En estos últimos días he estado
pensando en las relaciones que tenemos, las relaciones que contamos, y las que
no contamos, como cuando alguien nos pregunta cuantas relaciones hemos tenido,
y respondemos con el típico número: ¡el tres!. De las otras no hablamos, porque
los gays manejamos dos tipos de cifras en nuestras relaciones, las cifras
oficiales y las no oficiales.
Las relaciones que consideramos
oficiales son de las que se entera todo el mundo. Las que no son oficiales son
de las que nunca se entera la gente; ni siquiera los amigos más cercanos. Hay
relaciones que por las condiciones inusuales en las que se gestan, aspectos
como la distancia, o las diferencias en edad, la forma en que se conocieron por
primera vez, los preconceptos de lo que consideramos ideal para asumir una
relación, pero sobretodo la posible invalidación social de quienes ven con ojos
ajenos esas relaciones, ponen en desequilibrio nuestras nociones de lo real o lo
posible en una relación de pareja.
Pero debemos ser sinceros, ya no
podemos creer que la relación perfecta es la que nace con dos personas que
viven en un mismo barrio, que tienen la misma edad, los mismos antecedentes
socio-culturales, las mismas aspiraciones, y las mismas condiciones económicas.
Nosotros hemos diversificado el mundo, y con ello las relaciones han variado
enormemente, a tal punto que apenas si tenemos idea de lo que nos gusta. Otros,
ni siquiera lo saben.
En esa lucha entre lo que considero como una relación real o no, esto fue lo que me sucedió:
Hace nueve meses, comencé una
relación con alguien que había llegado a Colombia de otro país, a cumplir la
promesa de un encuentro que habíamos acordado llevar a cabo. Estaríamos en una
ciudad que tanto para él como para mí eran un poco desconocidas hasta ese
momento, saldríamos a pasear por la ciudad, a disfrutar de cenas románticas, y
a disfrutar de la intimidad entre dos extraños que sentían conocerse desde hace
mucho tiempo. Cuando él partió de vuelta a su país, asumí que no lo volvería a
ver, hasta cuando terminó volviendo, pero esta vez a mi ciudad, a Bucaramanga.
Cuando llegó, vivimos unos días
comunes y corrientes, un tanto diferentes a esos días deslumbrantes de una
ciudad cosmopolita de Colombia y tuve tiempo para experimentar lo que hace años
no había podido: Hacer muchas cosas al lado de alguien que realmente quería,
que realmente me gustaba, que realmente admiraba. En ese momento, decidí
abandonar mi incredulidad que me había acompañado desde mi última relación, y
creer que algo real se estaba gestando. Sin embargo las relaciones no son
perfectas, ciertamente esta no lo fue. Y mientras pasaban los meses la relación
se deterioró, el trato no era el mismo de los primeros meses, la distancia
comenzó a pesarnos más, y las distracciones (otros tipos) comenzaron a
aparecer de nuevo…
Las palabras, acciones,
actitudes, o sensaciones que pueden hacer a una persona continuar a pesar de, o
terminar una relación, varían en cada persona. Unos siguen con sus relaciones a
pesar del maltrato verbal, otros siguen sus relaciones a pesar de la actitud de
“soltero” del novio (mirones, coquetos con todo el mundo), algunos continúan
sus relaciones a pesar de que terminen descubriendo que su novio no es
exclusivo sexualmente, y otros simplemente, continúan sus relaciones a pesar de
las dudas y las sospechas que nunca pueden confirmar de sus parejas. Algunos
continúan relaciones que aunque no son emocionalmente satisfactorias para ellos,
si lo son económica o socialmente.
Por otro lado, una persona puede
decidir terminar la relación por las mismas razones: porque la persona que
decía amarlo, lo ofendió verbalmente, o físicamente. Porque la sensación de
desconfianza incrementada por la sensación de infidelidad o traición hizo
imposible seguir pretendiendo que todo podía mejorar. Otros se cansan de
depender económicamente de sus parejas y asumen el riesgo de seguir adelante
ellos solos.
Pero estamos acostumbrados a
aguantarnos todo. Nos aguantamos infidelidades, nos aguantamos el maltrato, nos
aguantamos depender de lo que el otro diga o haga y que de acuerdo a eso actuamos.
Nos aguantamos relaciones frías, pero le tenemos pavor a que nuestros amigos
nos vean solos. Le tenemos pavor a la idea de no poder seguir pretendiendo
tenerlo todo, le tenemos pavor a acabar con lo que no funciona y esforzarnos
por construir algo mejor con otra persona distinta.
…En mi caso, creo que viví todo
lo anterior que mencioné, bueno, excepto la violencia física (la ventaja de las
relaciones a distancia). Me aguanté por un tiempo que él coqueteara con otros
tipos, me aguanté insultos, y llegué a depender de lo que él hacía por mí. Pero
después de unos meses de paz ficticia, comprobé con hechos que mientras decía
quererme, quería a otros también. Por eso, tomé la decisión de terminar. Sé que
no fui perfecto, porque también deseé otros hombres mientras estuve con él. Y
creo que llega un momento en el que uno debe ser sincero y darse cuenta de lo
de siempre: “Que esto no va para ningún lado”.
Y sin tener noción de la fecha
que se aproximaba en ese lugar del mundo, terminé eso que llamé relación, días
antes del famoso Día de San Valentín. No le presté atención a ese detalle,
hasta esta mañana cuando llegó por correo una tarjeta, no sabía qué decir. -Es
bonita-, pensé. En terciopelo y cintas
de encaje rojo, en el medio un corazón con una gema roja de plástico también en
forma de corazón, y por dentro unas palabras. - Qué creativos se han vuelto en
la industria de las tarjetas-, fue lo único que se me vino a la mente, y cuando
leí lo que estaba escrito adentro, no sentí nada. ¿Decepción tal vez? Decepción
porque al parecer los hombres con sus gestos simples pretenden conciliar el
dolor con el olvido.
Al respecto, entendí algo nuevo:
Cuando en nuestras vidas no hemos tenido grandes gestos de amor de otros
hombres, cualquier gesto simple nos asombra. Pero no a mí. Sabiendo que mientras
esa carta viajaba a mi casa, el otro estaba haciendo el papel de casanova con otros
“amigos”…Y pensar que deseé algún
día casarme con esa persona...
Sé que en la actualidad, el terminar
y volver se ha convertido en un círculo vicioso, ya nadie termina una relación
porque “uno nunca sabe”, pero como persona orgullosa que soy y un poco
tradicional, con el hecho de terminar esa relación, le he dado un valor
superior a dos cosas: mi dignidad y mi libertad. Sin embargo muchas veces las
afectamos de manera negativa y no nos damos cuenta, solo nos percatamos de que
existen, en momentos como este en los que presumimos estar más conscientes,
donde hacemos promesas revolucionarias, libertarias…Hasta cuando llegue otro y
dejemos que las pisotee. Pero por ahora mi dignidad y mi libertad están a
salvo.
Cuando otro episodio de mi vida
llega a su fin, no puedo evitar preguntarme acerca de lo que viene en el
futuro. Sin embargo lo que me motiva es la idea de que siempre puede llegar
alguien mejor. Esa idea me da optimismo, y cuando me sienta un poco mal, para eso estará la canción “I Will Survive” de Gloria Gaynor, pero
sobre todo, espero que estén ahí mis amigos.