Recuerdo, que hace muchos años, cuando ni siquiera usaba la palabra gay ni mucho menos sabía lo que significaba, conocí a un niño al que llamaremos Lucas. Lo conocí como a cualquier otro niño, en la interacción más simple que uno puede tener, pero que cuando uno crece tiende a olvidar.
Fue en su fiesta de cumpleaños, y desde que lo vi me llamó la atención. Simplemente quería hablarle, hacerme notar, y solo recuerdo que por un incidente en su fiesta logré hablarle, creo que fue porque él se había agarrado a pelear con otro niño. Y yo, obviamente, me puse del lado de Lucas. Desde ese momento, así de simple, nos hicimos amigos.
Empecé a ir a su casa muchas veces. Admiraba sus juguetes, el olor de su cuarto, el aroma de su ropa colgada en el closet. Había algo que me parecía increíblemente atractivo en él, además que si lo pienso ahora, era un niño muy lindo, al que se le formaban hoyuelos en sus mejillas cuando sonreía. A veces pensaba que quería ser como él, tan perfecto y a la vez tan sencillo. Recuerdo también que cada noche salía al balcón del apartamento cuando oía la camioneta de su papá y siempre esperaba verlo bajarse. Mientras relato esto, me sorprende que no haya podido ponerle un nombre a lo que sentía en ese momento. Solo sé que quería ser como él, para agradarle más, aún cuando sentía que era un rival al mismo tiempo, alguien que necesitaba superar.
Nunca lo hice, porque antes tuve qué mudarme de casa, y no lo volví a ver. hasta que un día, en una peluquería donde hombres de más de cincuenta años con sus nombres en placas metálicas en cada espejo cortaban el pelo y la barba de quienes iban, al mejor estilo de las barberías antiguas, lo vi sentado en una de las sillas, y sentí mucha emoción, especialmente cuando sonrió al reconocerme. ¡No podía creer que él fuera a la misma peluquería que yo! Así que cuando el peluquero-barbero me preguntó qué quería, le dije; “quiero el mismo corte que él”, señalando a Lucas mientras se iba.
Hoy me he puesto a pensar en lo que desde mucho tiempo atrás, a veces sin darnos cuenta, hemos hecho por querer ser como esos hombres que son atraen, esos hombres que anhelamos pero que sentimos muy por fuera de nuestro alcance. Lo que como hombres hacemos para agradar a otro, sin importar el esfuerzo que hagamos, y aún muchas veces frustrándonos cuando vemos que nuestras acciones no dan el resultado que esperábamos.
Por los hombres, hemos esperado más de media hora en una cita, a veces horas, para terminar recibiendo una llamada de que el otro no puede ir. Y aun así, no nos negamos a una cita en el futuro con el mismo que nos dejó plantados. Por los hombres hemos usado nuestro dinero de los gastos diarios, solo por querer invitar a otro a una cena o unos tragos y poder disfrutar de su compañía un momento, para terminar escuchando historias de sus ex novios y de por qué no quiere tener una relación con nadie por ahora.
Por los hombres hemos silenciado las opiniones de amigos, familiares, y todo aquel que se pronuncie en contra de nuestra idea de relación perfecta con ese no tan perfecto personaje, ese que nos despierta pasiones bajas y que obnubila con sus encantos cualquier intento de mirada objetiva hacia él, sus verdaderas intenciones y el tipo de relación a la que podemos aspirar estando con él.
Por los hombres hemos prestado dinero que nunca ha vuelto a nuestras manos, y como me pasó recientemente, por un hombre me puse de detective para desenmascarar a un gay de closet que lo rechazó, y solo por agradarle, accedí a sacar información y una imagen del otro para decirle; “mira es alguien feo, Y es un idiota por haberte rechazado”.
Por los hombres hemos pasado tiempo pensando, ¿a dónde debo invitarlo? ¿Le gustará? Y si no le gusta ¿no me volverá a hablar jamás? ¿Creerá que soy un pobretón que no le puedo dar lo que se merece? Por ellos hemos esperado horas por la llamada que nos prometieron, y hemos pasado horas frente a un computador esperando que se conecte para poder hablar.
No podía faltar la duda más típica de todas, cuando queremos agradar a alguien por medio de nuestra apariencia ¿Qué me pongo? ¿Y si no le gusta cómo me visto? ¿Le gustaré menos si me visto como no se lo esperaba? Creo que alguna vez conté, cuando en una de mis malas citas, fui rechazado por haberme vestido muy bien, solo porque en mi mente estaba el querer vestirme para que el otro se deleitara, y lo que terminó haciendo fue descalificar mi inútil esfuerzo, especialmente cuando él no había hecho ninguno. Y yo terminé llamando a mis amigos para que me rescataran de ese fiasco de cita.
Llegamos a un punto en el que nos criticamos muy fuertemente porque no resultamos como otro quería, terminamos pensando que no somos suficientemente atractivos porque el otro nos ignora, o que no somos suficientemente interesantes porque el otro no responde a nuestras historias de vida. Nos hemos preocupado tanto por gustar, que prácticamente nos arrastramos por otro, a veces sin saber por qué, sin siquiera tener certeza de lo que estamos haciendo para que el otro se fije en nosotros. Es como si tuviéramos qué hacer malabares solo para lograr tener un poco de su atención, para que luego terminen fijándose en otro que es mucho mejor que nosotros tanto físicamente como económicamente o socialmente.
Todo esto lo digo desde la perspectiva de alguien que ha sentido que tiene qué salir a buscar, porque sabe que no es como otros a los que todo les cae del cielo. Sé que ustedes han vivido estas y muchas otras situaciones similares. Y a veces pienso que hemos sido entrenados a pensar en forma negativa de nosotros, por eso creemos y le damos más importancia a las opiniones negativas que otros tienen, y son estas las que delinean muchas veces nuestra forma de actuar hacia los demás. Actuamos para gustar, para impresionar, para agradar a otros, aún cuando nos sentimos como los peores actores de ficción.
Pienso en esos animales de circo a los que entrenan para tener miedo, para ser sumisos frente a sus domadores, y no puedo evitar sentir cierta similitud entre esos animales y muchos de nosotros. Si no sabemos lo que somos, especialmente en esos años adolescentes cuando nuestras relaciones con los hombres pasan de simples miraditas y delirios sentimentales, a verdaderas interacciones en todos los sentidos, cualquiera puede hacernos creer que no somos atractivos, que no somos interesantes, que no somos agradables y que siempre, siempre, será el otro quien defina mi posición en una relación, quien defina cómo debo ser ante él, cómo debo comportarme en público o con sus amigos para que no se disguste conmigo.
La situación se torna tan paranoicamente desgastante, que terminamos explotando, y sé que muchos hemos tenido esas sensaciones liberadoras cuando decidimos romper con tanta falacia, con tanta dependencia, y con tanto hermetismo por pretender ser frente a otro, quien no somos.
Llega un punto en el que nos preguntamos ¿Por qué somos tan idiotas? ¿Por qué hicimos todo por ellos con las mejores intenciones y terminamos en la nada? ¿Por qué llegamos a convertirnos en alguien tan irreconocible que no podemos enfrentar en un espejo?
Afortunadamente de esas experiencias tan incómodas y hasta vergonzosas, uno aprende, uno deja de ser adolescente y en algo cambia nuestra forma de actuar. Especialmente cuando empezamos a conocer personas que reconocen lo valioso que tenemos y que dan lo que otros nunca dieron por uno. El cambio de referentes y una visión más positiva de nosotros generan un cambio en la balanza de poder. Ya no es el otro quien dicta cómo debo ser para agradarle. Ahora soy yo quien elijo a quien agradar. Y ya no espero a que otro reaccione después de las mil cosas que he hecho por demostrar mi atracción hacia él. Ahora yo doy el primer paso y si nada sucede, lo mejor es seguir adelante, al menos quedo con la certeza de que hice el intento, di lo suficiente y sencillamente, el otro…no era para mí.
Ahora yo doy el primer paso y si nada sucede, lo mejor es seguir adelante, al menos quedo con la certeza de que hice el intento, di lo suficiente y sencillamente, el otro…no era para mí.
ResponderEliminar