferencia, lo acepto, pero es porque ya no nos sorprende lo que el otro hizo, pero no porque nos deje de sorprender, debemos admitirlo y seguir como si nada pasara con el otro. 
Al haber logrado confrontarnos con la realidad, y poder decirle al otro con argumentos el porqué de esas “infundadas sospechas” del principio, ese “enfermizo y obsesivo sentimiento de celos” del principio, la única sensación que uno puede sentir es, no culpa, no remordimiento, que solo da la certeza de haber visto con nuestros propios ojos lo que sucedía, de saber que si tuvimos el carácter para decir “Terminamos”, fue porque las razones que el otro nos da, grandes o pequeñas, son suficientes para determinar que esa no era la persona indicada para nosotros.

Nos dirán muchas personas, que lo que hacemos para darnos cuenta de las cosas, no es el método correcto, ético o moral. 
Nos dirán también que es imposible que un hombre sea cien por ciento sincero con nosotros. 
Nos dirán, que hay qué comprender al otro, que al final de cuentas no es tan malo como parece; “pobrecito, entiéndelo, es una persona que siempre se siente sola y necesita de muchos “amigos” ”.

Pero puedo decir, que así como el otro no tiene una ética poli-amorosa clara, tampoco me pueden exigir que tenga un método ético que me permita encontrar la razón a mis sospechas, mis dudas y mi desconfianza. Sencillamente, en las relaciones amorosas, no existe tal método. 

Podrán surgir muchas críticas a la vida sentimental por parte de quienes les compartes tus experiencias, pero si lo que haces resulta desatándote, haciéndote sentir que es mejor estar solo o soltero que mal acompañado, y te sientes más tranquilo estando contigo mismo que conformándote con una monogamia ficticia e insatisfactoria, pues debemos creer lo que sentimos y hacer lo necesario para saber y conocer hasta tener tranquilidad en nuestra mente y nuestro corazón respecto a la persona con quien compartimos nuestra vida.

No quise sonar a un libro de auto ayuda, pero debido a lo que me sucedió recientemente, debí expresar lo que afirmo líneas arriba. Y que si alguien, cualquiera de los que lee mis artículos siente que debe terminar su relación con otro, es mejor que antes de seguir el impulso que siempre nos lleva a terminar por terminar, descubramos las razones que nos hacen pensar que el otro no es el indicado, así nos digan que por nadie parecer lo suficientemente bueno para nosotros, moriremos solos e infelices. Pero como siempre he dicho, si muero solo, o soltero, será por decisión propia, y por saber que ningún hombre pudo estar a la par con mi Ser, y porque en el tiempo que he conocido a los hombres, he aprendido a conservar y querer más a mi libertad e independencia, que a un amor temporal.

sábado, 4 de junio de 2011

SEXUALIDAD ENMASCARADA


Quienes realmente me conocen, saben mi posición frente a los gay que guardan las apariencias en su obsesión por la aprobación social de unos pocos. Mi crítica negativa a la idea del gay que se casa con una mujer y hasta tiene hijos con tal de ajustarse al rol de hombre que su sociedad le enseñó, pero que además sigue teniendo sexo con otros hombres,  es una crítica que me ha costado la desaprobación social de muchos de mis “congéneres”. Me di cuenta entonces, que no solo los hombres heterosexuales tienen un seguro cultural, sino que los hombres gay que pretenden jugar el papel de hombre heterosexual, también la cultura los protege, los defiende.

Como la cultura les defiende, vemos muchos gay, reprochando a quienes criticamos que un hombre no tenga los pantalones bien puestos para asumir lo que es, no solo privadamente, sino socialmente. Nos dicen que no es nuestro problema, que no sabemos por lo que pudo haber pasado ese hombre, que su familia no es tan “liberal” como la nuestra, que antes eran otros tiempos, o nos dan la típica razón prejuiciosa que la han querido convertido en una razón “lógica”: “Es que vivimos en una sociedad machista”.  
Si bien he perdido poco a poco mi interés por lo que hacen o dejan de hacer los gay de closet que son casados, porque meterse con ellos significa tocar la tan sensible maquinaria machista que los sostiene no solo a ellos sino a la idea del hombre que “debería ser”, es inevitable encontrar entre las falsificaciones del hombre heterosexual, unas muy malas imitaciones.

Comienzo diciendo, como a muchos de los gay les gusta decir que por ser gay no quiere decir que tengamos qué comportarnos como mujeres, que ser gay de closet en versión imitada de un heterosexual  tampoco quiere decir que tengan qué imitar hasta lo que los mismos hombres heterosexuales están desechando de su comportamiento.

Ser hombre heterosexual ya no quiere decir que obligatoriamente le tenga qué gustar el futbol, o que le tenga qué gustar el vallenato y la cerveza Aguila. Tampoco quiere decir que un heterosexual cuando guste de una mujer tenga qué hablar de ella como un objeto sexual, o referirse a ella como un ser inferior. Y es eso último lo que más decepción me da, al ver gays de closet que tratan y hablan entre amigos de mujeres como cualquier hetero vulgar de los años 80’s y 90’s.

La mala imitación de la actitud chabacana de un hetero común y corriente no solo es decepcionante sino que me da mucha risa. En especial, porque un hetero falso nunca está muy a la par de los temas de conversación de un hetero original. Fallan en algo tan simple como saber cuál equipo de futbol juega contra cual, y la duda silenciosa cuando no saben responder si salir temprano del trabajo para ver el partido con los heteros de verdad, son simplemente detalles en los que cae un gay en su intento por imitar algo que no es, por más que lo ensaye demasiado.

Otro aspecto que es supremamente incómodo para un falso heterosexual, es buscar una explicación qué dar de los nexos entre él y un gay que frecuenta. La típica excusa de presentarlo como “el familiar” queda inconcreta cuando no se es capaz de definir si es el tío, el cuñado, el primo, o el medio hermano perdido que viajó desde la Patagonia hasta Colombia para reencontrarse con él por un fin de semana,  y que sus compañeros de trabajo probablemente jamás vuelven a ver, porque resulta que “el familiar” sintiéndose tan al margen,  casi siempre silente por el poco interés de unirse a los temas de conversación tan aburridores de los heteros, quiera realmente irse a la Patagonia para nunca tener que volver a ver al tipo por el que tomó la pésima decisión de conocer. Al menos los gay que no fingimos, aceptamos nuestros errores.

Y aunque frecuentemente terminemos reconociendo que es un error meternos aunque sea en la cama con un gay casado, no nos debemos culpar, aún si el sexo tampoco fue muy satisfactorio. Los conflictos éticos o morales, en este caso a quienes somos gays libres de ataduras sociales no nos deben molestar. A quienes debemos dejarle los remordimientos de conciencia es a los falsos heteros, de quienes, como dicen sus defensores, no tenemos ni idea de qué pasa en sus vidas, en sus trabajos con sus amigos los heteros reales, con sus mujeres adorno y con su sexualidad gay reprimida que liberan cuando tienen un fin de semana o más días lejos de tanta falacia.

sábado, 21 de mayo de 2011

EL MERCADO DE LOS SUGAR BOYS


Gays de la ciudad, prepárense. Porque ha nacido y crecido entre nosotros, una especie de gay, que ha puesto en vilo las relaciones entre hombres, esta nueva especie de gay, y quienes los motivan crecer, han alterado la forma en cómo entre gays establecemos nuestras relaciones. En otras palabras los intereses por los que antes decidíamos estar con alguien, pueden ya no ser válidos, pueden ya no ser…suficientes.

Lo más crítico del caso, es que esta especie, que en sus inicios se pensaba adscrita a los gay de cierto rango de edad, se ha expandido hacia otras edades. Ya no son de 18 a 25, ya son hasta de 45 los que se consideran Sugar Boys.

Tal vez se pregunten quienes son los Sugar Boys, pero no se confundan, no estoy hablando de lo que en Colombia llamamos Prepagos o que internacionalmente se conocen como Escorts. Este tipo de gay a pesar de su atractivo, le falta cierta inteligencia, que es más bien cierta sensibilidad para lograr obtener lo que quiere de un Sugar Daddy. Lo que sí tienen los Sugar Boys, que además no buscan sobrevivir, sino que para su edad, son chicos con comodidades materiales.

No hablo tampoco del Gay for Pay, o sea del hombre que tiene relaciones con otro hombre por dinero. El Sugar Boy, por su lado, no solo tiene sexo con hombres a cambio de dinero u otras cosas, primero, porque éste no siempre necesita acostarse con otro para obtener lo que quiere, y tampoco se relega al ámbito privado en la vida de otro hombre. Aunque generalmente estas relaciones tengan un alto grado de privacidad, el Sugar Boy se puede ver a la luz del día.

Considero que el Sugar Boy surgió de una completa insatisfacción por los hombres de su edad. Dejó de esperar por tener las cosas que quiere de alguien, y no solo las cosas, sino que se cansó de esperar por el típico ideal del hombre sincero, soltero, atractivo y 100% gay. Se cansó de que lo dejaran plantado en las citas, de las charlas superficiales y las encuestas a las que los gay nos sometemos para encontrar a alguien medianamente similar. Se cansó de dudar de su atractivo, porque los de su ciudad siempre lo miraban mal o nunca lo tomaban en serio, se cansó de la mirada altiva de los que tienen más, o de los que no teniendo nada pero creyendo que son el centro de atracción de pueblo, se ufanaban de ser más importantes e interesantes que él.

Entonces se cansó de no encajar, pero sabía que no se volvería como los otros para sentirse incluido. El Sugar Boy decidió poner su mirada en lo alto y en lo lejano, para volver mejor, sin tener que pasar por ninguno de los personajes detestables de su pequeña ciudad, que solo inventan chismes, que son tacaños, que son malos polvos, y que son poco memorables.

El Sugar Boy decidió usar su inteligencia y sensibilidad, así como la belleza que es exótica para los ojos de los foráneos, en su meta de ser y tener. Y con suerte, encontrar ese hombre, de unas décadas de diferencia, a quien pudiera amar.
Pero la vida del Sugar Boy no es sencilla. En especial, cuando tiene tanta competencia. Y no me refiero solamente a los filipinos, que en el mercado son los más desesperados por encontrar Sugar Daddies. También están los chinos y japoneses lampiños, que son el fetiche preferido de los australianos y británicos. Un Sugar Boy latino, con la competencia mencionada, debe enfrentarse también a tipos de hasta 45 años, que con casa, carro y salario muy plácidamente se ofrecen para ser consentidos por cualquier Sugar Daddy generoso con preferencias más maduras. Uno podría pensar que solo los jovensitos son los que buscan que los mantengan, pero al ver que hombres mayores muy cómodamente buscan ser los mantenidos, uno no puede evitar sentir desazón al ver que como creíamos que era el mundo, resulta ser todo lo contrario.

A pesar de la competencia, los Sugar Boys que son conscientes de lo que tienen, que son profesionales en parecer novatos, son capaces de hacer que de tierras lejanas, venga alguien a verles, sin tener que moverse de donde están, sin molestarse con papeleos para pasar unas semanas de placer. Son capaces de generar cierta lástima sin parecer necesitados o urgidos de nada, y obtener regalitos. Esos regalitos son su truco. La lista de deseos de un Sugar Boy, mientras sondea a su amante, va creciendo paulatinamente en complejidad, y el Sugar Daddy puede no darse cuenta, o lo ignora, porque sabe que lo que tiene no lo puede perder tan fácilmente. Esa premisa la tienen los dos tácitamente bien clara, por eso no hay lugar a actitudes emocionales impulsivas, o inmaduras, pero sí se ejerce un control emocional que asegura el mantenimiento de las condiciones con las cuales los dos se alimentan.

El Sugar Boy se diferencia de un prepago porque el primero no tiene miedo de ser visto en público. Principalmente, porque los lugares a los que asiste un Sugar Boy, no son los mismos a los que asiste un prepago. Podemos ver prepagos en bares de la ciudad con hombres mayores, nada atractivos y con un mal gusto epidémico que hace evidente la relación tan dispar y utilitaria, los delata la incomodidad, esa incomodidad que cualquiera detecta. 
Mientras tanto, el Sugar Boy no se incomoda, menos cuando está acompañado de un hombre maduro que gana suficiente dinero para costearse un hombre joven, dinero que también lo invierte en verse bien, en ir a un mejor lugar y hasta en una ciudad distinta. El prepago es un desahogo temporal, el Sugar Boy es una distracción placentera más duradera. El prepago lo es por necesidad, en cualquier momento. El Sugar Boy lo es por gusto, en sus tiempos libres.

A pesar de las diferencias, estos prototipos de gays develan una verdad un poco incómoda para la imagen hipócrita de gay perfecto que a veces queremos proyectar a los demás. Pero además es casi una cachetada a la forma tradicional como pensamos que dos hombres se deben unir. Ahora, después de una pelea no es suficiente el sexo de reconciliación, ahora un gay lo suficientemente despierto pedirá un regalo de reconciliación. Ahora las cartas y chocolates no son suficientes para conquistar, ahora es necesario una visita a una tienda de ropa, seguida por una cena en restaurante con menú extranjero.

Pero esperen, ¿Acaso esto solo lo hacen los Sugar Boys? Me da la impresión que no es así. Es por eso que en ciertas ocasiones no vemos la diferencia entre unos y otros, pero con intentar espantarlos diciendo “No busco mantener a nadie” o “busco un hombre independiente” no lograrán escaparse de una relación utilitaria, todo lo contrario, solo dejarán ver lo tacaño que pueden llegar a ser, no solo en lo material, sino muy seguramente en lo emocional.

Por eso, es en cierta forma admirable ver que ciertos Sugar Boys asumieron su papel en el círculo de vida homosexual. Dejaron atrás una ilusión de alguien que tal vez nunca llegará, dejaron de esperar a que crecieran y maduraran los hombres de su ciudad, dejaron de buscar lo abstracto o profundo en esos hombres simples que abundan por todos lados, pero han persistido en la búsqueda de lo que quieren en su presente y que seguramente colaborará en su futuro, por ello creo que los Sugar Boy se convertirán en una especie de cazadores locales e internacionales de hombres, y más de uno tendrá que evolucionar, si no quiere que su hombre lotería le sea arrebatado por uno de ellos.

viernes, 21 de enero de 2011

EL MATRIMONIO EN QUE NO CREO.


Para empezar quisiera aclarar que no estoy en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, o entre personas de orientaciones no heterosexuales. Considero que quienes aspiran a esta expresión de unión entre dos personas, deben tener el derecho de hacerlo, pero eso no quiere decir que por ser gay y apoye (aunque de lejos) la causa, no pueda criticarla, y que además no quiera o piense en casarme (no cazarme) con un hombre en el futuro, pero en la forma de matrimonio que quiero, no la que me dijeron que debe ser.

Hay algo en lo que no estoy de acuerdo, y es el hecho de imitar esta figura de unión entre dos personas, originaria de la sociedad heteronormativa. Especialmente, cuando estas parejas no cumplen con lo que es efectivamente el matrimonio; una unión entre dos y solo dos personas.
¿Creen que eso es algo nuevo para los gays? Absolutamente no. Hemos sido poliamorosos en la mayoría de relaciones que sostenemos en nuestras vidas, ¿Y ahora nos queremos meter en el costal de la monogamia? Eso es tan ilógico como pretender que Vishnu se ponga un chaleco con solo dos mangas.

Los heterosexuales tampoco son puramente monógamos cuando se casan, eso lo sabe todo el mundo, y todo el mundo ya se burla de la monogamia heterosexual especialmente cuando se trata del sexo monógamo, pero estos, más expertos en el matrimonio, han sabido mantener esta “institución” a lo largo de los años, bajo la falacia de que es única y exclusivamente entre dos personas. Pero no es así, y si que menos lo es entre las parejas gays, pero los heterosexuales “de mente abierta” nos siguen la corriente, mientras nosotros hacemos todo un espectáculo por el matrimonio entre dos personas…Ellos y ellas ya saben de qué se trata.

Sé de casos, que no vale la pena mencionar, en los cuales, dos hombres a pesar de estar casados, mantienen relaciones alternas, conservando solamente la “unión” legal y el lazo emocional que el tiempo y la costumbre puede dar a dos personas que se la pasan juntas.

Entonces no puedo evitar preguntarme ¿Por qué nos casamos, cuando no somos capaces de estar en pareja, y especialmente cuando ya hemos visto cómo los heterosexuales han fracasado en el mismo intento?
Sé que para aprender, no es únicamente necesario la experimentación, sino también es posible por medio de la observación y la experiencia de otras personas, lo que nos permite no solamente dejar de cometer los mismo errores, sino actuar de mejor manera, por lo que no entiendo por qué los gays insisten en casarse, si de antemano, con ejemplos de sobra, sabrán que el matrimonio entre dos personas es una empresa que en la mayoría de los casos, dejará más perdidas que ganancias.
Aún así, la gente sigue diciendo que “hay que tener fe”, que algunos matrimonios (heterosexuales) han fracasado, pero eso no quiere decir que todos vayan por el mismo camino, sin embargo, los datos no dicen que son solo algunos, sino que los divorcios son demasiados, y cada año van en aumento.


Pero, seguramente es por las ganancias que otorga el matrimonio, que a todos en algún momento de nuestra vida se nos ha metido la idea de casarnos.
Y no podemos culparnos. El matrimonio efectivamente provee algunas cosas fundamentales que como solteros no necesariamente podemos sostener con la misma facilidad: principalmente, al menos en el caso de dos gays con estabilidad económica, la unión de los bienes materiales incrementa la riqueza mutua. En la parte sexo afectiva, el matrimonio provee compañía durante el tiempo de convivencia continua, además de sexo permanente y garantizado, al menos a las parejas que no sufren de disfunciones sexuales, o de aburrimiento.

Pero qué pasa cuando eso no es suficiente, y buscamos algo más, o mejor, alguien más, ¿No estamos rompiendo la primera condición del matrimonio? ¿La monogamia sale volando por la ventana?

En la historia de la humanidad, la monogamia, no es tan antigua y única como la pinta la tradición judeo-cristiana. En el mundo han existido uniones diferentes, como la poligamia, en sus formas de poliginia y poliandria, la primera siendo el caso más predominante en las culturas de todo el mundo.

Por eso, no entiendo por qué, habiendo la posibilidad de diferentes uniones, los homosexuales decidieron luchar por la más simple e hipócrita; la monogamia.
Y lo digo en esas palabras, porque en una relación de dos hombres que se casan pero tienen amantes, en la mayoría de los casos es uno solo el que los tiene y es uno más que el otro quien motiva a una relación “abierta” pero con el mantenimiento de los intereses utilitaristas con los que se conformó la unión, sencillamente el matrimonio monógamo pierde sentido, porque la relación deja de ser de dos, y se convierte de tres, o de cuatro, y sin cláusulas de permanencia.

Los gays en su afán por ser normales, es decir, estar dentro de la norma, de lo común, creyeron que con el matrimonio lograban igualdad de derechos, libertad, triunfo sobre la homofobia, la discriminación y la ignorancia religiosa, pero en realidad han quedado encasillados en otra tradición, tradición que una vez más no confirma nada distinto a la forma de hacer de los heterosexuales. De hecho hay gays que ya piensan que el matrimonio es un deber en el camino a ser “felices” y “normales”. ¿Podemos soportar tanto cinismo? ¿Acaso empezarán a aparecer familias con hijos gays que los presionarán para que se casen y arreglarán matrimonios, como otrora, con los hijos heterosexuales?

Respeto el hecho de que las uniones entre dos personas del mismo sexo sean uniones de dos ciudadanos, no dos creyentes religiosos. Y lo siento, pero siempre me ha parecido que el gay-católico es una denominación que primero no va bien junta, porque es como cuando se ama al verdugo. Un verdugo histórico que muchos no queremos olvidar por la persecución de ayer y la hipocresía de hoy.
Pero no faltan, por supuesto, los gays católicos que anhelan casarse por la iglesia. Y bueno, en aras del respeto por la libertad de culto, no puedo hacer más que darles paso, pero repito, no voy a dejar de dar mi opinión del asunto.

No creo en el matrimonio que se mantiene a ultranza, y no creo en un matrimonio donde los intereses materiales son el principal motivante. Pero ese dilema de conciencia no me corresponde, le corresponde a quienes están casados, le corresponde a los “monógamos”. Aunque no me sorprende que los matrimonios gays que se forman con el paso del tiempo, hagan como los matrimonios heterosexuales más tradicionalmente “normales”; Que cuando todo va mal, y hay problemas lo mejor es guardar las apariencias.

Volviendo con el tema de otras uniones en la historia de la humanidad, algo similar pero a la vez muy diferente que explica la dinámica de las parejas casadas tanto heterosexuales como homosexuales, es el poliamor.

El poliamor es, palabras más palabras menos, una unión entre dos o más personas por medio de un vinculo afectivo sexual, sin necesidad de esas “ataduras” legales, que puede ser permanente o fugaz, pero que la mayoría de los casos es fugaz y relacionado directamente con el compartir momentos sexuales. No hay más garantías que las que ofrecen las emociones. Emociones que en los gays resultan altamente cambiantes.

Si existe el poliamor, ¿Para qué nos casamos? La respuesta parece obvia: Para mantener nuestros intereses materiales. Además, porque no nos gusta mucho la idea de tener algo y perder algo, por lo que se prefiere tener ambas cosas.

Un aspecto interesante de los matrimonios actuales que no son tan monógamos, es que siendo occidentales, imitan muy bien, excepto tal vez por la forma de vestir, a las uniones poligámicas musulmanas (que no se pueden confundir con las uniones poliamorosas), con algunas excepciones de países donde no es legalmente reconocida o socialmente aplicada. En estas uniones, generalmente poligínicas, el hombre casa una esposa, la divorcia, se casa con otra, la divorcia, se casa con otra y la divorcia, hasta casarse con una cuarta, sin divorciarse, y sin embargo, sin perder el vínculo con las demás esposas no solo emocional, sino material. Me pregunto si quienes se casan y además tienen amantes alternos verán alguna similitud con este tipo de unión.

Imagino a tantas parejas gays que en este momento están casadas en todo el mundo. Los imagino de todas las edades, tamaños y razas, y admito que el matrimonio es un fenómeno inevitable e imparable, pero no puedo dejar de ver sus vacíos, a pesar de pensar en que seguramente quienes decidieron dar ese paso, les ha costado bastante y que es gracias a la voluntades de quienes han luchado por lograr ese objetivo, y no fin, porque considero firmemente que nuestro fin último como homosexuales no puede ni debe ser el matrimonio y la adopción, pero insisto firmemente también en que si ha de hacerse así, ha de hacerse bien, es decir, cumpliendo el pacto como originalmente lo asumen quienes se casan, en pareja.
Pero no me llamen idealista, son los que se casan sin ser capaces de mantenerlo, los verdaderos idealistas.
  
El arco iris mareó a algunos más de la cuenta. En vez de hacerles ver con ojos nuevos el mundo diverso, tanto color los volvió daltónicos, sin la capacidad de diferenciar matices. Sin diferenciar que lo que buscan no es multicolor sino en realidad es blanco y negro, algo plano y nada creativo, al menos, para lo que como gays podríamos lograr en la sociedad.