viernes, 21 de enero de 2011

EL MATRIMONIO EN QUE NO CREO.


Para empezar quisiera aclarar que no estoy en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, o entre personas de orientaciones no heterosexuales. Considero que quienes aspiran a esta expresión de unión entre dos personas, deben tener el derecho de hacerlo, pero eso no quiere decir que por ser gay y apoye (aunque de lejos) la causa, no pueda criticarla, y que además no quiera o piense en casarme (no cazarme) con un hombre en el futuro, pero en la forma de matrimonio que quiero, no la que me dijeron que debe ser.

Hay algo en lo que no estoy de acuerdo, y es el hecho de imitar esta figura de unión entre dos personas, originaria de la sociedad heteronormativa. Especialmente, cuando estas parejas no cumplen con lo que es efectivamente el matrimonio; una unión entre dos y solo dos personas.
¿Creen que eso es algo nuevo para los gays? Absolutamente no. Hemos sido poliamorosos en la mayoría de relaciones que sostenemos en nuestras vidas, ¿Y ahora nos queremos meter en el costal de la monogamia? Eso es tan ilógico como pretender que Vishnu se ponga un chaleco con solo dos mangas.

Los heterosexuales tampoco son puramente monógamos cuando se casan, eso lo sabe todo el mundo, y todo el mundo ya se burla de la monogamia heterosexual especialmente cuando se trata del sexo monógamo, pero estos, más expertos en el matrimonio, han sabido mantener esta “institución” a lo largo de los años, bajo la falacia de que es única y exclusivamente entre dos personas. Pero no es así, y si que menos lo es entre las parejas gays, pero los heterosexuales “de mente abierta” nos siguen la corriente, mientras nosotros hacemos todo un espectáculo por el matrimonio entre dos personas…Ellos y ellas ya saben de qué se trata.

Sé de casos, que no vale la pena mencionar, en los cuales, dos hombres a pesar de estar casados, mantienen relaciones alternas, conservando solamente la “unión” legal y el lazo emocional que el tiempo y la costumbre puede dar a dos personas que se la pasan juntas.

Entonces no puedo evitar preguntarme ¿Por qué nos casamos, cuando no somos capaces de estar en pareja, y especialmente cuando ya hemos visto cómo los heterosexuales han fracasado en el mismo intento?
Sé que para aprender, no es únicamente necesario la experimentación, sino también es posible por medio de la observación y la experiencia de otras personas, lo que nos permite no solamente dejar de cometer los mismo errores, sino actuar de mejor manera, por lo que no entiendo por qué los gays insisten en casarse, si de antemano, con ejemplos de sobra, sabrán que el matrimonio entre dos personas es una empresa que en la mayoría de los casos, dejará más perdidas que ganancias.
Aún así, la gente sigue diciendo que “hay que tener fe”, que algunos matrimonios (heterosexuales) han fracasado, pero eso no quiere decir que todos vayan por el mismo camino, sin embargo, los datos no dicen que son solo algunos, sino que los divorcios son demasiados, y cada año van en aumento.


Pero, seguramente es por las ganancias que otorga el matrimonio, que a todos en algún momento de nuestra vida se nos ha metido la idea de casarnos.
Y no podemos culparnos. El matrimonio efectivamente provee algunas cosas fundamentales que como solteros no necesariamente podemos sostener con la misma facilidad: principalmente, al menos en el caso de dos gays con estabilidad económica, la unión de los bienes materiales incrementa la riqueza mutua. En la parte sexo afectiva, el matrimonio provee compañía durante el tiempo de convivencia continua, además de sexo permanente y garantizado, al menos a las parejas que no sufren de disfunciones sexuales, o de aburrimiento.

Pero qué pasa cuando eso no es suficiente, y buscamos algo más, o mejor, alguien más, ¿No estamos rompiendo la primera condición del matrimonio? ¿La monogamia sale volando por la ventana?

En la historia de la humanidad, la monogamia, no es tan antigua y única como la pinta la tradición judeo-cristiana. En el mundo han existido uniones diferentes, como la poligamia, en sus formas de poliginia y poliandria, la primera siendo el caso más predominante en las culturas de todo el mundo.

Por eso, no entiendo por qué, habiendo la posibilidad de diferentes uniones, los homosexuales decidieron luchar por la más simple e hipócrita; la monogamia.
Y lo digo en esas palabras, porque en una relación de dos hombres que se casan pero tienen amantes, en la mayoría de los casos es uno solo el que los tiene y es uno más que el otro quien motiva a una relación “abierta” pero con el mantenimiento de los intereses utilitaristas con los que se conformó la unión, sencillamente el matrimonio monógamo pierde sentido, porque la relación deja de ser de dos, y se convierte de tres, o de cuatro, y sin cláusulas de permanencia.

Los gays en su afán por ser normales, es decir, estar dentro de la norma, de lo común, creyeron que con el matrimonio lograban igualdad de derechos, libertad, triunfo sobre la homofobia, la discriminación y la ignorancia religiosa, pero en realidad han quedado encasillados en otra tradición, tradición que una vez más no confirma nada distinto a la forma de hacer de los heterosexuales. De hecho hay gays que ya piensan que el matrimonio es un deber en el camino a ser “felices” y “normales”. ¿Podemos soportar tanto cinismo? ¿Acaso empezarán a aparecer familias con hijos gays que los presionarán para que se casen y arreglarán matrimonios, como otrora, con los hijos heterosexuales?

Respeto el hecho de que las uniones entre dos personas del mismo sexo sean uniones de dos ciudadanos, no dos creyentes religiosos. Y lo siento, pero siempre me ha parecido que el gay-católico es una denominación que primero no va bien junta, porque es como cuando se ama al verdugo. Un verdugo histórico que muchos no queremos olvidar por la persecución de ayer y la hipocresía de hoy.
Pero no faltan, por supuesto, los gays católicos que anhelan casarse por la iglesia. Y bueno, en aras del respeto por la libertad de culto, no puedo hacer más que darles paso, pero repito, no voy a dejar de dar mi opinión del asunto.

No creo en el matrimonio que se mantiene a ultranza, y no creo en un matrimonio donde los intereses materiales son el principal motivante. Pero ese dilema de conciencia no me corresponde, le corresponde a quienes están casados, le corresponde a los “monógamos”. Aunque no me sorprende que los matrimonios gays que se forman con el paso del tiempo, hagan como los matrimonios heterosexuales más tradicionalmente “normales”; Que cuando todo va mal, y hay problemas lo mejor es guardar las apariencias.

Volviendo con el tema de otras uniones en la historia de la humanidad, algo similar pero a la vez muy diferente que explica la dinámica de las parejas casadas tanto heterosexuales como homosexuales, es el poliamor.

El poliamor es, palabras más palabras menos, una unión entre dos o más personas por medio de un vinculo afectivo sexual, sin necesidad de esas “ataduras” legales, que puede ser permanente o fugaz, pero que la mayoría de los casos es fugaz y relacionado directamente con el compartir momentos sexuales. No hay más garantías que las que ofrecen las emociones. Emociones que en los gays resultan altamente cambiantes.

Si existe el poliamor, ¿Para qué nos casamos? La respuesta parece obvia: Para mantener nuestros intereses materiales. Además, porque no nos gusta mucho la idea de tener algo y perder algo, por lo que se prefiere tener ambas cosas.

Un aspecto interesante de los matrimonios actuales que no son tan monógamos, es que siendo occidentales, imitan muy bien, excepto tal vez por la forma de vestir, a las uniones poligámicas musulmanas (que no se pueden confundir con las uniones poliamorosas), con algunas excepciones de países donde no es legalmente reconocida o socialmente aplicada. En estas uniones, generalmente poligínicas, el hombre casa una esposa, la divorcia, se casa con otra, la divorcia, se casa con otra y la divorcia, hasta casarse con una cuarta, sin divorciarse, y sin embargo, sin perder el vínculo con las demás esposas no solo emocional, sino material. Me pregunto si quienes se casan y además tienen amantes alternos verán alguna similitud con este tipo de unión.

Imagino a tantas parejas gays que en este momento están casadas en todo el mundo. Los imagino de todas las edades, tamaños y razas, y admito que el matrimonio es un fenómeno inevitable e imparable, pero no puedo dejar de ver sus vacíos, a pesar de pensar en que seguramente quienes decidieron dar ese paso, les ha costado bastante y que es gracias a la voluntades de quienes han luchado por lograr ese objetivo, y no fin, porque considero firmemente que nuestro fin último como homosexuales no puede ni debe ser el matrimonio y la adopción, pero insisto firmemente también en que si ha de hacerse así, ha de hacerse bien, es decir, cumpliendo el pacto como originalmente lo asumen quienes se casan, en pareja.
Pero no me llamen idealista, son los que se casan sin ser capaces de mantenerlo, los verdaderos idealistas.
  
El arco iris mareó a algunos más de la cuenta. En vez de hacerles ver con ojos nuevos el mundo diverso, tanto color los volvió daltónicos, sin la capacidad de diferenciar matices. Sin diferenciar que lo que buscan no es multicolor sino en realidad es blanco y negro, algo plano y nada creativo, al menos, para lo que como gays podríamos lograr en la sociedad.







sábado, 11 de diciembre de 2010

MASTURBARSE O MORIR


Cuando me preguntan cuanto tiempo llevo soltero, y digo que han sido cuatro años, una de las preguntas que surge es ¿y cómo haces con el sexo? Me parece curiosa la pregunta, dado que todos sabemos que ni los heterosexuales necesitan casarse para tener hijos, ni los gays necesitan tener pareja para tener sexo.
Aún así, respondo; Me masturbo.

Así es, como muchos de ustedes lo hacen, y no lo dicen, o no lo aceptan. Y seguramente deben pensar “Es que eso es algo privado, es algo personal”, muy al estilo de lo que dicen los gays de closet al referirse a su orientación sexual cuando alguien les pregunta. Pero eso si, no es personal ni privado el dato de los centímetros del que ya sabemos, y que no se nos olvide mencionar el rol sexual. Esos si que son datos públicos, ¡Para que no se de lugar a las confusiones!

Por eso, siempre me he preguntando, ¿Por qué los gays hablan tanto de los veranos, y no hablan de la masturbación? ¿Que es entonces lo que realmente hacen en ese tiempo cuando no tienen con quien?
Hay dos extremos en cuanto al tema, que siempre me han molestado. Aquellos que se la pasan quejándose de sus largos veranos, y aquellos que viven buscando sexo. Los unos, viven hablando con sus amigos de que hace un mes nada de nada, con nadie (uno o dos meses les parece una eternidad), que no saben qué hacer, que se mueren. Los otros, que pululan en los sitios web de contactos gays, en vez de saludar, inmediatamente preguntan: ¿Edad? ¿Rol? ¿Tienes sitio?

Y los dos, terminan haciendo lo mismo: Masturbándose. Los unos, porque se aburren de esperar, y los otros, porque buscar no siempre significa encontrar, y se desahogan con algún video porno, o algún recuerdo vívido de la última experiencia sexual (satisfactoria). Por ello, no entiendo ni la angustia, ni el afán. No tiene sentido cuando para eso nos tenemos a nosotros mismos. Me puedo complacer tal y como quiero, sin hablar, sin pedir permiso, pero sobre todo, sin rogar.

Después de cuatro años terminé adoptando el lema, “Masturbation It’s Survival”, porque en inglés suena más bonito. La masturbación, es en definitiva nuestra arma sexual para sobrevivir a nuestros desbordados deseos.  
Nos permite sobrevivir a largos o cortos veranos, dependiendo de la percepción, sobrevivir a las enfermedades de transmisión sexual, hasta sobrevivir a los malos amantes o malos polvos que le llaman. ¿No es eso espectacular?

No vayan a pensar algunos ahora, que soy como esos gays que no tienen sexo real en vivo y en directo porque le tienen miedo a las enfermedades, o porque siendo de closet, como algunos sufren de delirios de persecución, prefieren el cyber sexo, o simplemente no tener contacto sexual alguno con otros hombres y se la pasan fantaseando nada más. Se trata es de que seamos sinceros de una vez por todas. Decir que nos masturbamos, una, dos, tres o más veces por día cuando nos place, cuando descubrimos que no es absolutamente necesario e imprescindible otro para complacernos o satisfacernos sexualmente.


Además, me he dado cuenta que el masturbarse regula el apetito sexual, así como regula la percepción y el deseo hacia otro hombre.
Puede que queramos tener sexo con alguien, por puro capricho, pero luego de masturbarnos, lo pensamos mejor, “¿Realmente quiero acostarme con él?”
Deberíamos usar la masturbación más a menudo para eso, cuando la razón no funcione muy bien. Así, podríamos evitarnos algunas decepciones, como que por necesidad hayamos pasado de querer acostarnos con Mr. Músculo a acostarnos con Mr. Barrigón.

Y algo de lo que tampoco hemos querido hablar abiertamente, es de las decepciones sexuales ¿por qué entre los gays se perciben tantas decepciones amorosas, pero no se perciben tantas decepciones sexuales? ¿Será que no las hay, o será que se evita el tema?
Porque no creo ser el único que se ha arrepentido de haberse acostado otro hombre.
Ese hombre que no es para nada agraciado, pero que tiene lo necesario para pasar el rato. Ese hombre protagonista de “El Primero Que Llegó”.

Aunque nos arrepentimos, nadie puede saber de esa vergüenza, porque para eso tenemos la doble moral; aunque no siempre es el otro el culpable, en nuestra versión de los hechos, el mal polvo siempre resuelta siendo el otro.

Entre todos los estereotipos que nos ha asignado la sociedad heteronormativa, así como entre los estereotipos que nos hemos asignado como gays, hay uno que en gran medida revela el por qué no hablamos de la masturbación, no hablamos de nuestras insatisfacciones sexuales, no las aceptamos y mucho menos hacemos algo para mejorar eso: El famoso estereotipo del gay promiscuo. Ese estereotipo con el que hemos luchado durante mucho tiempo, desde que asumimos la idea de que por ser gays debíamos ser sexualmente activos. Y sexualmente activos cada vez más jóvenes, ¿O debería decir, cada vez más niños?

Pero el problema no es la cantidad de sexo que tengamos, como si es un problema que vivamos solapando el hecho ante los heterosexuales, y mayor problema aún, que seamos sexualmente activos sin pensar ¿Nos sentimos realmente satisfechos después de tener sexo? Y si no, ¿Por qué no?
Porque en el ser sexualmente activo, está el ignorar al otro en gran medida, el ignorar la insatisfacción, creyendo que si uno no funcionó, al reemplazarlo por otro el problema acaba. Y pensar ingenuamente, que el número acumulado de compañeros sexuales nos hace más plenos o más expertos.

Seguimos viendo al mismo personaje buscando sexo en la página de contactos, que no sabemos si encuentra lo que busca, que no imaginamos su grado de insatisfacción sexual. Pero que seguramente termina buscándose a sí mismo, disfrutando de si mismo, sin condiciones, sin condón y lo mejor, sin cuota de motel. Y ya sea que se masturbe “porque le tocó” o por gusto, se masturbó, y sobrevivió, un día más.

Y si bien alguien dijo que para amar a alguien primero uno debe aprender a amarse uno mismo, yo diría que para amar a otro, se incluye el aprender primero a masturbarse uno mismo.

viernes, 24 de septiembre de 2010

CATOLICISMO, FUERZAS ARMADAS Y FUTBOL

¿Qué tienen en común el catolicismo, las fuerzas armadas y el futbol?

En el mundo  heteronormativo, patriarcal, machista o como lo quieran llamar, han existido tres inventos que se distancian de su cultura creadora, porque poseen un denominador común totalmente opuesto a la idea por la cual fueron creados; La permanencia de un sistema humano binario, reforzador de las diferencias entre los sexos y los géneros y de la concepción de “supremacía masculina”.

El catolicismo no podría parecer más disímil de las fuerzas militares, o del futbol, si no es porque en los tres ámbitos se anida lo que para mí ha sido la burla, el sabotaje máximo que la homosexualidad, como categoría, ha logrado frente a la rígida visión del mundo creada por heterosexuales.
La homosexualidad presente en estos espacios es en definitiva ese denominador común y esa burla de la que estoy hablando.

Y digo burla, porque ante tanto cinismo, castración de la humanidad y la doble moral que subyacen en estos espacios, la omnipresencia histórica de la homosexualidad, allí ha logrado manifestarse desestabilizando creencias y ese cinismo producto de siglos de culto incuestionable a estas instituciones.

Las referencias que nos brinda la televisión “apta para gays”, es decir, la pornografía, registran con amplitud esa fantasía creada por unos y difundida por muchos, donde los uniformes; el de futbolista, el de militar, el de cura, el de bombero, el de médico, son la constante recreativa de una realidad cada vez más visible, ¿O es que acaso no hemos querido alguna vez hacer un juego de roles sexy con alguno de esos uniformes incluidos? Ahí, donde se encuentran esos “verdaderos hombres”, son cada vez más frecuentes las experiencias homoeróticas entre sus miembros.
La fantasía, se ha vuelto realidad.

No culpo ni critico a quienes tienen debilidad por los militares o que alguna vez en su vida tuvieron una relación con un enviado de Dios. Pero después de estudiar cinco años en un colegio católico, de “solo hombres”, y de vivir seis años en un barrio que está rodeado de dos batallones, es inevitable no fantasear ni sentirme atraído por estos personajes, sino también develar la falacia de unas instituciones y sujetos tan “políticamente correctos”.

No voy a discutir la relación entre homosexualidad y pedofilia, con la que usualmente se aborda la situación por parte de religiosos, principalmente porque no existe tal relación, más que por el hecho de distraer la atención, librarse de culpas y responsabilidades en los casos de abuso sexual de niños por parte de eminencias (o en su defecto lacayos), de la iglesia católica.
Además, porque así como la antropología explica el tabú del incesto como una de las primeras muestras de cambio cultural de las comunidades primitivas (o primeras) en su organización social, y este tabú se ha mantenido hasta la actualidad (con sus múltiples excepciones), considero firmemente que hay un tabú que debe permanecer,  al menos para el caso de occidente (porque yo solo no puedo pedirle a todo el mundo que cambie), Y es el tabú hacia el cuerpo de los niños y las niñas, y que estos no sean el objeto sexual de ningún adulto.

Uso el término “tabú”, porque muchas personas, en especial las religiosas, están más familiarizadas con el lenguaje mítico y de esta manera le dan más importancia al asunto. Pero si asumimos que con ese lenguaje tan básico entienden mejor, me pregunto ¿Por qué será que violan constantemente el mismo tabú?

Imagino que un día, los hombres que dirigían el mundo siglos atrás se reunieron a organizarlo de manera tal que pudiera vivir allí su descendencia.
Entonces crearon los ejércitos, para entrenar en la guerra a sus hijos más fuertes, y así pudieran defender al pueblo de los enemigos.
Crearon el futbol para jugar, divertirse, afianzar la identidad grupal y el trabajo en equipo, e impulsar el espíritu de la competencia.
Y crearon un dios y una religión, para explicar lo inexplicable, rendir tributos por sus difuntos y crear lazos espirituales en su comunidad y con el más allá.

Se deben estar revolcando en las profundidades de la tierra los restos fósiles de estos hombres al saber que durante mucho tiempo, en las frías noches que soportaban los guerreros, estos se daban calor unos a otros por medio de besos y caricias, el sudor corriendo por sus cuerpos frenéticamente entrelazados haciendo el amor (por darle un toque romántico), ocultos en trincheras, disfrutando de placeres prohibidos.

O si, como lo veo yo y muchos más, el jugueteo inocente de golpearse el trasero con una toalla mientras los jugadores se cambian después de un partido de futbol, no fuera una simple broma sino un subliminal coqueteo que podría terminar en la ducha, dos hombres mirando furtivamente sus cuerpos desnudos, sintiendo lo indescriptible, lo inmencionable.

O si supieran de todos los líderes religiosos enamorados de monaguillos  que sedujeron u obligaron, en esa lógica de sumisión tan cristiana, a tener relaciones sexuales, o esos seminaristas camino a la santidad que rompieron en múltiples ocasiones la promesa de celibato, olvidando junto a sus votos el ego espiritual  dado por eso que llaman “espíritu santo”, para ceder a su humanidad, a su débil carne.

Los anteriores son solo ejemplos de lo que muchos hombres han vivido a lo largo de la historia en estos lugares. Sucesos de la cotidianidad que han sido escondidos por sus protagonistas e inadvertidos por una sociedad que asume como incorruptibles sus instituciones, así como incorruptibles asumen las ideas por las cuales estas fueron creadas.

Lo curioso es que aunque sucedió, sucede y seguirá sucediendo, quienes tal vez sin querer, han transgredido el orden tradicional de esas instituciones, siguen sosteniendo inútilmente una idea vacía y anticuada de una perfecta y homogénea iglesia de hombres y mujeres heterosexuales.  De un deporte donde lo único que quieren meter sus jugadores es una pelota en un arco, o  de un ejército en el que sus hombres de honor a lo único que aspiran es a defender a su patria, casarse y tener hijos (o viceversa), con una mujer.

El futbol, el catolicismo y las fuerzas armadas se convierten entonces en los espacios de homosocialización (o debería decir, homosexualización) por excelencia, a expensas de los ingenuos heterosexuales que una vez vislumbraron estos espacios como exclusivos de “meros meros machos”.

Tal vez, al socavar las bases fundadoras de estas instituciones por medio de la configuración de relaciones distintas que poco a poco saldrán a la luz, haciendo insostenible esa solapada doble moral, podría hacerse realidad ese miedo de muchos y ambición de algunos; los gays dominarán al mundo, o en su defecto lo harán más equitativo (en teoría).

Y si esto llegara a ser realidad antes de morir rostizados por el calentamiento global, o extinguidos por los meteoritos, desearía que las creaciones socio-culturales futuras de los gays fueran, ojala, menos hipócritas que sus predecesoras.

domingo, 19 de septiembre de 2010

EL FALSO NOSOTROS


Pretender. Pasamos nuestra vida pretendiendo, aparentando. Aparentamos un color de cabello distinto, aparentamos mintiendo con nuestra edad, aparentamos en nuestras relaciones sociales, como cuando exhibimos a novios trofeo.
Siempre queremos dar nuestra mejor impresión a los demás, al menos a quienes nos interesan, por el motivo que sea. Nos pintamos como el más interesante, él más inteligente, el más agradable, el más gracioso, el más generoso, el mejor amigo, el mejor novio, y una cantidad de atributos o cualidades que no nos creemos ni nosotros mismos. Las exigimos de los demás, pero si llegara el momento de que nos pidieran lo mismo, seguramente lo que haremos es salir huyendo, porque sabemos que se acabó la farsa.

Y farsas, hay de muchos tipos. Así como muchos tipos, resultan siendo una farsa.
En especial, el hombre farsante que más me interesa en este momento, es aquel que usa el “nosotros” para obtener un beneficio individual. Ese que nos hace creer, hasta a los más incrédulos, que el “nosotros”, si es real.

Lo primero que nos hacen creer, es que les gustamos de verdad. Y ahí está la primera trampa. En especial cuando ese gusto no nace de una interacción personal. Pero caemos en la trampa. Y creemos que lo que nos dice es verdad. Creemos que le gustamos, pero, lo que no sabemos, es cuantos más son del agrado del otro. Vaya lío.

Lo segundo que hacen, es hablar de su hoja de vida, de lo que les gusta, de lo que no les gusta. De lo no que no tienen, y especialmente, de todo lo que tienen. O mejor dicho, de todo lo que nos quieren hacer creer que tienen. Eso, la mayoría de los casos, proyecta una imagen del típico hombre ideal. Tan bueno que no puede ser cierto. Y es que no lo es. Pero como digo, aún no nos damos cuenta.

Y lo tercero, lo que da la estocada final, es la intención. La propuesta del nosotros. “¿Quieres ser mi pareja?” O como la mayoría de estos farsantes lo hacen, sin preguntar, sino que lo van afirmando, sin dar lugar a pensarlo: “Quiero que seas mi pareja”.
Y bueno, cuando uno le sigue creyendo, y aceptando, ese falso nosotros (del que, repito, no nos hemos dado cuenta) Estamos metidos en un gran, gran mentira.

Después de unas semanas de vivir en esa bella mentira, en creer, que esta vez si seré feliz, que esta vez si encontré a la persona indicada con quien compartir mi vida, que esta vez, si valdrá la pena hablarle a mis amigos y a mi familia del personaje, y que lo mejor de todo, me dan ganas hasta de presentarlo, es ahí, en ese preciso momento, cuando las inconsistencias empiezan a salir a la luz.

De repente, empiezan a aparecer los problemas. Y que pueden ser de cualquier tipo, al fin y al cabo, las mentiras, siempre resultan muy creativas, por lo que no podría señalar todos los tipos de excusas con las que empiezan a salir estos falsos príncipes.
El hecho es que uno empieza a dudar, y cuando la duda se siembra en el cerebro, al menos a algunos de nosotros, es suficiente para prepararse para lo peor, porque es que, cuando uno tiene la suficiente experiencia, si no para detectar a los mentirosos, al menos de tantos fracasos (con fracasados) uno ya tiene planes de contingencia.

Las alarmas se activan, las preguntas capciosas empiezan a efervescer, esas preguntas detectivescas, que bien hechas, ponen nervioso al otro farsante.
Por lo que, como es de esperarse, ese “nosotros” empieza como el oro falso cuando se prueba, a negrearse, y entonces uno simplemente espera a que termine de mostrar su verdadero color.

Entonces, los planes de viajar se hacen imposibles, debido a una agenda apretadísima, dificultad para viajar, lejanía, falta de dinero. Etc.
El plan de reunirse con los amigos y la familia para hacer la correspondiente presentación “en sociedad” al estilo “Crillon Ball” pero versión colombiana, queda cancelada, más por vergüenza propia, que por el hecho de que el otro no salió con nada, y que es el otro, en realidad, el culpable.

Lo más patético del asunto, es cuando la situación llega a los oídos cercanos. Y todo, porque uno se adelanta a los hechos, a la realidad, y uno pone en su Factbook “en una relación”, cuando uno en realidad todo lo hace en las nubes, sin haber aterrizado en la realidad. Pero uno quiere creer que las cosas si van a funcionar, y uno calla la voz de esa intuición que le dice “¡No lo hagas público aún, No lo hagas!” Pero impulsivos como a veces nos comportamos, por lo que yo creo que se debe a una falta de auto actualización en cuanto a lo que relaciones sentimentales serias y permanentes se refieren, hacemos el ridículo asumiendo ideas que no tienen sustento de realidad.

Y por eso, es que la culpa no es del otro solamente, como pareciera que lo afirmara antes. La culpa, o mejor dicho, la responsabilidad, también es propia. Por no saberlo todo, por ser tan crédulo con los desconocidos. Y por pensar, a pesar de tantos fracasos que deberían enseñarnos a no cometer dos veces el mismo error, que el mundo es color de rosa, cuando no lo es.
Lo que tengo muy claro, es que existe una falla, o existe un vacío en el traspaso de información intergeneracional entre los gays.

Muchos hemos aprendido de los golpes, por nosotros mismos. No hemos tenido, como en el caso de los heterosexuales, un homosexual mayor que nos explique muchas cosas que no entendemos, o que nos muestre que muchos de los miedo o inseguridades que tenemos son infundadas, por lo que todo lo que sabemos de nosotros y de los demás, ha sido básicamente por construcciones individuales, y muchas veces generalizadoras, como cuando los gays buscan en un hombre, el estereotipo de lo que conocen que es seguro, y no pierden tiempo ni energías arriesgándose a conocer a una persona de verdad, fuera del estereotipo.

En este momento, considero que es sano ser un poco más incrédulo, pensar que eso tan bueno no necesariamente es verdadero, así nosotros sepamos que merecemos lo mejor, y que sepamos, que somos lo mejor, o al menos una versión más que decente de ser humano. Entender, una vez más, el dicho muy conocido que dice: “Lo que fácil viene, fácil se va”.

Y siendo honestos, uno puede experimentar una sensación de desengaño, que hasta a los más “fuertes” emocionalmente les hace pensar, si es posible confiar de nuevo. Y si es así, ¿cuando será ese momento?, ¿quien será esa persona con la que, el Nosotros, no sea falso, sino algo, al menos más creíble?

jueves, 29 de julio de 2010

POR EL DERECHO A SER FEO Y EXIGENTE

Ya sabemos que la belleza es relativa, según la cultura y los ojos de quien la aprecie. Y esto que escribo no es para hablar de la palabra belleza, ni para hacer claridad en el termino. Así que no pienso discutir con nadie que me critique el hecho de que yo use las palabras “belleza” o “fealdad” sin explicarlas, o porque no incluyo a los heterosexuales en el tema. 

Hace un tiempo, alguien me dijo que yo no era lo suficientemente bonito para exigir todo lo que le exijo a los hombres con los que quisiera tener una “relación”. Que no puedo exigirle nada a nadie con quien yo quiera interactuar solo porque no soy lo suficientemente bonito.

Esa idea la hubiera ignorado, ya que venía de un desconocido, si no fuera porque en otras ocasiones, distintas personas me habían insinuado lo mismo. 

Entonces, reaccioné. Me surgió una idea. Luego de insultar mentalmente al idiota que me había dicho “bonito a medias”, traté de calmarme, intentando captar el mensaje que había detrás de ese reclamo, de esa exigencia que era requerida de mi parte, para poder exigir de los otros.

“Debes ser bonito para exigir lo que quieras de los demás. Desde los aspectos físicos, o sea la apariencia personal, hasta los aspectos ideológicos”. Cuando entendí el mensaje subliminal, se me reveló una de esas piedras angulares que sostiene la ideología actual entre gays, y que por ser una ideología, se mimetiza en la cotidianidad, y es muy difícil no solo descubrirla, sino describirla y explicarla. 

Pensé en quién era el que me había dicho que yo no era suficientemente bonito. Primero que todo, era alguien más que suficientemente bonito. Buen cuerpo, cara de chico malo, actitud de “todo-lo-puedo” y con buena ortografía (Dios, que cosa tan difícil de encontrar). Eso si, de pocas palabras, porque bonito que se respete, poco habla, de pronto para no embarrarlas, o simplemente porque él sabe, o uno sabe, que no es requisito indispensable. 

Me transporté mentalmente a ese mundo desconocido en el que viven los lindos, mundo al que uno por ser feo no tiene acceso. Uno solo tiene derecho a mirar, pero no a tocar, aunque dicen que pagando uno si tiene acceso a estas especies.

Un mundo en el que ser bello es equivalente a tener una Visa Infinite social, donde por mi belleza, socialmente soy visto, apreciado, adorado, tenido en cuenta. No importa lo que yo diga, la mayoría de las veces tendré la razón, y si no la tengo, no me refutarán de frente.  

Un mundo en el que mis ideas, por más simples que sean, siempre serán vistas como algo tan único, tan interesante, que me sentiré casi al mismo nivel de esos feos que son súper sabios e intelectuales, solo que yo les ganaría por ser, además de todo, bonito. 

Pensaba entonces en los feos-y-gays de todo el mundo. Pensaba ¡Qué mala combinación para el mundo actual! Si uno que no es “suficientemente bonito” y lo tratan tan mal, ¿como será la vida de esos otros que no pasan el umbral de la belleza?.

Pero entonces dije; ¡Suficiente! ¡Es hora de hacer una revolución, para derrocar a los lindos del poder con el que manejan el mundo de los gays! ¡Será esta la revolución de los Feos y los No tan Feos! Para liberarnos de la opresión de los estándares a los que nos tienen sometidos. 
Lo primero, será tratarlos mal. Hacerlos sentir que no nos importan, ni su físico, ni sus palabras. Solo usarlos como objetos de satisfacción sexual.
Les haremos preguntas capciosas, para que digan más de lo debido, y podamos burlarnos de sus simpladas.
Los confundiremos hasta rabiar con exigencias imposibles para ellos. Como por ejemplo, les diremos que buscamos a alguien No religioso, No heterocurioso, Sin problemas de drogas, Sin problemas de alcohol. Sin tendencias políticas derechistas. Les diremos que no nos gustan los hombres tan musculosos, así los haremos sentir como en la dimensión desconocida. En fin, todo lo que sabemos que va de la mano con la belleza. Cualquier tipo de exigencias que les sea a esos “lindos” algo difícil de lograr. 
Con ello, aumentaremos todos sus complejos internos a tal punto, que empezaremos a ver la verdadera cara de la belleza. Les veremos inseguros, les veremos tartamudear, sus gestos simples ya no serán motivo de suspiro, sino de vergüenza ajena.

Volveremos al tiempo en el que, cada tipo de belleza particular, tenía su otra mitad compatible. Donde no se unían por consolación, por conformarse, sino porque mentalmente se es tan amplio, que el miedo al qué dirán desaparece. Donde el tener pareja y mostrársela a los amigos al estilo de un trofeo, sea una práctica que pierda total sentido.
Así como muchos tratados filosóficos, que han sido catalogados como Utopías, y por tanto invalidados para el conocimiento de la cultura general, seguramente mis ideas sean igual de ridiculizadas. Lo importante es que asumo la idea como posibilidad, ante un panorama de lo que yo he catalogado como una comunidad profundamente fragmentada.

Luego de tomarme mi tiempo para reflexionar, como cinco minutos después, empecé a escribirle mi respuesta a esa persona que había invalidado mis parámetros con los que se me ha dado la gana por mucho tiempo de buscar mi pareja ideal (cuando me da por buscarla). 
Le dije, “Que los feos también teníamos derecho a elegir, a ser exigentes”. Para así no entrar en los ahora comunes círculos viciosos del drama, donde personas con características disfuncionales empiezan siendo príncipes y terminan siendo unos completos cretinos. “Que los feos tenemos derecho a no conformarnos”, con las sobras humanas. Seres (una vez más) que terminan disfuncionales por estar en relaciones con “lindos” creyendo que todo lo que brilla es oro.

Por último le dije, que “Si en su lógica de interactuar o relacionarse con otros, o “exigir” algo de otro dependía de ser considerado bello, el que tenía un problema de percepción era él”. Porque nuestros parámetros son vistos como exigencias por quienes son incapaces de cumplirlos o personificarlos naturalmente con lo que el universo les dio. Y por quienes, como algunos trajes de alta costura, definitivamente, no están hechos a nuestra medida.
 
 
 
 

martes, 29 de junio de 2010

SIN GÉNERO POR UN DÍA.

Una noche, cerca a la fecha en que se celebra el día del orgullo LGBT, algunas personas nos encontrábamos en lo que los curas católicos llamarían un Aquelarre de mujeres donde solo se habla de abortar y de cómo ser independientes dentro del sistema patriarcal en el que viven.  

Pero aquella noche no solo habían mujeres, también habían hombres. Seguramente muchos gays, muchas lesbianas, muchos bisexuales… Y algunos heterosexuales. Y esto solo lo afirmo por lo que me decía mi radar LGBT, que entre más uno crece, más preciso el radar funciona. 

Y no eran los únicos. Mientras analizábamos unas fotografías con los lentes de género, jugando al papel de psicólogo o de simples espectadores clasificando las fotos entre los masculino, lo femenino, o en el punto medio (¿o mezclado?), algunos dirigimos la mirada hacia una persona que llegó al salón donde estábamos hablando animadamente de los géneros. 

Esta persona entró un poco apenada por haber llegado tarde a la sesión, sin embargo llevaba un caminar seguro con el que logró hacerse a un lugar cercano a los expositores de las fotografías. Yo le seguí con la mirada, aunque en el salón a media luz difícilmente podía adivinar todos sus rasgos. 

Lo primero que noté fue su figura alta de más de 1.80 metros de estatura y un cuerpo delgado como el de cualquier modelo de pasarela profesional. 
No pude notar más, hasta el momento siguiente en el que se sentó, cruzando sus piernas delicadamente, revelando lo que me parecieron unas zapatillas gladiadoras de tacón alto. 

El ver eso fue suficiente para abstraerme totalmente del recinto y centrar toda mi atención en ese ser tan llamativo y sin embargo tan bien arreglado en conjunto. 

Advertí su jean de color azul petróleo, ceñido a su cuerpo, delineando piernas sin final. Seguramente lo encontró en la sección de mujeres de alguna tienda, me dije. Lo mismo sus gladiadoras. Me preguntaba cómo las habría conseguido. 

Me sorprendió más cuando al encender la luz del recinto, vi que esta persona tenía una barba de al menos una semana, la tenía impecablemente delineada. Y su rostro, me daba reminiscencias a cualquier hombre árabe de gran atractivo. Su cabello, peinado hacia atrás al estilo “Old Hollywood” le confería una apariencia pulida espectacular, enérgica. 

Estuve impulsado a hablarle. Pero no ahora, porque estaba dirigiéndose a las personas, hablando de gente que se reconocía a si misma como “seres sin género”. Nombró a Phillipe Blond, diseñador famoso por sus corsés de púas y diamantes, su cuerpo andrógino que un día le permite ser una bella mujer rubia y otro día se convierte en un chico que no parece mayor a alguien de veinte años. También mencionó a Andre Johnson, celebridad Neoyorkina por haber sido la primera persona negra, vestida de mujer y con barba que apareció en la portada de una edición de Vogue. 
Víctor Blanco, el llamado “It Boy” español, reconocido por usar ropa de hombre combinada con costosas zapatillas de diseñador. 

Y por último, recordaba a Brigitte Luis Guillermo Baptiste, de Colombia, un ser único por su mezcla entre voz grave y cortos vestidos de seda, su reconocida trayectoria académica y científica, además de su familia con la cual convive como cualquier otra persona en este país. 

Mientras le escuchaba, más impresionado me sentía por su transgresión a las normas tradicionales del género y su estilo tan agradable para controvertirlas con unos simples cambios en su apariencia, 
Cuando terminó la discusión me acerqué prudentemente a hablarle, pero estaba rodeado por algunas personas que lo entretenían con cumplidos por su apariencia y sus ideas.
Decidí no esperar más y empezamos a hablar casualmente. 

Me decía que estaba vestido así como forma de protesta contra las normas de los géneros. Y como protesta porque en la ciudad no hubo marcha del orgullo como en otras ciudades debido a que particulares del mundo de la “política” habían logrado obstaculizar este importante evento para la comunidad. 

Estando en un bar de la ciudad y con su aspecto intacto, me contaba lo divertido e indiferente que había sido la experiencia de comprar los tacones y el jean “para mujer”. Y mientras yo tomaba una cerveza y él un té helado, me decía que no todo había sido alegre.

En su monologo se preguntaba cómo era posible que su madre, quien le conocía toda su vida, sus preferencias en todos los sentidos y su personalidad controversial se hubiera puesto tan incómoda por haberle visto usar tacones y haberle exigido que se los quitara, como si el hecho de que un hombre con tacones fuera algún invento del demonio en contra de la “decencia” de la gente “normal”. 

Sentí un poco de lastima, por ver que mientras desconocidos lo reconocían, respetaban y admiraban, su propia madre con su actitud discriminatoria y represiva le había exigido quitarse esos “insultantes” tacones. 

Entonces no pude evitar preguntarme ¿Cómo se siente ser capaz de transgredir normas respecto a lo “normal” y lo aceptado entre hombres y mujeres? 

Para los que lo hacen, imagino que se siente bien. Aún con el precio social que pagan, como por ejemplo que tu mamá les desapruebe. Se siente bien porque aunque denominamos “transgresión” a esos cambios en los seres, en realidad son expresiones personales de “Ser Uno Mismo”. El efecto transgresor lo sienten los “normales” que juzgan desde afuera. Se sienten mal porque su orden que denominan “natural” se ve amenazado por bichos raros. Sin reconocer que muchas construcciones culturales no tienen nada qué ver con lo “natural”. 

Y yo, que nunca he sido muy fanático de ese tipo de “ordenes”, le dije que me parecía un ser muy valiente, un ser que no necesitaba de mi lastima ni la de nadie, sino la aceptación de que hoy una persona puede ser de una manera y mañana de otra. Y el mundo no se va a acabar por eso. 

Esa idea me generó un poco de intranquilidad. Si yo me considero gay ¿Debo ahora decir que no lo soy? ¿Debo decir que soy una persona que puede transitar por los géneros? 
No necesariamente. Esa es la ventaja de tener opciones entre una variada gama de formas de vida, sensibilidades, formas de pensar, actuar y hasta vestirse. 

Por ello, existe gente que se autodenomina: Gay, Lesbiana, y Bisexual. Pero también hay gente que se denomina Travesti, Transformista, Transgenerista, aunque muchas personas siguen viendo a estos últimos como deformaciones humanas, aún entre las mismas personas de la “Comunidad” LGBT. Y por ello, es que estas personas también son una opción existente. Opción que en la actualidad es el conejillo de indias de la crítica “científica” heteronormativa. 

Un día sin marcha del orgullo en mi ciudad y un día sin género. Tal vez era momento de llegar a ese punto. De llegar a darnos cuenta que muchos de los que critican a quienes salen a marchar en esos eventos en Colombia, son los que realmente nos hacen quedar en ridículo. 

Y es que estamos quedando en ridículo por omisión. Por no salir a mostrar la otra cara de lo que tanto y tan duramente criticamos. Y por eso, porque los “Machos-Serios-Cero Plumas” no salen en Colombia a decir que también hay otras versiones de la historia. 

Pero al no salir, estoy muy seguro de que las marchas de la London Gay Parade o de la New York Gay Parade, eventos multitudinarios que en Colombia queremos llegar a ver algún día, se van a demorar varias décadas. No porque no haya gente, sino porque la gente que hay está muy ocupada en sus vidas individuales. En su estudio, en sus casas, en sus conflictos internos, en sus trabajos, con sus parejas o compañeros sexuales que buscan en el privado, mientras despotrican insultando a parte de su “comunidad” en lo público.

Y con ello, dándole cada vez menos sentido a la expresión “Comunidad LGBT”. Porque hasta ahora somos cualquier cosa, excepto una comunidad.

jueves, 3 de junio de 2010

EL ULTIMO SOLTERO

Ni siquiera por el hecho de ser gay nos salvamos de la constante presión a estar en pareja. Parece que en realidad los gays no somos nada fuera de lo común. Al igual que los heterosexuales, también los gays piensan casarse vestidos de blanco, en una iglesia, y tener hijos, como última meta social. De esto hablaré en otro momento.
No es que el hecho de tener pareja sea algo aburridor y anacrónico a la actualidad, pero lo es cuando, como he dicho antes, tu pareja no baila en un mismo ritmo.

Y tampoco, en muchas ciudades, el hecho de ser soltero es, formalmente, una opción para disfrutar. De ahí es que considero que nos separamos en tres grupos en los que vivimos nuestra individualidad: estar solo, ser solitario, o ser soltero.

Estar solo es una decisión que muchas veces uno toma para que nadie te moleste la vida. Te cansaste del drama y el control de tu ex pareja y has decidido darte tu tiempo, disfrutar de ti y criticar a otras parejas. Estar solo hace que no quieras probar el mismo plato dos veces, como forma de sentirse desprendido, “superior” a la dependencia sexual o sentimental con otros hombres. La idea de estar solo es recuperar autonomía, autenticidad, dejar atrás los “caracteres adquiridos” con tu ex pareja. Estar solo es, a final de cuentas ser tu mismo y nada más importa.

Ser solitario a mi modo de ver, es el resultado de estar solo por mucho tiempo, al punto de que te conviertes en una isla humana. Te interesa poco establecer relaciones y la libido que te despiertan los hombres, no la gastas con ellos, sino contigo, en tu cama o en el baño, solo. Encontramos al típico chico tosco que no quiere nada con nadie y que siente que por haber perdido contacto con la humanidad, es superior a ella. Los religiosos son un buen ejemplo de estos personajes. Es a mi modo de ver, el estado crónico de lo que alguna vez fue alguien que amó demasiado pero las circunstancias lo desenamoraron y lo convirtieron en un ser exclusor del afecto.

Ser soltero, es la opción más dinámica de las tres. Puedes salir a donde quieras porque eres libre y no sientes la necesidad de apartar a alguien que se quiera acercar mucho, porque eso significaría dejar de disfrutar lo mejor que hay cuando se es soltero: Sexo a la Carte.
Ser soltero también tiene implícita la idea de que se es soltero porque no se tiene novio, pero se quiere tener. Es algo así como las promociones que no pueden durar mucho, porque serían una perdida. Y les comentaré por qué se cree que ser soltero por mucho tiempo es sinónimo de ridiculez social, o todo un fenómeno asombroso, como lo expresan aquellas frases de cajón; “¿Cómo alguien tan lindo puede estar soltero?”.

Primero que todo, aunque existen los espacio sociales para disfrutar de la soltería (los bares y discotecas principalmente) uno siente que no puede disfrutar de ello por mucho tiempo. Para los hombres gay, estar soltero parece ser un lujo que no se puede costear por mucho tiempo.
Arribar a un bar una vez, solo, se convierte en algo liberador para alguien que solo sale si va con sus amigos o su novio, cuando lo tiene. Algo que en la actualidad se considera “tener mucha personalidad”. Pero al hacerlo más de dos veces, como lo he hecho, uno empieza a notar ciertas miradas de extrañeza por parte del Bartender, y uno empieza a ver que los hombres maduritos te consideran su presa de la noche.
Dejé de salir solo hasta que no existieran las condiciones culturales para hacerlo, principalmente que exista indiferencia por esos actos. Y porque además, cada vez que salí solo, las personas que veía en la barra y que estaban solos, eran únicamente hombres mayores de treinta y cinco años con toda seguridad, o gente que por su afición al alcohol, prefiere estar cerca al dispensador de su placer, y yo no quisiera parecerme en un futuro a ellos.

Segundo, en la actualidad no hay gente real y completamente soltera. La presión por verse socialmente acompañado nos obliga a tener novio así sea solo de título, y ser soltero cuando queramos tener sexo sin repetir.
Uno puede aguantarse a persona con problemas para comprometerse, pero no a personas comprometidas, aunque entre hombres, eso parece tampoco ser problema. Entre hombres, ser el segundón, no tiene mucha relevancia.
Sucede que uno tiene pareja, pero quisieras estar soltero, porque al fin y al cabo llevas el mismo comportamiento teniendo novio que estando soltero. Tienes novio y preciso llega un chico que te encanta, su forma de pensar, su físico, él te dice cuando le gustas y tu le sigues la corriente al coqueteo. Aunque sabes que tienes pareja, piensas que tal vez si está lejos no cuenta como tu novio, pero luego te das cuenta que el otro también tenía pareja, y el coqueteo se acaba. Y sigues con tu novio, como si nada.

Ser soltero es entonces una especie en vía de falsificación. No existen solteros 100% hechos de material original. Siempre tienen algo guardado, no están a nuestro alcance, o no nos parecen atractivos, etc.

Tercero, aunque ser soltero es una cuestión de opción, tener novio también es cuestión de opciones. Y no siempre estoy seguro de haber escogido bien. Hace unos días compré unos zapatos para mi mamá y pensé; “estoy seguro de haber escogido los zapatos correctos para ella, pero ¿se puede estar seguro de haber escogido al novio correcto?” Entonces dudas, y con las dudas dejas las opciones abiertas dentro de un título de opción única.

Finalmente, pienso que al igual que ser abiertamente gay es de valientes, ser gay y soltero completamente se convierte en un acto de valentía. Pero uno sigue manteniendo híbridos en sus relaciones; soltero para unas cosas, con novio para otras. Y muchos hemos pasado por esas situaciones y hemos tomado nuestras decisiones, ya sea dejar de tener novio para estar libres, o seguir con nuestro novio porque las aventuras paralelas terminan no valiendo la pena, y aunque juegas con fuego, sabes que este no te quema.