sábado, 4 de junio de 2011

SEXUALIDAD ENMASCARADA


Quienes realmente me conocen, saben mi posición frente a los gay que guardan las apariencias en su obsesión por la aprobación social de unos pocos. Mi crítica negativa a la idea del gay que se casa con una mujer y hasta tiene hijos con tal de ajustarse al rol de hombre que su sociedad le enseñó, pero que además sigue teniendo sexo con otros hombres,  es una crítica que me ha costado la desaprobación social de muchos de mis “congéneres”. Me di cuenta entonces, que no solo los hombres heterosexuales tienen un seguro cultural, sino que los hombres gay que pretenden jugar el papel de hombre heterosexual, también la cultura los protege, los defiende.

Como la cultura les defiende, vemos muchos gay, reprochando a quienes criticamos que un hombre no tenga los pantalones bien puestos para asumir lo que es, no solo privadamente, sino socialmente. Nos dicen que no es nuestro problema, que no sabemos por lo que pudo haber pasado ese hombre, que su familia no es tan “liberal” como la nuestra, que antes eran otros tiempos, o nos dan la típica razón prejuiciosa que la han querido convertido en una razón “lógica”: “Es que vivimos en una sociedad machista”.  
Si bien he perdido poco a poco mi interés por lo que hacen o dejan de hacer los gay de closet que son casados, porque meterse con ellos significa tocar la tan sensible maquinaria machista que los sostiene no solo a ellos sino a la idea del hombre que “debería ser”, es inevitable encontrar entre las falsificaciones del hombre heterosexual, unas muy malas imitaciones.

Comienzo diciendo, como a muchos de los gay les gusta decir que por ser gay no quiere decir que tengamos qué comportarnos como mujeres, que ser gay de closet en versión imitada de un heterosexual  tampoco quiere decir que tengan qué imitar hasta lo que los mismos hombres heterosexuales están desechando de su comportamiento.

Ser hombre heterosexual ya no quiere decir que obligatoriamente le tenga qué gustar el futbol, o que le tenga qué gustar el vallenato y la cerveza Aguila. Tampoco quiere decir que un heterosexual cuando guste de una mujer tenga qué hablar de ella como un objeto sexual, o referirse a ella como un ser inferior. Y es eso último lo que más decepción me da, al ver gays de closet que tratan y hablan entre amigos de mujeres como cualquier hetero vulgar de los años 80’s y 90’s.

La mala imitación de la actitud chabacana de un hetero común y corriente no solo es decepcionante sino que me da mucha risa. En especial, porque un hetero falso nunca está muy a la par de los temas de conversación de un hetero original. Fallan en algo tan simple como saber cuál equipo de futbol juega contra cual, y la duda silenciosa cuando no saben responder si salir temprano del trabajo para ver el partido con los heteros de verdad, son simplemente detalles en los que cae un gay en su intento por imitar algo que no es, por más que lo ensaye demasiado.

Otro aspecto que es supremamente incómodo para un falso heterosexual, es buscar una explicación qué dar de los nexos entre él y un gay que frecuenta. La típica excusa de presentarlo como “el familiar” queda inconcreta cuando no se es capaz de definir si es el tío, el cuñado, el primo, o el medio hermano perdido que viajó desde la Patagonia hasta Colombia para reencontrarse con él por un fin de semana,  y que sus compañeros de trabajo probablemente jamás vuelven a ver, porque resulta que “el familiar” sintiéndose tan al margen,  casi siempre silente por el poco interés de unirse a los temas de conversación tan aburridores de los heteros, quiera realmente irse a la Patagonia para nunca tener que volver a ver al tipo por el que tomó la pésima decisión de conocer. Al menos los gay que no fingimos, aceptamos nuestros errores.

Y aunque frecuentemente terminemos reconociendo que es un error meternos aunque sea en la cama con un gay casado, no nos debemos culpar, aún si el sexo tampoco fue muy satisfactorio. Los conflictos éticos o morales, en este caso a quienes somos gays libres de ataduras sociales no nos deben molestar. A quienes debemos dejarle los remordimientos de conciencia es a los falsos heteros, de quienes, como dicen sus defensores, no tenemos ni idea de qué pasa en sus vidas, en sus trabajos con sus amigos los heteros reales, con sus mujeres adorno y con su sexualidad gay reprimida que liberan cuando tienen un fin de semana o más días lejos de tanta falacia.

sábado, 21 de mayo de 2011

EL MERCADO DE LOS SUGAR BOYS


Gays de la ciudad, prepárense. Porque ha nacido y crecido entre nosotros, una especie de gay, que ha puesto en vilo las relaciones entre hombres, esta nueva especie de gay, y quienes los motivan crecer, han alterado la forma en cómo entre gays establecemos nuestras relaciones. En otras palabras los intereses por los que antes decidíamos estar con alguien, pueden ya no ser válidos, pueden ya no ser…suficientes.

Lo más crítico del caso, es que esta especie, que en sus inicios se pensaba adscrita a los gay de cierto rango de edad, se ha expandido hacia otras edades. Ya no son de 18 a 25, ya son hasta de 45 los que se consideran Sugar Boys.

Tal vez se pregunten quienes son los Sugar Boys, pero no se confundan, no estoy hablando de lo que en Colombia llamamos Prepagos o que internacionalmente se conocen como Escorts. Este tipo de gay a pesar de su atractivo, le falta cierta inteligencia, que es más bien cierta sensibilidad para lograr obtener lo que quiere de un Sugar Daddy. Lo que sí tienen los Sugar Boys, que además no buscan sobrevivir, sino que para su edad, son chicos con comodidades materiales.

No hablo tampoco del Gay for Pay, o sea del hombre que tiene relaciones con otro hombre por dinero. El Sugar Boy, por su lado, no solo tiene sexo con hombres a cambio de dinero u otras cosas, primero, porque éste no siempre necesita acostarse con otro para obtener lo que quiere, y tampoco se relega al ámbito privado en la vida de otro hombre. Aunque generalmente estas relaciones tengan un alto grado de privacidad, el Sugar Boy se puede ver a la luz del día.

Considero que el Sugar Boy surgió de una completa insatisfacción por los hombres de su edad. Dejó de esperar por tener las cosas que quiere de alguien, y no solo las cosas, sino que se cansó de esperar por el típico ideal del hombre sincero, soltero, atractivo y 100% gay. Se cansó de que lo dejaran plantado en las citas, de las charlas superficiales y las encuestas a las que los gay nos sometemos para encontrar a alguien medianamente similar. Se cansó de dudar de su atractivo, porque los de su ciudad siempre lo miraban mal o nunca lo tomaban en serio, se cansó de la mirada altiva de los que tienen más, o de los que no teniendo nada pero creyendo que son el centro de atracción de pueblo, se ufanaban de ser más importantes e interesantes que él.

Entonces se cansó de no encajar, pero sabía que no se volvería como los otros para sentirse incluido. El Sugar Boy decidió poner su mirada en lo alto y en lo lejano, para volver mejor, sin tener que pasar por ninguno de los personajes detestables de su pequeña ciudad, que solo inventan chismes, que son tacaños, que son malos polvos, y que son poco memorables.

El Sugar Boy decidió usar su inteligencia y sensibilidad, así como la belleza que es exótica para los ojos de los foráneos, en su meta de ser y tener. Y con suerte, encontrar ese hombre, de unas décadas de diferencia, a quien pudiera amar.
Pero la vida del Sugar Boy no es sencilla. En especial, cuando tiene tanta competencia. Y no me refiero solamente a los filipinos, que en el mercado son los más desesperados por encontrar Sugar Daddies. También están los chinos y japoneses lampiños, que son el fetiche preferido de los australianos y británicos. Un Sugar Boy latino, con la competencia mencionada, debe enfrentarse también a tipos de hasta 45 años, que con casa, carro y salario muy plácidamente se ofrecen para ser consentidos por cualquier Sugar Daddy generoso con preferencias más maduras. Uno podría pensar que solo los jovensitos son los que buscan que los mantengan, pero al ver que hombres mayores muy cómodamente buscan ser los mantenidos, uno no puede evitar sentir desazón al ver que como creíamos que era el mundo, resulta ser todo lo contrario.

A pesar de la competencia, los Sugar Boys que son conscientes de lo que tienen, que son profesionales en parecer novatos, son capaces de hacer que de tierras lejanas, venga alguien a verles, sin tener que moverse de donde están, sin molestarse con papeleos para pasar unas semanas de placer. Son capaces de generar cierta lástima sin parecer necesitados o urgidos de nada, y obtener regalitos. Esos regalitos son su truco. La lista de deseos de un Sugar Boy, mientras sondea a su amante, va creciendo paulatinamente en complejidad, y el Sugar Daddy puede no darse cuenta, o lo ignora, porque sabe que lo que tiene no lo puede perder tan fácilmente. Esa premisa la tienen los dos tácitamente bien clara, por eso no hay lugar a actitudes emocionales impulsivas, o inmaduras, pero sí se ejerce un control emocional que asegura el mantenimiento de las condiciones con las cuales los dos se alimentan.

El Sugar Boy se diferencia de un prepago porque el primero no tiene miedo de ser visto en público. Principalmente, porque los lugares a los que asiste un Sugar Boy, no son los mismos a los que asiste un prepago. Podemos ver prepagos en bares de la ciudad con hombres mayores, nada atractivos y con un mal gusto epidémico que hace evidente la relación tan dispar y utilitaria, los delata la incomodidad, esa incomodidad que cualquiera detecta. 
Mientras tanto, el Sugar Boy no se incomoda, menos cuando está acompañado de un hombre maduro que gana suficiente dinero para costearse un hombre joven, dinero que también lo invierte en verse bien, en ir a un mejor lugar y hasta en una ciudad distinta. El prepago es un desahogo temporal, el Sugar Boy es una distracción placentera más duradera. El prepago lo es por necesidad, en cualquier momento. El Sugar Boy lo es por gusto, en sus tiempos libres.

A pesar de las diferencias, estos prototipos de gays develan una verdad un poco incómoda para la imagen hipócrita de gay perfecto que a veces queremos proyectar a los demás. Pero además es casi una cachetada a la forma tradicional como pensamos que dos hombres se deben unir. Ahora, después de una pelea no es suficiente el sexo de reconciliación, ahora un gay lo suficientemente despierto pedirá un regalo de reconciliación. Ahora las cartas y chocolates no son suficientes para conquistar, ahora es necesario una visita a una tienda de ropa, seguida por una cena en restaurante con menú extranjero.

Pero esperen, ¿Acaso esto solo lo hacen los Sugar Boys? Me da la impresión que no es así. Es por eso que en ciertas ocasiones no vemos la diferencia entre unos y otros, pero con intentar espantarlos diciendo “No busco mantener a nadie” o “busco un hombre independiente” no lograrán escaparse de una relación utilitaria, todo lo contrario, solo dejarán ver lo tacaño que pueden llegar a ser, no solo en lo material, sino muy seguramente en lo emocional.

Por eso, es en cierta forma admirable ver que ciertos Sugar Boys asumieron su papel en el círculo de vida homosexual. Dejaron atrás una ilusión de alguien que tal vez nunca llegará, dejaron de esperar a que crecieran y maduraran los hombres de su ciudad, dejaron de buscar lo abstracto o profundo en esos hombres simples que abundan por todos lados, pero han persistido en la búsqueda de lo que quieren en su presente y que seguramente colaborará en su futuro, por ello creo que los Sugar Boy se convertirán en una especie de cazadores locales e internacionales de hombres, y más de uno tendrá que evolucionar, si no quiere que su hombre lotería le sea arrebatado por uno de ellos.

viernes, 21 de enero de 2011

EL MATRIMONIO EN QUE NO CREO.


Para empezar quisiera aclarar que no estoy en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, o entre personas de orientaciones no heterosexuales. Considero que quienes aspiran a esta expresión de unión entre dos personas, deben tener el derecho de hacerlo, pero eso no quiere decir que por ser gay y apoye (aunque de lejos) la causa, no pueda criticarla, y que además no quiera o piense en casarme (no cazarme) con un hombre en el futuro, pero en la forma de matrimonio que quiero, no la que me dijeron que debe ser.

Hay algo en lo que no estoy de acuerdo, y es el hecho de imitar esta figura de unión entre dos personas, originaria de la sociedad heteronormativa. Especialmente, cuando estas parejas no cumplen con lo que es efectivamente el matrimonio; una unión entre dos y solo dos personas.
¿Creen que eso es algo nuevo para los gays? Absolutamente no. Hemos sido poliamorosos en la mayoría de relaciones que sostenemos en nuestras vidas, ¿Y ahora nos queremos meter en el costal de la monogamia? Eso es tan ilógico como pretender que Vishnu se ponga un chaleco con solo dos mangas.

Los heterosexuales tampoco son puramente monógamos cuando se casan, eso lo sabe todo el mundo, y todo el mundo ya se burla de la monogamia heterosexual especialmente cuando se trata del sexo monógamo, pero estos, más expertos en el matrimonio, han sabido mantener esta “institución” a lo largo de los años, bajo la falacia de que es única y exclusivamente entre dos personas. Pero no es así, y si que menos lo es entre las parejas gays, pero los heterosexuales “de mente abierta” nos siguen la corriente, mientras nosotros hacemos todo un espectáculo por el matrimonio entre dos personas…Ellos y ellas ya saben de qué se trata.

Sé de casos, que no vale la pena mencionar, en los cuales, dos hombres a pesar de estar casados, mantienen relaciones alternas, conservando solamente la “unión” legal y el lazo emocional que el tiempo y la costumbre puede dar a dos personas que se la pasan juntas.

Entonces no puedo evitar preguntarme ¿Por qué nos casamos, cuando no somos capaces de estar en pareja, y especialmente cuando ya hemos visto cómo los heterosexuales han fracasado en el mismo intento?
Sé que para aprender, no es únicamente necesario la experimentación, sino también es posible por medio de la observación y la experiencia de otras personas, lo que nos permite no solamente dejar de cometer los mismo errores, sino actuar de mejor manera, por lo que no entiendo por qué los gays insisten en casarse, si de antemano, con ejemplos de sobra, sabrán que el matrimonio entre dos personas es una empresa que en la mayoría de los casos, dejará más perdidas que ganancias.
Aún así, la gente sigue diciendo que “hay que tener fe”, que algunos matrimonios (heterosexuales) han fracasado, pero eso no quiere decir que todos vayan por el mismo camino, sin embargo, los datos no dicen que son solo algunos, sino que los divorcios son demasiados, y cada año van en aumento.


Pero, seguramente es por las ganancias que otorga el matrimonio, que a todos en algún momento de nuestra vida se nos ha metido la idea de casarnos.
Y no podemos culparnos. El matrimonio efectivamente provee algunas cosas fundamentales que como solteros no necesariamente podemos sostener con la misma facilidad: principalmente, al menos en el caso de dos gays con estabilidad económica, la unión de los bienes materiales incrementa la riqueza mutua. En la parte sexo afectiva, el matrimonio provee compañía durante el tiempo de convivencia continua, además de sexo permanente y garantizado, al menos a las parejas que no sufren de disfunciones sexuales, o de aburrimiento.

Pero qué pasa cuando eso no es suficiente, y buscamos algo más, o mejor, alguien más, ¿No estamos rompiendo la primera condición del matrimonio? ¿La monogamia sale volando por la ventana?

En la historia de la humanidad, la monogamia, no es tan antigua y única como la pinta la tradición judeo-cristiana. En el mundo han existido uniones diferentes, como la poligamia, en sus formas de poliginia y poliandria, la primera siendo el caso más predominante en las culturas de todo el mundo.

Por eso, no entiendo por qué, habiendo la posibilidad de diferentes uniones, los homosexuales decidieron luchar por la más simple e hipócrita; la monogamia.
Y lo digo en esas palabras, porque en una relación de dos hombres que se casan pero tienen amantes, en la mayoría de los casos es uno solo el que los tiene y es uno más que el otro quien motiva a una relación “abierta” pero con el mantenimiento de los intereses utilitaristas con los que se conformó la unión, sencillamente el matrimonio monógamo pierde sentido, porque la relación deja de ser de dos, y se convierte de tres, o de cuatro, y sin cláusulas de permanencia.

Los gays en su afán por ser normales, es decir, estar dentro de la norma, de lo común, creyeron que con el matrimonio lograban igualdad de derechos, libertad, triunfo sobre la homofobia, la discriminación y la ignorancia religiosa, pero en realidad han quedado encasillados en otra tradición, tradición que una vez más no confirma nada distinto a la forma de hacer de los heterosexuales. De hecho hay gays que ya piensan que el matrimonio es un deber en el camino a ser “felices” y “normales”. ¿Podemos soportar tanto cinismo? ¿Acaso empezarán a aparecer familias con hijos gays que los presionarán para que se casen y arreglarán matrimonios, como otrora, con los hijos heterosexuales?

Respeto el hecho de que las uniones entre dos personas del mismo sexo sean uniones de dos ciudadanos, no dos creyentes religiosos. Y lo siento, pero siempre me ha parecido que el gay-católico es una denominación que primero no va bien junta, porque es como cuando se ama al verdugo. Un verdugo histórico que muchos no queremos olvidar por la persecución de ayer y la hipocresía de hoy.
Pero no faltan, por supuesto, los gays católicos que anhelan casarse por la iglesia. Y bueno, en aras del respeto por la libertad de culto, no puedo hacer más que darles paso, pero repito, no voy a dejar de dar mi opinión del asunto.

No creo en el matrimonio que se mantiene a ultranza, y no creo en un matrimonio donde los intereses materiales son el principal motivante. Pero ese dilema de conciencia no me corresponde, le corresponde a quienes están casados, le corresponde a los “monógamos”. Aunque no me sorprende que los matrimonios gays que se forman con el paso del tiempo, hagan como los matrimonios heterosexuales más tradicionalmente “normales”; Que cuando todo va mal, y hay problemas lo mejor es guardar las apariencias.

Volviendo con el tema de otras uniones en la historia de la humanidad, algo similar pero a la vez muy diferente que explica la dinámica de las parejas casadas tanto heterosexuales como homosexuales, es el poliamor.

El poliamor es, palabras más palabras menos, una unión entre dos o más personas por medio de un vinculo afectivo sexual, sin necesidad de esas “ataduras” legales, que puede ser permanente o fugaz, pero que la mayoría de los casos es fugaz y relacionado directamente con el compartir momentos sexuales. No hay más garantías que las que ofrecen las emociones. Emociones que en los gays resultan altamente cambiantes.

Si existe el poliamor, ¿Para qué nos casamos? La respuesta parece obvia: Para mantener nuestros intereses materiales. Además, porque no nos gusta mucho la idea de tener algo y perder algo, por lo que se prefiere tener ambas cosas.

Un aspecto interesante de los matrimonios actuales que no son tan monógamos, es que siendo occidentales, imitan muy bien, excepto tal vez por la forma de vestir, a las uniones poligámicas musulmanas (que no se pueden confundir con las uniones poliamorosas), con algunas excepciones de países donde no es legalmente reconocida o socialmente aplicada. En estas uniones, generalmente poligínicas, el hombre casa una esposa, la divorcia, se casa con otra, la divorcia, se casa con otra y la divorcia, hasta casarse con una cuarta, sin divorciarse, y sin embargo, sin perder el vínculo con las demás esposas no solo emocional, sino material. Me pregunto si quienes se casan y además tienen amantes alternos verán alguna similitud con este tipo de unión.

Imagino a tantas parejas gays que en este momento están casadas en todo el mundo. Los imagino de todas las edades, tamaños y razas, y admito que el matrimonio es un fenómeno inevitable e imparable, pero no puedo dejar de ver sus vacíos, a pesar de pensar en que seguramente quienes decidieron dar ese paso, les ha costado bastante y que es gracias a la voluntades de quienes han luchado por lograr ese objetivo, y no fin, porque considero firmemente que nuestro fin último como homosexuales no puede ni debe ser el matrimonio y la adopción, pero insisto firmemente también en que si ha de hacerse así, ha de hacerse bien, es decir, cumpliendo el pacto como originalmente lo asumen quienes se casan, en pareja.
Pero no me llamen idealista, son los que se casan sin ser capaces de mantenerlo, los verdaderos idealistas.
  
El arco iris mareó a algunos más de la cuenta. En vez de hacerles ver con ojos nuevos el mundo diverso, tanto color los volvió daltónicos, sin la capacidad de diferenciar matices. Sin diferenciar que lo que buscan no es multicolor sino en realidad es blanco y negro, algo plano y nada creativo, al menos, para lo que como gays podríamos lograr en la sociedad.







sábado, 11 de diciembre de 2010

MASTURBARSE O MORIR


Cuando me preguntan cuanto tiempo llevo soltero, y digo que han sido cuatro años, una de las preguntas que surge es ¿y cómo haces con el sexo? Me parece curiosa la pregunta, dado que todos sabemos que ni los heterosexuales necesitan casarse para tener hijos, ni los gays necesitan tener pareja para tener sexo.
Aún así, respondo; Me masturbo.

Así es, como muchos de ustedes lo hacen, y no lo dicen, o no lo aceptan. Y seguramente deben pensar “Es que eso es algo privado, es algo personal”, muy al estilo de lo que dicen los gays de closet al referirse a su orientación sexual cuando alguien les pregunta. Pero eso si, no es personal ni privado el dato de los centímetros del que ya sabemos, y que no se nos olvide mencionar el rol sexual. Esos si que son datos públicos, ¡Para que no se de lugar a las confusiones!

Por eso, siempre me he preguntando, ¿Por qué los gays hablan tanto de los veranos, y no hablan de la masturbación? ¿Que es entonces lo que realmente hacen en ese tiempo cuando no tienen con quien?
Hay dos extremos en cuanto al tema, que siempre me han molestado. Aquellos que se la pasan quejándose de sus largos veranos, y aquellos que viven buscando sexo. Los unos, viven hablando con sus amigos de que hace un mes nada de nada, con nadie (uno o dos meses les parece una eternidad), que no saben qué hacer, que se mueren. Los otros, que pululan en los sitios web de contactos gays, en vez de saludar, inmediatamente preguntan: ¿Edad? ¿Rol? ¿Tienes sitio?

Y los dos, terminan haciendo lo mismo: Masturbándose. Los unos, porque se aburren de esperar, y los otros, porque buscar no siempre significa encontrar, y se desahogan con algún video porno, o algún recuerdo vívido de la última experiencia sexual (satisfactoria). Por ello, no entiendo ni la angustia, ni el afán. No tiene sentido cuando para eso nos tenemos a nosotros mismos. Me puedo complacer tal y como quiero, sin hablar, sin pedir permiso, pero sobre todo, sin rogar.

Después de cuatro años terminé adoptando el lema, “Masturbation It’s Survival”, porque en inglés suena más bonito. La masturbación, es en definitiva nuestra arma sexual para sobrevivir a nuestros desbordados deseos.  
Nos permite sobrevivir a largos o cortos veranos, dependiendo de la percepción, sobrevivir a las enfermedades de transmisión sexual, hasta sobrevivir a los malos amantes o malos polvos que le llaman. ¿No es eso espectacular?

No vayan a pensar algunos ahora, que soy como esos gays que no tienen sexo real en vivo y en directo porque le tienen miedo a las enfermedades, o porque siendo de closet, como algunos sufren de delirios de persecución, prefieren el cyber sexo, o simplemente no tener contacto sexual alguno con otros hombres y se la pasan fantaseando nada más. Se trata es de que seamos sinceros de una vez por todas. Decir que nos masturbamos, una, dos, tres o más veces por día cuando nos place, cuando descubrimos que no es absolutamente necesario e imprescindible otro para complacernos o satisfacernos sexualmente.


Además, me he dado cuenta que el masturbarse regula el apetito sexual, así como regula la percepción y el deseo hacia otro hombre.
Puede que queramos tener sexo con alguien, por puro capricho, pero luego de masturbarnos, lo pensamos mejor, “¿Realmente quiero acostarme con él?”
Deberíamos usar la masturbación más a menudo para eso, cuando la razón no funcione muy bien. Así, podríamos evitarnos algunas decepciones, como que por necesidad hayamos pasado de querer acostarnos con Mr. Músculo a acostarnos con Mr. Barrigón.

Y algo de lo que tampoco hemos querido hablar abiertamente, es de las decepciones sexuales ¿por qué entre los gays se perciben tantas decepciones amorosas, pero no se perciben tantas decepciones sexuales? ¿Será que no las hay, o será que se evita el tema?
Porque no creo ser el único que se ha arrepentido de haberse acostado otro hombre.
Ese hombre que no es para nada agraciado, pero que tiene lo necesario para pasar el rato. Ese hombre protagonista de “El Primero Que Llegó”.

Aunque nos arrepentimos, nadie puede saber de esa vergüenza, porque para eso tenemos la doble moral; aunque no siempre es el otro el culpable, en nuestra versión de los hechos, el mal polvo siempre resuelta siendo el otro.

Entre todos los estereotipos que nos ha asignado la sociedad heteronormativa, así como entre los estereotipos que nos hemos asignado como gays, hay uno que en gran medida revela el por qué no hablamos de la masturbación, no hablamos de nuestras insatisfacciones sexuales, no las aceptamos y mucho menos hacemos algo para mejorar eso: El famoso estereotipo del gay promiscuo. Ese estereotipo con el que hemos luchado durante mucho tiempo, desde que asumimos la idea de que por ser gays debíamos ser sexualmente activos. Y sexualmente activos cada vez más jóvenes, ¿O debería decir, cada vez más niños?

Pero el problema no es la cantidad de sexo que tengamos, como si es un problema que vivamos solapando el hecho ante los heterosexuales, y mayor problema aún, que seamos sexualmente activos sin pensar ¿Nos sentimos realmente satisfechos después de tener sexo? Y si no, ¿Por qué no?
Porque en el ser sexualmente activo, está el ignorar al otro en gran medida, el ignorar la insatisfacción, creyendo que si uno no funcionó, al reemplazarlo por otro el problema acaba. Y pensar ingenuamente, que el número acumulado de compañeros sexuales nos hace más plenos o más expertos.

Seguimos viendo al mismo personaje buscando sexo en la página de contactos, que no sabemos si encuentra lo que busca, que no imaginamos su grado de insatisfacción sexual. Pero que seguramente termina buscándose a sí mismo, disfrutando de si mismo, sin condiciones, sin condón y lo mejor, sin cuota de motel. Y ya sea que se masturbe “porque le tocó” o por gusto, se masturbó, y sobrevivió, un día más.

Y si bien alguien dijo que para amar a alguien primero uno debe aprender a amarse uno mismo, yo diría que para amar a otro, se incluye el aprender primero a masturbarse uno mismo.

viernes, 24 de septiembre de 2010

CATOLICISMO, FUERZAS ARMADAS Y FUTBOL

¿Qué tienen en común el catolicismo, las fuerzas armadas y el futbol?

En el mundo  heteronormativo, patriarcal, machista o como lo quieran llamar, han existido tres inventos que se distancian de su cultura creadora, porque poseen un denominador común totalmente opuesto a la idea por la cual fueron creados; La permanencia de un sistema humano binario, reforzador de las diferencias entre los sexos y los géneros y de la concepción de “supremacía masculina”.

El catolicismo no podría parecer más disímil de las fuerzas militares, o del futbol, si no es porque en los tres ámbitos se anida lo que para mí ha sido la burla, el sabotaje máximo que la homosexualidad, como categoría, ha logrado frente a la rígida visión del mundo creada por heterosexuales.
La homosexualidad presente en estos espacios es en definitiva ese denominador común y esa burla de la que estoy hablando.

Y digo burla, porque ante tanto cinismo, castración de la humanidad y la doble moral que subyacen en estos espacios, la omnipresencia histórica de la homosexualidad, allí ha logrado manifestarse desestabilizando creencias y ese cinismo producto de siglos de culto incuestionable a estas instituciones.

Las referencias que nos brinda la televisión “apta para gays”, es decir, la pornografía, registran con amplitud esa fantasía creada por unos y difundida por muchos, donde los uniformes; el de futbolista, el de militar, el de cura, el de bombero, el de médico, son la constante recreativa de una realidad cada vez más visible, ¿O es que acaso no hemos querido alguna vez hacer un juego de roles sexy con alguno de esos uniformes incluidos? Ahí, donde se encuentran esos “verdaderos hombres”, son cada vez más frecuentes las experiencias homoeróticas entre sus miembros.
La fantasía, se ha vuelto realidad.

No culpo ni critico a quienes tienen debilidad por los militares o que alguna vez en su vida tuvieron una relación con un enviado de Dios. Pero después de estudiar cinco años en un colegio católico, de “solo hombres”, y de vivir seis años en un barrio que está rodeado de dos batallones, es inevitable no fantasear ni sentirme atraído por estos personajes, sino también develar la falacia de unas instituciones y sujetos tan “políticamente correctos”.

No voy a discutir la relación entre homosexualidad y pedofilia, con la que usualmente se aborda la situación por parte de religiosos, principalmente porque no existe tal relación, más que por el hecho de distraer la atención, librarse de culpas y responsabilidades en los casos de abuso sexual de niños por parte de eminencias (o en su defecto lacayos), de la iglesia católica.
Además, porque así como la antropología explica el tabú del incesto como una de las primeras muestras de cambio cultural de las comunidades primitivas (o primeras) en su organización social, y este tabú se ha mantenido hasta la actualidad (con sus múltiples excepciones), considero firmemente que hay un tabú que debe permanecer,  al menos para el caso de occidente (porque yo solo no puedo pedirle a todo el mundo que cambie), Y es el tabú hacia el cuerpo de los niños y las niñas, y que estos no sean el objeto sexual de ningún adulto.

Uso el término “tabú”, porque muchas personas, en especial las religiosas, están más familiarizadas con el lenguaje mítico y de esta manera le dan más importancia al asunto. Pero si asumimos que con ese lenguaje tan básico entienden mejor, me pregunto ¿Por qué será que violan constantemente el mismo tabú?

Imagino que un día, los hombres que dirigían el mundo siglos atrás se reunieron a organizarlo de manera tal que pudiera vivir allí su descendencia.
Entonces crearon los ejércitos, para entrenar en la guerra a sus hijos más fuertes, y así pudieran defender al pueblo de los enemigos.
Crearon el futbol para jugar, divertirse, afianzar la identidad grupal y el trabajo en equipo, e impulsar el espíritu de la competencia.
Y crearon un dios y una religión, para explicar lo inexplicable, rendir tributos por sus difuntos y crear lazos espirituales en su comunidad y con el más allá.

Se deben estar revolcando en las profundidades de la tierra los restos fósiles de estos hombres al saber que durante mucho tiempo, en las frías noches que soportaban los guerreros, estos se daban calor unos a otros por medio de besos y caricias, el sudor corriendo por sus cuerpos frenéticamente entrelazados haciendo el amor (por darle un toque romántico), ocultos en trincheras, disfrutando de placeres prohibidos.

O si, como lo veo yo y muchos más, el jugueteo inocente de golpearse el trasero con una toalla mientras los jugadores se cambian después de un partido de futbol, no fuera una simple broma sino un subliminal coqueteo que podría terminar en la ducha, dos hombres mirando furtivamente sus cuerpos desnudos, sintiendo lo indescriptible, lo inmencionable.

O si supieran de todos los líderes religiosos enamorados de monaguillos  que sedujeron u obligaron, en esa lógica de sumisión tan cristiana, a tener relaciones sexuales, o esos seminaristas camino a la santidad que rompieron en múltiples ocasiones la promesa de celibato, olvidando junto a sus votos el ego espiritual  dado por eso que llaman “espíritu santo”, para ceder a su humanidad, a su débil carne.

Los anteriores son solo ejemplos de lo que muchos hombres han vivido a lo largo de la historia en estos lugares. Sucesos de la cotidianidad que han sido escondidos por sus protagonistas e inadvertidos por una sociedad que asume como incorruptibles sus instituciones, así como incorruptibles asumen las ideas por las cuales estas fueron creadas.

Lo curioso es que aunque sucedió, sucede y seguirá sucediendo, quienes tal vez sin querer, han transgredido el orden tradicional de esas instituciones, siguen sosteniendo inútilmente una idea vacía y anticuada de una perfecta y homogénea iglesia de hombres y mujeres heterosexuales.  De un deporte donde lo único que quieren meter sus jugadores es una pelota en un arco, o  de un ejército en el que sus hombres de honor a lo único que aspiran es a defender a su patria, casarse y tener hijos (o viceversa), con una mujer.

El futbol, el catolicismo y las fuerzas armadas se convierten entonces en los espacios de homosocialización (o debería decir, homosexualización) por excelencia, a expensas de los ingenuos heterosexuales que una vez vislumbraron estos espacios como exclusivos de “meros meros machos”.

Tal vez, al socavar las bases fundadoras de estas instituciones por medio de la configuración de relaciones distintas que poco a poco saldrán a la luz, haciendo insostenible esa solapada doble moral, podría hacerse realidad ese miedo de muchos y ambición de algunos; los gays dominarán al mundo, o en su defecto lo harán más equitativo (en teoría).

Y si esto llegara a ser realidad antes de morir rostizados por el calentamiento global, o extinguidos por los meteoritos, desearía que las creaciones socio-culturales futuras de los gays fueran, ojala, menos hipócritas que sus predecesoras.

domingo, 19 de septiembre de 2010

EL FALSO NOSOTROS


Pretender. Pasamos nuestra vida pretendiendo, aparentando. Aparentamos un color de cabello distinto, aparentamos mintiendo con nuestra edad, aparentamos en nuestras relaciones sociales, como cuando exhibimos a novios trofeo.
Siempre queremos dar nuestra mejor impresión a los demás, al menos a quienes nos interesan, por el motivo que sea. Nos pintamos como el más interesante, él más inteligente, el más agradable, el más gracioso, el más generoso, el mejor amigo, el mejor novio, y una cantidad de atributos o cualidades que no nos creemos ni nosotros mismos. Las exigimos de los demás, pero si llegara el momento de que nos pidieran lo mismo, seguramente lo que haremos es salir huyendo, porque sabemos que se acabó la farsa.

Y farsas, hay de muchos tipos. Así como muchos tipos, resultan siendo una farsa.
En especial, el hombre farsante que más me interesa en este momento, es aquel que usa el “nosotros” para obtener un beneficio individual. Ese que nos hace creer, hasta a los más incrédulos, que el “nosotros”, si es real.

Lo primero que nos hacen creer, es que les gustamos de verdad. Y ahí está la primera trampa. En especial cuando ese gusto no nace de una interacción personal. Pero caemos en la trampa. Y creemos que lo que nos dice es verdad. Creemos que le gustamos, pero, lo que no sabemos, es cuantos más son del agrado del otro. Vaya lío.

Lo segundo que hacen, es hablar de su hoja de vida, de lo que les gusta, de lo que no les gusta. De lo no que no tienen, y especialmente, de todo lo que tienen. O mejor dicho, de todo lo que nos quieren hacer creer que tienen. Eso, la mayoría de los casos, proyecta una imagen del típico hombre ideal. Tan bueno que no puede ser cierto. Y es que no lo es. Pero como digo, aún no nos damos cuenta.

Y lo tercero, lo que da la estocada final, es la intención. La propuesta del nosotros. “¿Quieres ser mi pareja?” O como la mayoría de estos farsantes lo hacen, sin preguntar, sino que lo van afirmando, sin dar lugar a pensarlo: “Quiero que seas mi pareja”.
Y bueno, cuando uno le sigue creyendo, y aceptando, ese falso nosotros (del que, repito, no nos hemos dado cuenta) Estamos metidos en un gran, gran mentira.

Después de unas semanas de vivir en esa bella mentira, en creer, que esta vez si seré feliz, que esta vez si encontré a la persona indicada con quien compartir mi vida, que esta vez, si valdrá la pena hablarle a mis amigos y a mi familia del personaje, y que lo mejor de todo, me dan ganas hasta de presentarlo, es ahí, en ese preciso momento, cuando las inconsistencias empiezan a salir a la luz.

De repente, empiezan a aparecer los problemas. Y que pueden ser de cualquier tipo, al fin y al cabo, las mentiras, siempre resultan muy creativas, por lo que no podría señalar todos los tipos de excusas con las que empiezan a salir estos falsos príncipes.
El hecho es que uno empieza a dudar, y cuando la duda se siembra en el cerebro, al menos a algunos de nosotros, es suficiente para prepararse para lo peor, porque es que, cuando uno tiene la suficiente experiencia, si no para detectar a los mentirosos, al menos de tantos fracasos (con fracasados) uno ya tiene planes de contingencia.

Las alarmas se activan, las preguntas capciosas empiezan a efervescer, esas preguntas detectivescas, que bien hechas, ponen nervioso al otro farsante.
Por lo que, como es de esperarse, ese “nosotros” empieza como el oro falso cuando se prueba, a negrearse, y entonces uno simplemente espera a que termine de mostrar su verdadero color.

Entonces, los planes de viajar se hacen imposibles, debido a una agenda apretadísima, dificultad para viajar, lejanía, falta de dinero. Etc.
El plan de reunirse con los amigos y la familia para hacer la correspondiente presentación “en sociedad” al estilo “Crillon Ball” pero versión colombiana, queda cancelada, más por vergüenza propia, que por el hecho de que el otro no salió con nada, y que es el otro, en realidad, el culpable.

Lo más patético del asunto, es cuando la situación llega a los oídos cercanos. Y todo, porque uno se adelanta a los hechos, a la realidad, y uno pone en su Factbook “en una relación”, cuando uno en realidad todo lo hace en las nubes, sin haber aterrizado en la realidad. Pero uno quiere creer que las cosas si van a funcionar, y uno calla la voz de esa intuición que le dice “¡No lo hagas público aún, No lo hagas!” Pero impulsivos como a veces nos comportamos, por lo que yo creo que se debe a una falta de auto actualización en cuanto a lo que relaciones sentimentales serias y permanentes se refieren, hacemos el ridículo asumiendo ideas que no tienen sustento de realidad.

Y por eso, es que la culpa no es del otro solamente, como pareciera que lo afirmara antes. La culpa, o mejor dicho, la responsabilidad, también es propia. Por no saberlo todo, por ser tan crédulo con los desconocidos. Y por pensar, a pesar de tantos fracasos que deberían enseñarnos a no cometer dos veces el mismo error, que el mundo es color de rosa, cuando no lo es.
Lo que tengo muy claro, es que existe una falla, o existe un vacío en el traspaso de información intergeneracional entre los gays.

Muchos hemos aprendido de los golpes, por nosotros mismos. No hemos tenido, como en el caso de los heterosexuales, un homosexual mayor que nos explique muchas cosas que no entendemos, o que nos muestre que muchos de los miedo o inseguridades que tenemos son infundadas, por lo que todo lo que sabemos de nosotros y de los demás, ha sido básicamente por construcciones individuales, y muchas veces generalizadoras, como cuando los gays buscan en un hombre, el estereotipo de lo que conocen que es seguro, y no pierden tiempo ni energías arriesgándose a conocer a una persona de verdad, fuera del estereotipo.

En este momento, considero que es sano ser un poco más incrédulo, pensar que eso tan bueno no necesariamente es verdadero, así nosotros sepamos que merecemos lo mejor, y que sepamos, que somos lo mejor, o al menos una versión más que decente de ser humano. Entender, una vez más, el dicho muy conocido que dice: “Lo que fácil viene, fácil se va”.

Y siendo honestos, uno puede experimentar una sensación de desengaño, que hasta a los más “fuertes” emocionalmente les hace pensar, si es posible confiar de nuevo. Y si es así, ¿cuando será ese momento?, ¿quien será esa persona con la que, el Nosotros, no sea falso, sino algo, al menos más creíble?