domingo, 27 de noviembre de 2011

LO QUE HACEMOS POR LOS HOMBRES.


Recuerdo, que hace muchos años, cuando ni siquiera usaba la palabra gay ni mucho menos sabía lo que significaba, conocí a un niño al que llamaremos Lucas. Lo conocí como a cualquier otro niño, en la interacción más simple que uno puede tener, pero que cuando  uno crece tiende a olvidar.

Fue en su fiesta de cumpleaños, y desde que lo vi me llamó la atención. Simplemente quería hablarle, hacerme notar, y solo recuerdo que por un incidente en su fiesta logré hablarle, creo que fue porque él se había agarrado a pelear con otro niño. Y yo, obviamente, me puse del lado de Lucas. Desde ese momento, así de simple, nos hicimos amigos.

Empecé a ir a su casa muchas veces. Admiraba sus juguetes, el olor de su cuarto, el aroma de su ropa colgada en el closet. Había algo que me parecía increíblemente atractivo en él, además que si lo pienso ahora, era un niño muy lindo,  al que se le formaban hoyuelos en sus mejillas cuando sonreía. A veces pensaba que quería ser como él, tan perfecto y a la vez tan sencillo. Recuerdo también que cada noche salía al balcón del apartamento cuando oía la camioneta de su papá y siempre esperaba verlo bajarse. Mientras relato esto, me sorprende que no haya podido ponerle un nombre a lo que sentía en ese momento. Solo sé que quería ser como él, para agradarle más, aún cuando sentía que era un rival al mismo tiempo, alguien que necesitaba superar.

Nunca lo hice, porque antes tuve qué mudarme de casa, y no lo volví a ver. hasta que un día, en una peluquería donde hombres de más de cincuenta años con sus nombres en placas metálicas en cada espejo cortaban el pelo y la barba de quienes iban, al mejor estilo de las barberías antiguas, lo vi sentado en una de las sillas, y sentí mucha emoción, especialmente cuando sonrió al reconocerme. ¡No podía creer que él fuera a la misma peluquería que yo! Así que cuando el peluquero-barbero me preguntó qué quería, le dije; “quiero el mismo corte que él”, señalando a Lucas mientras se iba.

Hoy me he puesto a pensar en lo que desde mucho tiempo atrás, a veces sin darnos cuenta, hemos hecho por querer ser como esos hombres que son atraen, esos hombres que anhelamos pero que sentimos muy por fuera de nuestro alcance. Lo que como hombres hacemos para agradar a otro, sin importar el esfuerzo que hagamos, y aún muchas veces frustrándonos cuando vemos que nuestras acciones no dan el resultado que esperábamos.

Por los hombres, hemos esperado más de media hora en una cita, a veces horas, para terminar recibiendo una llamada de que el otro no puede ir. Y aun así, no nos negamos a una cita en el futuro con el mismo que nos dejó plantados. Por los hombres hemos usado nuestro dinero de los gastos diarios, solo por querer invitar a otro a una cena o unos tragos y poder disfrutar de su compañía un momento, para terminar escuchando historias de sus ex novios y de por qué no quiere tener una relación con nadie por ahora. 

Por los hombres hemos silenciado las opiniones de amigos, familiares, y todo aquel que se pronuncie en contra de nuestra idea de relación perfecta con ese no tan perfecto personaje, ese que nos despierta pasiones bajas y que obnubila con sus encantos cualquier intento de mirada objetiva hacia él, sus verdaderas intenciones y el tipo de relación a la que podemos aspirar estando con él.

Por los hombres hemos prestado dinero que nunca ha vuelto a nuestras manos, y como me pasó recientemente, por un hombre me puse de detective para desenmascarar a un gay de closet que lo rechazó, y solo por agradarle, accedí a sacar información y una imagen del otro para decirle; “mira es alguien feo, Y es un idiota por haberte rechazado”.

Por los hombres hemos pasado tiempo pensando, ¿a dónde debo invitarlo? ¿Le gustará? Y si no le gusta ¿no me volverá a hablar jamás? ¿Creerá que soy un pobretón que no le puedo dar lo que se merece? Por ellos hemos esperado horas por la llamada que nos prometieron, y hemos pasado horas frente a un computador esperando que se conecte para poder hablar.

No podía faltar la duda más típica de todas, cuando queremos agradar a alguien por medio de nuestra apariencia ¿Qué me pongo? ¿Y si no le gusta cómo me visto? ¿Le gustaré menos si me visto como no se lo esperaba? Creo que alguna vez conté, cuando en una de mis malas citas, fui rechazado por haberme vestido muy bien, solo porque en mi mente estaba el querer vestirme para que el otro se deleitara, y lo que terminó haciendo fue descalificar mi inútil esfuerzo, especialmente cuando él no había hecho ninguno. Y yo terminé llamando a mis amigos para que me rescataran de ese fiasco de cita.

Llegamos a un punto en el que nos criticamos muy fuertemente porque no resultamos como otro quería, terminamos pensando que no somos suficientemente atractivos porque el otro nos ignora, o que no somos suficientemente interesantes porque el otro no responde a nuestras historias de vida. Nos hemos preocupado tanto por gustar, que prácticamente nos arrastramos por otro, a veces sin saber por qué, sin siquiera  tener certeza de lo que estamos haciendo para que el otro se fije en nosotros. Es como si tuviéramos qué hacer malabares solo para lograr tener un poco de su atención, para que luego terminen fijándose en otro que es mucho mejor que nosotros tanto físicamente como económicamente o socialmente.

Todo esto lo digo desde la perspectiva de alguien que ha sentido que tiene qué salir a buscar, porque sabe que no es como otros a los que todo les cae del cielo. Sé que ustedes han vivido estas y muchas otras situaciones similares. Y a veces pienso que hemos sido entrenados a pensar en forma negativa de nosotros, por eso creemos y le damos más importancia a las opiniones negativas que otros tienen, y son estas las que delinean muchas veces nuestra forma de actuar hacia los demás. Actuamos para gustar, para impresionar, para agradar a otros, aún cuando nos sentimos como los peores actores de ficción.

Pienso en esos animales de circo a los que entrenan para tener miedo, para ser sumisos frente a sus domadores, y no puedo evitar sentir cierta similitud entre esos animales y muchos de nosotros. Si no sabemos lo que somos, especialmente en esos años adolescentes cuando nuestras relaciones con los hombres pasan de simples miraditas y delirios sentimentales, a verdaderas interacciones en todos los sentidos, cualquiera puede hacernos creer que no somos atractivos, que no somos interesantes, que no somos agradables y que siempre, siempre, será el otro quien defina mi posición en una relación, quien defina cómo debo ser ante él, cómo debo comportarme en público o con sus amigos para que no se disguste conmigo.

La situación se torna tan paranoicamente desgastante, que terminamos explotando, y sé que muchos hemos tenido esas sensaciones liberadoras cuando decidimos romper con tanta falacia, con tanta dependencia, y con tanto hermetismo por pretender ser frente a otro, quien no somos.

Llega un punto en el que nos preguntamos ¿Por qué somos tan idiotas? ¿Por qué hicimos todo por ellos con las mejores intenciones y terminamos en la nada? ¿Por qué llegamos a convertirnos en alguien tan irreconocible que no podemos enfrentar en un espejo?

Afortunadamente de esas experiencias tan incómodas y hasta vergonzosas, uno aprende, uno deja de ser adolescente y en algo cambia nuestra forma de actuar. Especialmente cuando empezamos a conocer personas que reconocen lo valioso que tenemos y que dan lo que otros nunca dieron por uno. El cambio de referentes y una visión más positiva de nosotros generan un cambio en la balanza de poder. Ya no es el otro quien dicta cómo debo ser para agradarle. Ahora soy yo quien elijo a quien agradar. Y ya no espero a que otro reaccione después de las mil cosas que he hecho por demostrar mi atracción hacia él. Ahora yo doy el primer paso y si nada sucede, lo mejor es seguir adelante, al menos quedo con la certeza de que hice el intento, di lo suficiente y sencillamente, el otro…no era para mí.



miércoles, 16 de noviembre de 2011

LA COMPETENCIA CON EL EX.


Cuando terminamos una relación, cuando terminamos mal una relación, quise decir, pronunciamos cosas muy crueles como “nunca encontrarás a alguien como yo”, “muérete maldito”, “te quedarás solo por el resto de tu vida”, “te odio, no te quiero volver a ver nunca más”, pero cuando pronunciamos esas palabras, no siempre salen como lo habíamos pensado. A veces, uno es el que termina; solo, muriéndose, de odio.  

Terminamos nuestras relaciones, y con ellas cambiamos, de amigos, cambiamos de lugar de residencia, cambiamos de estilo, de ideas, cambiamos nuestros sentimientos, y hasta cambiamos nuestros gustos por los hombres, ya sea que mejoremos o empeoremos. Y el otro hace lo mismo, el otro cambia, a veces demasiado, y si nos enteramos, sentimos como si una competencia interna hubiera comenzado.


En condiciones normales, un ex puede casarse mientras nosotros seguimos solos y buscando, o compró carro y nosotros seguimos andando en bus, o peor, a pié. Que antes era gordo, bajó de peso y sacó músculos, o que se fue del pueblo a vivir en la gran ciudad. ¿Pero qué pasa cuando por cosas de la vida alguna vez tuvimos ese ex con vena artística que termina siendo bastante popular? Si nosotros nunca pertenecimos al mundo del arte, que no pintamos, no cantamos ni en la ducha, que nuestro grupo de amigos se cuenta con los dedos de la mano, sobran dedos y ni siquiera salen con uno cuando los llamamos, ¿cómo superamos al ex?


Confieso que a veces he tenido alucinaciones en las que me encuentro a mi ex, a mis 40, él tendría…45, pero mientras yo llego en un carro negro (el color del carro es flexible) de vidrios polarizados, y lo veo en un parque, él está gordo y cansado con tres niñitos fastidiosos que se la pasan gritándole, mientras tanto salgo de mi carro, vestido espectacular…lo miro y le digo “D.B...vaya sorpresa, iba pasando por acá y te vi…estás irreconocible (con tono chillón sarcástico-hipócrita)…Hace como mil años que no nos vemos, espero que la vida te esté tratando muy bien, adiós” doy la vuelta y empiezo a caminar con una sonrisa confiada, de que, después de tantos años, fui yo quien gané “La guerra contra el ex”.
La realidad es otra, porque mientras en las películas que uno se arma en la cabeza, uno se encuentra con el ex en un bar o en un restaurante de alta categoría, y uno está radiante, vestido espectacularmente, en la realidad, uno se tropieza con el ex saliendo del trabajo y uno tiene cara de trajín, en el bus y a uno le toca irse parado, en la cafetería de cualquier lugar corriente y a uno le toca pedir lo más barato, o uno va solo por ahí, y el ex está con el nuevo, o en plan familiar, donde el par de niños resulta siendo adorable, y el fastidiado termina siendo uno.
Con las redes sociales es inevitable saber del ex, y más cuando de repente se vuelve famoso, y a veces solo se puede observar desde el otro lado y morir de envidia por no tener la misma suerte o no haber hecho lo mismo para llegar donde él está o más allá. Y en ocasiones no importa todo lo bueno que hayamos vivido, las experiencias nuevas, las citas exitosas, el buen sexo con otros amantes y los viajes con otros hombres con quienes pasamos momentos inolvidables, parece que la competencia con el ex es constante, y como el boxeo, un round lo gana él, otro yo, pero a fin de cuentas, la competencia está es solo en nuestra cabeza.
Lo que más me llama la atención, es que tanto el uno como el otro, hace después lo que nunca pudo o quiso hacer con su ex y lo hace con otros. No puedo negar que a veces pienso que me hubiera gustado hacer esto o aquello con él, por eso a veces me pregunto ¿alguna vez pensará lo mismo cuando se acuerda de mí?

domingo, 10 de julio de 2011

EL PERFECTO DESENGAÑO

Cuando terminamos una relación con alguien, muchas veces no sabemos por qué en realidad fue que terminamos. Creemos saberlo, porque elaboramos unos motivos y una razones por las cuales no queremos seguir al lado de alguien, pero probablemente esas no sean las razones para acabar con una relación. Es por eso, que en muchos de nosotros al terminar una relación, sigue presente la pregunta, la duda, la sospecha, de lo que pudo ser, de lo que tal vez era, de lo que realmente no sentimos certeza respecto al por qué terminamos una relación con otro. Y por eso, muchos seguimos anhelando a esos hombres con los que no pudimos tener una relación estable, seguimos sintiéndonos mal, o culpables por haber cerrado ese capítulo de nuestra vida.

¿Qué pasaría si tuviéramos la certeza de lo que sucedió?  y ¿Si pudiéramos ver con nuestros propios ojos, ser testigos directos de los hechos que nos dan la razón para terminar con alguien?

Hay comportamientos éticos y morales, como comportamientos antiéticos e inmorales. Pero hay momentos, en los que uno siente la necesidad de dejar de ser tan ético o tan moral, y más si se trata de buscar la certeza en una relación. Hay momentos en los que lastimosamente debemos llegar tan bajo, para darnos cuenta de muchas cosas que ignoramos, o que por un tiempo nos convencemos de ignorar.

Y sé, que siempre uno queda como el enfermo, el obsesivo, el celoso, el posesivo y controlador, cuando de destapar las mentiras que encubre otro hombre se trata. El otro, es solo una víctima de un espionaje bestial. Uno siempre es el malo de la película, por hacer lo que siente hacer para no verse luego engañado por otro hombre sin haberse podido enterar a tiempo.

No encuentro una explicación precisa o “científica” a la sensación de la duda al estar con alguien. No puedo explicar  por qué, a pesar de las miles de palabras que otro usa para convencerme de ser el único, sencillamente no creo, ni confío. Sencillamente, sucede. No creo ni confío en esa persona, y me he dado cuenta, que eso tiene siempre su razón de ser.

Creo que no necesito aclarar que una persona extremadamente celosa, que duda de todo y no confía en nada ni nadie es un ejemplo de un sentimiento llevado al extremo negativo, que no cumple con el objetivo de descubrir las mentiras de otro en una relación de pareja. Pero hay momentos en los que los sentimientos y aquella intuición se alían con la racionalidad, para hacer lo necesario sin llegar al extremo, de descubrir la farsa que resulta ser otro hombre.

Las parejas de hoy en día que usan frecuentemente las redes sociales y el Messenger como elemento vital en su relación. Han tomado la costumbre de intercambiar contraseñas para darle la “confianza” al otro, de que solo quieren a esa persona, y que no tienen nada ni nadie que ocultarles. 
Nunca estuve de acuerdo con eso, porque creía que era algo innecesario, especialmente porque eso crearía una constante violación a la privacidad y a la individualidad de la otra persona. Pero llega un momento, en que la ingenuidad es insoportable, especialmente cuando la duda emerge, cuando sentimos que hay alguien más, o tal vez, varios más.

Los métodos por los cuales nos hacemos a las contraseñas de las cuentas de correo y de las redes sociales que el otro usa, pueden ser muchos, todos, seguramente muy “bajos”, muy “enfermizos”, y aunque detesto aceptarlo, en ocasiones esos métodos son necesarios. 

Y para cada victimario, siempre hay un tipo de víctima, estos hombres, cuando se ven atrapados por el descubrimiento de algo turbio, pueden tomar distintas reacciones, asumir el papel que les han enseñado para librarse del otro, o intentar convencerlo de que está equivocado, y mantenerlo ahí, solo por el gusto de mantenerlo a su lado, sin que altere el mapa de múltiples relaciones que un hombre puede tener simultáneamente.

Está el hombre que al ser descubierto, se queda callado, sabe que no puede justificarse y lo admite, muy calmadamente (¿o descaradamente?). Está el otro, que al no saber cómo explicarse, lo único que sabe hacer es rogar por perdón, jurar y re jurar que nunca lo volverá a hacer, que hará lo necesario para enmendar su error. Ese tipo de hombre que parece que no supiera lo que hace, como si todo fuera un accidente, así como accidentalmente vuelve a cometer los mismos errores y no se le ocurre nada nuevo que volver a rogar por perdón. Está el que actúa con ira, como si el hecho de alguien haber logrado interrumpir su modus operandi, es una falta de respeto inadmisible, que el haber interrumpido su “privacidad” es algo imperdonable. 
Y está, el que para mí es el peor de todos, el cínico, el que sabe lo que hace y cuando lo descubren, su mejor actuación es pasar por indignado, es el que dice “¡No puedo creer cómo llegaste tan bajo!” cuando no se da cuenta que el que llegó tan bajo fue él, al tener a uno o más hombres de reemplazo, cuando decía que solo amaba a uno solo, a ti. Pero estos hombres, tienen amor de sobra, y mañas de sobra, estos son los que teniendo de 30 años para arriba han vivido mucho, se han acostumbrado a que todo se hace a su manera, y que no tienen la culpa de nada de lo que hacen, porque es algo “natural”.  

Al tener la certeza de los hechos por los cuales no sentíamos confianza, no creíamos en el otro, y presentíamos que habían otros hombres en su vida, tenemos algunas opciones para asumir un comportamiento respecto a lo que nos pasó. Podemos asumir nuestro papel legítimo de víctima, llorando, gritando, reclamando, incrédulos y con el corazón roto por semejantes descubrimientos, decir que odiamos a los hombres, que nunca volveremos a creer en ellos,  y que le haremos pagar al otro todo el daño que nos hizo.

Podemos también asumir un papel de total estoicismo, como que al darnos cuenta, al final nada importa, no expresamos nada, solamente guardamos todos nuestros sentimientos para otro momento, donde nadie nos vea, para luego sentirnos mal por todo, por nosotros mismos, por el otro, por lo que pasó y la crudeza de los hechos, sintiendo una rabia profunda pero jurando que no nos afectará, o al menos, que no dejaremos ver que nos afecta.

Pero hay otra forma de asumir los hechos de un desengaño, una actitud que solo quienes hemos sido engañados y desengañados en grandes o pequeñas situaciones logramos asumir. Tiene un toque de indiferencia, lo acepto, pero es porque ya no nos sorprende lo que el otro hizo, pero no porque nos deje de sorprender, debemos admitirlo y seguir como si nada pasara con el otro. 
Al haber logrado confrontarnos con la realidad, y poder decirle al otro con argumentos el porqué de esas “infundadas sospechas” del principio, ese “enfermizo y obsesivo sentimiento de celos” del principio, la única sensación que uno puede sentir es, no culpa, no remordimiento, que solo da la certeza de haber visto con nuestros propios ojos lo que sucedía, de saber que si tuvimos el carácter para decir “Terminamos”, fue porque las razones que el otro nos da, grandes o pequeñas, son suficientes para determinar que esa no era la persona indicada para nosotros.

Nos dirán muchas personas, que lo que hacemos para darnos cuenta de las cosas, no es el método correcto, ético o moral. 
Nos dirán también que es imposible que un hombre sea cien por ciento sincero con nosotros. 
Nos dirán, que hay qué comprender al otro, que al final de cuentas no es tan malo como parece; “pobrecito, entiéndelo, es una persona que siempre se siente sola y necesita de muchos “amigos” ”.

Pero puedo decir, que así como el otro no tiene una ética poli-amorosa clara, tampoco me pueden exigir que tenga un método ético que me permita encontrar la razón a mis sospechas, mis dudas y mi desconfianza. Sencillamente, en las relaciones amorosas, no existe tal método. 

Podrán surgir muchas críticas a la vida sentimental por parte de quienes les compartes tus experiencias, pero si lo que haces resulta desatándote, haciéndote sentir que es mejor estar solo o soltero que mal acompañado, y te sientes más tranquilo estando contigo mismo que conformándote con una monogamia ficticia e insatisfactoria, pues debemos creer lo que sentimos y hacer lo necesario para saber y conocer hasta tener tranquilidad en nuestra mente y nuestro corazón respecto a la persona con quien compartimos nuestra vida.

No quise sonar a un libro de auto ayuda, pero debido a lo que me sucedió recientemente, debí expresar lo que afirmo líneas arriba. Y que si alguien, cualquiera de los que lee mis artículos siente que debe terminar su relación con otro, es mejor que antes de seguir el impulso que siempre nos lleva a terminar por terminar, descubramos las razones que nos hacen pensar que el otro no es el indicado, así nos digan que por nadie parecer lo suficientemente bueno para nosotros, moriremos solos e infelices. Pero como siempre he dicho, si muero solo, o soltero, será por decisión propia, y por saber que ningún hombre pudo estar a la par con mi Ser, y porque en el tiempo que he conocido a los hombres, he aprendido a conservar y querer más a mi libertad e independencia, que a un amor temporal.

sábado, 4 de junio de 2011

SEXUALIDAD ENMASCARADA


Quienes realmente me conocen, saben mi posición frente a los gay que guardan las apariencias en su obsesión por la aprobación social de unos pocos. Mi crítica negativa a la idea del gay que se casa con una mujer y hasta tiene hijos con tal de ajustarse al rol de hombre que su sociedad le enseñó, pero que además sigue teniendo sexo con otros hombres,  es una crítica que me ha costado la desaprobación social de muchos de mis “congéneres”. Me di cuenta entonces, que no solo los hombres heterosexuales tienen un seguro cultural, sino que los hombres gay que pretenden jugar el papel de hombre heterosexual, también la cultura los protege, los defiende.

Como la cultura les defiende, vemos muchos gay, reprochando a quienes criticamos que un hombre no tenga los pantalones bien puestos para asumir lo que es, no solo privadamente, sino socialmente. Nos dicen que no es nuestro problema, que no sabemos por lo que pudo haber pasado ese hombre, que su familia no es tan “liberal” como la nuestra, que antes eran otros tiempos, o nos dan la típica razón prejuiciosa que la han querido convertido en una razón “lógica”: “Es que vivimos en una sociedad machista”.  
Si bien he perdido poco a poco mi interés por lo que hacen o dejan de hacer los gay de closet que son casados, porque meterse con ellos significa tocar la tan sensible maquinaria machista que los sostiene no solo a ellos sino a la idea del hombre que “debería ser”, es inevitable encontrar entre las falsificaciones del hombre heterosexual, unas muy malas imitaciones.

Comienzo diciendo, como a muchos de los gay les gusta decir que por ser gay no quiere decir que tengamos qué comportarnos como mujeres, que ser gay de closet en versión imitada de un heterosexual  tampoco quiere decir que tengan qué imitar hasta lo que los mismos hombres heterosexuales están desechando de su comportamiento.

Ser hombre heterosexual ya no quiere decir que obligatoriamente le tenga qué gustar el futbol, o que le tenga qué gustar el vallenato y la cerveza Aguila. Tampoco quiere decir que un heterosexual cuando guste de una mujer tenga qué hablar de ella como un objeto sexual, o referirse a ella como un ser inferior. Y es eso último lo que más decepción me da, al ver gays de closet que tratan y hablan entre amigos de mujeres como cualquier hetero vulgar de los años 80’s y 90’s.

La mala imitación de la actitud chabacana de un hetero común y corriente no solo es decepcionante sino que me da mucha risa. En especial, porque un hetero falso nunca está muy a la par de los temas de conversación de un hetero original. Fallan en algo tan simple como saber cuál equipo de futbol juega contra cual, y la duda silenciosa cuando no saben responder si salir temprano del trabajo para ver el partido con los heteros de verdad, son simplemente detalles en los que cae un gay en su intento por imitar algo que no es, por más que lo ensaye demasiado.

Otro aspecto que es supremamente incómodo para un falso heterosexual, es buscar una explicación qué dar de los nexos entre él y un gay que frecuenta. La típica excusa de presentarlo como “el familiar” queda inconcreta cuando no se es capaz de definir si es el tío, el cuñado, el primo, o el medio hermano perdido que viajó desde la Patagonia hasta Colombia para reencontrarse con él por un fin de semana,  y que sus compañeros de trabajo probablemente jamás vuelven a ver, porque resulta que “el familiar” sintiéndose tan al margen,  casi siempre silente por el poco interés de unirse a los temas de conversación tan aburridores de los heteros, quiera realmente irse a la Patagonia para nunca tener que volver a ver al tipo por el que tomó la pésima decisión de conocer. Al menos los gay que no fingimos, aceptamos nuestros errores.

Y aunque frecuentemente terminemos reconociendo que es un error meternos aunque sea en la cama con un gay casado, no nos debemos culpar, aún si el sexo tampoco fue muy satisfactorio. Los conflictos éticos o morales, en este caso a quienes somos gays libres de ataduras sociales no nos deben molestar. A quienes debemos dejarle los remordimientos de conciencia es a los falsos heteros, de quienes, como dicen sus defensores, no tenemos ni idea de qué pasa en sus vidas, en sus trabajos con sus amigos los heteros reales, con sus mujeres adorno y con su sexualidad gay reprimida que liberan cuando tienen un fin de semana o más días lejos de tanta falacia.

sábado, 21 de mayo de 2011

EL MERCADO DE LOS SUGAR BOYS


Gays de la ciudad, prepárense. Porque ha nacido y crecido entre nosotros, una especie de gay, que ha puesto en vilo las relaciones entre hombres, esta nueva especie de gay, y quienes los motivan crecer, han alterado la forma en cómo entre gays establecemos nuestras relaciones. En otras palabras los intereses por los que antes decidíamos estar con alguien, pueden ya no ser válidos, pueden ya no ser…suficientes.

Lo más crítico del caso, es que esta especie, que en sus inicios se pensaba adscrita a los gay de cierto rango de edad, se ha expandido hacia otras edades. Ya no son de 18 a 25, ya son hasta de 45 los que se consideran Sugar Boys.

Tal vez se pregunten quienes son los Sugar Boys, pero no se confundan, no estoy hablando de lo que en Colombia llamamos Prepagos o que internacionalmente se conocen como Escorts. Este tipo de gay a pesar de su atractivo, le falta cierta inteligencia, que es más bien cierta sensibilidad para lograr obtener lo que quiere de un Sugar Daddy. Lo que sí tienen los Sugar Boys, que además no buscan sobrevivir, sino que para su edad, son chicos con comodidades materiales.

No hablo tampoco del Gay for Pay, o sea del hombre que tiene relaciones con otro hombre por dinero. El Sugar Boy, por su lado, no solo tiene sexo con hombres a cambio de dinero u otras cosas, primero, porque éste no siempre necesita acostarse con otro para obtener lo que quiere, y tampoco se relega al ámbito privado en la vida de otro hombre. Aunque generalmente estas relaciones tengan un alto grado de privacidad, el Sugar Boy se puede ver a la luz del día.

Considero que el Sugar Boy surgió de una completa insatisfacción por los hombres de su edad. Dejó de esperar por tener las cosas que quiere de alguien, y no solo las cosas, sino que se cansó de esperar por el típico ideal del hombre sincero, soltero, atractivo y 100% gay. Se cansó de que lo dejaran plantado en las citas, de las charlas superficiales y las encuestas a las que los gay nos sometemos para encontrar a alguien medianamente similar. Se cansó de dudar de su atractivo, porque los de su ciudad siempre lo miraban mal o nunca lo tomaban en serio, se cansó de la mirada altiva de los que tienen más, o de los que no teniendo nada pero creyendo que son el centro de atracción de pueblo, se ufanaban de ser más importantes e interesantes que él.

Entonces se cansó de no encajar, pero sabía que no se volvería como los otros para sentirse incluido. El Sugar Boy decidió poner su mirada en lo alto y en lo lejano, para volver mejor, sin tener que pasar por ninguno de los personajes detestables de su pequeña ciudad, que solo inventan chismes, que son tacaños, que son malos polvos, y que son poco memorables.

El Sugar Boy decidió usar su inteligencia y sensibilidad, así como la belleza que es exótica para los ojos de los foráneos, en su meta de ser y tener. Y con suerte, encontrar ese hombre, de unas décadas de diferencia, a quien pudiera amar.
Pero la vida del Sugar Boy no es sencilla. En especial, cuando tiene tanta competencia. Y no me refiero solamente a los filipinos, que en el mercado son los más desesperados por encontrar Sugar Daddies. También están los chinos y japoneses lampiños, que son el fetiche preferido de los australianos y británicos. Un Sugar Boy latino, con la competencia mencionada, debe enfrentarse también a tipos de hasta 45 años, que con casa, carro y salario muy plácidamente se ofrecen para ser consentidos por cualquier Sugar Daddy generoso con preferencias más maduras. Uno podría pensar que solo los jovensitos son los que buscan que los mantengan, pero al ver que hombres mayores muy cómodamente buscan ser los mantenidos, uno no puede evitar sentir desazón al ver que como creíamos que era el mundo, resulta ser todo lo contrario.

A pesar de la competencia, los Sugar Boys que son conscientes de lo que tienen, que son profesionales en parecer novatos, son capaces de hacer que de tierras lejanas, venga alguien a verles, sin tener que moverse de donde están, sin molestarse con papeleos para pasar unas semanas de placer. Son capaces de generar cierta lástima sin parecer necesitados o urgidos de nada, y obtener regalitos. Esos regalitos son su truco. La lista de deseos de un Sugar Boy, mientras sondea a su amante, va creciendo paulatinamente en complejidad, y el Sugar Daddy puede no darse cuenta, o lo ignora, porque sabe que lo que tiene no lo puede perder tan fácilmente. Esa premisa la tienen los dos tácitamente bien clara, por eso no hay lugar a actitudes emocionales impulsivas, o inmaduras, pero sí se ejerce un control emocional que asegura el mantenimiento de las condiciones con las cuales los dos se alimentan.

El Sugar Boy se diferencia de un prepago porque el primero no tiene miedo de ser visto en público. Principalmente, porque los lugares a los que asiste un Sugar Boy, no son los mismos a los que asiste un prepago. Podemos ver prepagos en bares de la ciudad con hombres mayores, nada atractivos y con un mal gusto epidémico que hace evidente la relación tan dispar y utilitaria, los delata la incomodidad, esa incomodidad que cualquiera detecta. 
Mientras tanto, el Sugar Boy no se incomoda, menos cuando está acompañado de un hombre maduro que gana suficiente dinero para costearse un hombre joven, dinero que también lo invierte en verse bien, en ir a un mejor lugar y hasta en una ciudad distinta. El prepago es un desahogo temporal, el Sugar Boy es una distracción placentera más duradera. El prepago lo es por necesidad, en cualquier momento. El Sugar Boy lo es por gusto, en sus tiempos libres.

A pesar de las diferencias, estos prototipos de gays develan una verdad un poco incómoda para la imagen hipócrita de gay perfecto que a veces queremos proyectar a los demás. Pero además es casi una cachetada a la forma tradicional como pensamos que dos hombres se deben unir. Ahora, después de una pelea no es suficiente el sexo de reconciliación, ahora un gay lo suficientemente despierto pedirá un regalo de reconciliación. Ahora las cartas y chocolates no son suficientes para conquistar, ahora es necesario una visita a una tienda de ropa, seguida por una cena en restaurante con menú extranjero.

Pero esperen, ¿Acaso esto solo lo hacen los Sugar Boys? Me da la impresión que no es así. Es por eso que en ciertas ocasiones no vemos la diferencia entre unos y otros, pero con intentar espantarlos diciendo “No busco mantener a nadie” o “busco un hombre independiente” no lograrán escaparse de una relación utilitaria, todo lo contrario, solo dejarán ver lo tacaño que pueden llegar a ser, no solo en lo material, sino muy seguramente en lo emocional.

Por eso, es en cierta forma admirable ver que ciertos Sugar Boys asumieron su papel en el círculo de vida homosexual. Dejaron atrás una ilusión de alguien que tal vez nunca llegará, dejaron de esperar a que crecieran y maduraran los hombres de su ciudad, dejaron de buscar lo abstracto o profundo en esos hombres simples que abundan por todos lados, pero han persistido en la búsqueda de lo que quieren en su presente y que seguramente colaborará en su futuro, por ello creo que los Sugar Boy se convertirán en una especie de cazadores locales e internacionales de hombres, y más de uno tendrá que evolucionar, si no quiere que su hombre lotería le sea arrebatado por uno de ellos.